padre-albaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 238, abril de 1999

En el misterio de la cruz de Jesucristo

Semana Santa, misterios de la Pasión y muerte de nuestro Señor, misterios de su Resurrección y apariciones a sus discípulos formar un todo, fundamento y esperanza de nuestra fe. En el centra de los misterios, el misterios de la Cruz. Desde su nacimiento en Belén, la Cruz es el horizonte de la vida de nuestro Señor. La Cruz en su Corazón Sagrado la Cruz en sus palabras, la Cruz en la enseñanza a sus discípulos, la Cruz en su Iglesia, cuando anuncia a San Pedro en la aparición de Galilea, junto al mar, que había de morir mártir. En San Pedro, mártir en el circo romano, se resumen todos los siglos de la Iglesia, martirizada en un lugar u otro de su cuerpo místico.

Ésa es la gloria de tu Iglesia, exaltada hasta lo más sublime, en el martirio de sus hijos, en el misterio continuado de la Cruz de Jesucristo, que se prolonga todos los días para la obra de la redención. A nuestra época, que cierra un ciclo de la Historia, le ha sido concedida una señal inequívoca: el Papa actual que abre a la Iglesia al tercer milenio, derramó su sangre, a lo mártir, en plena plaza de San Pedro, ante la confesión de primer Papa. Esto nos dice que la iglesia, fiel a Jesucristo, es fiel a la Cruz, a la sangre martirial, sin la cual no hay salvación de las almas. Al olor del incienso del martirio entra la Iglesia en la nueva edad del año 2000 con la Cruz alzada ante la faz del mundo. Por esa razón, tiene el Papa tanta urgencia de cubrir este tránsito con la beatificación o canonización de nuestros mártires, cuyos nombres se inscriben en un martirologio nueva, el vestido nupcial de la Iglesia, para los nuevos tiempos.

Los que bajo la bandera de María, avanzamos hacia nuestro encuentro con Jesús, abracémonos a nuestro martirio -de momento psicológico, que es quizá la antesala del de sangre. El mundo martiriza psicológicamente a la mujer que es fiel a su maternidad, a sacerdote que viste de eclesiástico como está mandado, al obispo que desenmascara a los políticos que promueven las leyes asesinas del abortar, a los hombres públicos que afirman su fidelidad al Papa y no se someten a los dictados de mayorías liberales o socialistas, a los jóvenes que defienden valientes su pureza antes y en el noviazgo, en fin a todos los cristianos que quieren ser católicos sin atenuaciones ni ocultamientos de la Cruz.

Ánimo, hermanos, abracémonos con nuestra cruz personal o social y no infamemos a nuestra Madre la Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo, huyendo de la Cruz.