José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

VI

Dentro de los últimos quince años, sin haber cambio alguno en la actitud de Franco y en el juicio de la Iglesia, se produjo en algunos cenáculos relacionados con ésta un fenómeno peculiar.

No me refiero a las discrepancias políticas, hecho normal.

Me refiero a la pretensión de declarar la posición de Franco esencialmente incompatible con el Evangelio y con la doctrina de la Iglesia. Como es natural, esta línea se encontró inextricablemente enredada en planes políticos de fuerzas extrarreligiosas, sin que sea fácil aclarar la relación de causa y efecto; y con ser reducido el ámbito de su expresión, la resonancia se agrandó para los que estaban dentro por el eco multiplicado de los informadores y comentaristas extranjeros, algunos de los cuales siguen alimentándose de este fenómeno, sin tener en cuenta la realidad dominante en el país.

En determinado momento las pretensiones saltaron los límites. Por mis ministerios de ámbito nacional he podido estar cerca del centenar de asociaciones apostólicas registradas en este ámbito; por eso soy testigo de la limpia y generosa entrega de tantas personas, en callado artificio, al bien de la Iglesia y del país. Pero también pude observar cómo ciertos grupúsculos (unos formados por directivas sin socios, y otros actuando al margen de éstos), espoleados a veces por algunos miembros del clero, en resonancia con grupos internacionales de presión ideológica, se atrevieron a prensar que, movilizando la doctrina de la Iglesia (según su fantástica interpretación del Concilio) y con el respaldo más o menos aparente de la Jerarquía, podrían conseguir fulminantemente la descalificación y, como consecuencia soñada, el derribo del régimen de Franco.

Los primeros brotes de esta postura ya habían movido anteriormente, en 1961, a un Prelado español (el Obispo auxiliar de Tarragona) a advertir: «La Jerarquía española no es un puntal del Régimen para sostenerlo, pero tampoco un ariete para derribarlo»; el Estado tendrá sus defectos, como todo lo humano, pero «no es lícito querer atacarlo impunemente desde el campo religioso». Inevitablemente, el ataque mellaba los supuestos doctrinales de la misma Iglesia y, por tanto, se revolvió contra la Jerarquía, obligada a velar por la pureza de la doctrina oficial y a tutelar la legítima libertad de conciencia de los ciudadanos. Entonces se vio apelar al derecho natural a personas que ponen en duda su ·existencia o que han rechazado determinaciones taxativas del mismo hechas por el Magisterio pontificio; los que habían despreciado las fórmulas sociales de índole concreta promulgadas oficialmente por los Papas (recuérdese fa «Cuadragésimo Anno, de Pío XI, subrayada por Pio XII), querían imponer ahora otras fórmulas, allí donde la Iglesia sólo da directrices que se pueden modelar de distintas maneras.