José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

Algunos dicen ahora que, si Franco favoreció a la Iglesia en su acción espiritual y trabajó por el bien de su pueblo, no tuvo en cuenta los postulados de la Iglesia en cuanto a los principios de la política misma. Los que esto dicen no han de olvidar que no deben identificar con la Iglesia sus propias opiniones políticas, por legítimas que fueren; como tampoco Franco desconoce que la elección de unas fórmulas, por estimar en conciencia que son las más aptas para una situación dada, no excluye la posibilidad de otras en circunstancias diversas o en la apreciación de otras personas. La respuesta a la objeción está en los textos ya citados, y en la autonomía que en la aplicación de los altos principios compete y la Iglesia reconoce al gobernante; y está también en reconocer en este caso el mérito de haber colocado en los cimientos valores fundamentales que otras fórmulas suelen descuidar.

Además, insistiendo en el mismo tema, un Cardenal español es testigo sobreviviente de la consideración en que Franco tuvo las indicaciones de la Jerarquía ·española en un: momento clave, quizá el más significativo de la acción constituyente del Estado; consideración que algunos podrían llegar a estimar como excesiva y que, en todo caso, fuese o no acertada, parece que algo contribuyó a retrasar muchos años la culminación del proceso institucional.

Por mi parte, ¿qué puedo añadir a lo que atestiguaron y juzgaron mis antiguos Prelados? Nunca he hablado a solas ni he tenido comunicación directa con el Jefe del Estado. En las audiencias en que participé como miembro de comisiones, pude comprobar directamente: su espíritu finamente Religioso, su sentido de la Providencia de Dios, su análisis i1ealista de las situaciones y de la condición humana, su comprensión para valores implícitos en ciertas posiciones extrañas, su mansedumbre. Tengo un dato personal, que denota su gran respeto a la independencia de los demás: en 1967 me designó, junto a otros Prelados para mí muy venerables, Procurador de las cortes, cargo que acepté tras detenidas consultas a la Santa Sede; pues bien, nunca en tantos años me hizo llegar ni la más leve indicación, directa o indirecta, en relación con los proyectos de Ley discutidos en Las Cortes o con otras votaciones, algunas de importancia decisiva para sus planes de fundador del Estado.