+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

La llamada a la penitencia y el anuncio del perdón de los pecados es uno de los grandes temas de la predicación de Jesús y de los apóstoles. Esto ya había sido preparado por Juan el Bautista, quien predicaba un bautismo como signo de conversión para obtener el perdón de los pecados. Jesús reiteró la misión de anunciar a todas las naciones «la conversión a Dios por el perdón de los pecados».

No podemos olvidar esto, pues comportaría traicionar el Evangelio. Es Dios mismo quien, en Jesucristo, ha situado el momento del perdón en la vida de todas las personas. San Juan Pablo II recordaba que «en el sacramento de la reconciliación cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado».

Cristo ha instituido el sacramento de la penitencia para todos los miembros pecadores de su Iglesia, sobre todo para los que después del bautismo han caído en pecado grave, perdiendo así la gracia bautismal, y han herido la comunión eclesial. Los padres de la Iglesia presentan este sacramento del perdón como «la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia».

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «la confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás». Por la confesión, «la Iglesia mira cara a cara los pecados de que se ha hecho culpable, acepta la responsabilidad y se abre así de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia».

El mensaje del papa Francisco para la Cuaresma de este año nos presenta este tiempo litúrgico como un momento propicio para intensificar la vida del espíritu así como para escuchar y meditar la Palabra de Dios. Necesitamos llenar nuestro interior de la riqueza del Evangelio. Esto nos comporta vivir momentos de desierto, en medio del ruido y de las preocupaciones de la vida de cada día. Sin embargo, el Santo Padre nos recuerda que «Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a Él, y con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar» (cf. Homilía, 8 de enero de 2016).

Me parece muy significativa –en especial para esta última etapa de la Cuaresma- esta invitación a abrirnos al perdón de Cristo y a renovarnos interiormente. Por ello, invito a los cristianos, en estos días cuaresmales y de preparación inmediata a la celebración de la Pascua, a recibir el sacramento del perdón de Dios por la confesión individual de los propios pecados.

Durante el tiempo cuaresmal hemos de acoger la gracia que Dios nos da en el momento del bautismo y que se ofrece en el sacramento del perdón, como “segunda tabla de salvación”. Esto nos moverá a convertirnos para seguir a Cristo de una manera cada vez más generosa y auténtica y así ser dignos de obtener la vida eterna.