Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (3)

Hernán-Cortés-2“Un imperio gigante, sobre el que flotaba la bandera española se formó entre sudores y sangre…, etapas de una sorprendente historia, que no podemos admirar sin reserva, dadas las condiciones en que se escribieron sus páginas… Aplastando despiadadamente a los indígenas, quebrantando en Méjico la ruda dominación de los aztecas, pero también la paternal de los incas en el Perú, especie de tutela comunitaria, los Conquistadores no establecieron su dominio sino por medio de la matanza y la violencia -a menos que se hiciera por el fraude- sobre los pueblos a los que aterraban sus armas de fuego y sus caballos”.


“Más las peores dificultades que el cristianismo hallaría en su camino, le vinieron en definitiva de quienes facilitaban la vía a los misioneros y les permitían emprender su obra: conquistadores, marineros, soldados, aventureros de todas las procedencias y de todas las cuerdas. No vamos a decir que aquellos valientes fueran contrarios a la religión; de ninguna manera: “Amigos -decía una orden del día de Hernán Cortés a sus tropas-, sigamos la Cruz y, si tenemos fe en ese signo, venceremos”. Ya sabemos que la Iglesia no ha tenido mucho de qué alabarse por esos rudos soldados que pretendían vencer por el signo de la Cruz. ¡Cuántos de aquellos virreyes, capitanes generales y grandes funcionarios no consideraban a los misioneros más que como una especie de empleados superiores, destinados a extender la buena palabra entre los pueblos conquistados, asegurando al mismo tiempo el orden y la buena voluntad! Y menos mal, mientras no vieran en ellos a meros agentes de comercio. “La pimienta y las almas”: semejante expresión era corriente en las Indias. Por otra parte, es evidente que aquellos hombres que hacían tan duros viajes hasta el otro extremo del mundo para enfrentarse con tan grandes peligros, no eran todas gentes beata. En casi todos vivía una inmensa sed de oro, una ambición y un orgullo insaciables, cuando no se trataba de una atracción sádica hacia la violencia y la matanza. Posible era que, como decía Cortés a Moctezuma, sinceramente “estuviesen angustiados por la idea de tantas almas paganas que, por no conocer a Cristo, se precipitarían pronto en el infierno” (!), pero semejante sentimiento no les impedía en absoluto el quemar los cuerpos de aquellos mismos paganos, para arrancarles sus riquezas. “Los tormentos a que nos someten -decía un desgraciado indio torturado- son peores que cuantos pudieran inventar todos los diablos del infierno”. Y aun cuando Bartolomé de las Casas haya exagerado en sus relatos las atrocidades de los españoles, los hechos que cuenta parecen, algunos por lo menos, presenciados por él: niños degollados atravesados con espada por mero pasatiempo, cautivos entregados a los perros… Y aun sin llegar a tales horrores, el sistema de las encomiendas y repartimientos, es decir, la obligación a que se sometía a ciudades a trabajar en beneficio de un puñado de ocupantes, desemboca de hecho en una esclavitud abominable. Frente a esta situación se encontraron en muchos lugares los misioneros, y sobre todo en América. Aceptar esas crueldades y aun semejante régimen, era traicionar al Evangelio; oponerse a ello suponía provocar la oposición de los conquistadores, administradores, colonos y tal vez los mismos gobernadores. No era, pues, una pequeña dificultad.

En ese ambiente maligno y peligroso tenemos que representarnos la obra de los misioneros, lanzados a la conquista del mundo para Dios y al sacrificio de sus vidas en la siembra del amor”.

(Enrique Daniel-Rops: La Iglesia del Renacimiento y de la Reforma, Barcelona, 1957).