Una Epopeya misionera

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Ya hemos visto los ardides de que se vale la camarilla del diablo para escribir la historia. Salta a los ojos el resultado fatal de semejantes maniobras: la verdad del pasado queda desfigurada. Y con ella, la misión social, cultural y civilizadora de la Iglesia. En efecto, así como “los perennes monumentos de la historia son una magnífica apología de la Iglesia”, así también la infecundidad sería un arma contra el origen divino de esta sociedad fundada por Jesucristo. Pues, dado que las obras de Dios han de ser necesariamente pródigas en frutos trascendentes de civilización y de cultura, si una sociedad religiosa no los hubiera producido, podríamos afirmar con razón que no trae su origen de Dios.

Por ahí aparece a dónde van a parar los tiros. Apuntan a los mismos fundamentos de nuestra fe. Ya se ha dejado ver, según la expresión ignaciana, la “cola serpentina» en el campo de Babilonia. Sus intenciones son claras: exterminar, si pudiera, a la Iglesia, y destruir después hasta las últimas huellas del cristianismo. Los enemigos no se contentarán con menos.

Y para alcanzar este objetivo, todos los medios les son buenos, con tal de que sean eficaces. No lo dudemos: nos han declarado la guerra total.

Repitámoslo una vez más -con los Soberanos Pontífices, con los grandes maestros de la contrarrevolución, llámense Cardenal Pie, Cardenal Gomá o Sardá y Salvany, con los campeones de la “guerra santa”, Donoso Cortés, Veuillot, Vázquez de Mella y otros innumerables, antiguos y modernos-: entre la luz y las tinieblas, entre Roma y Babel, entre la Iglesia y la Revolución hay un antagonismo irreductible y necesario.

Para asegurar su triunfo, la chusma enemiga se ha amparado ya de las más decisivas y estratégicas posiciones. Ciencia, política, progreso técnico y la misma historia, se puede decir que se encuentran entre sus manos. Se preparan ya para dar el último asalto. Ellos mismos lo declaran sin embozos: “Es la lucha final”.