Obra Cultural

confirmacion«La Confirmación es un Sacramento que nos da el Espíritu Santo, imprime en nuestra alma el carácter de soldado de Jesucristo y nos hace perfectos cristianos».

 (Del Catecimo de San Pío X)

  1. El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad

Jesucristo, que se proclamó Hijo de Dios, nos habló también de su Padre y del Espíritu Santo, como Personas divinas; y en su bautismo se manifestaron junto con Cristo, el Hijo de Dios, el Pade celestial, que le acreditó como tal, y el Espíritu Santo, que descendió sobre Él en forma de paloma. (Mt. 3, 13-17; Jn 1,32-34).

Los Apóstoles en sus escritos y toda la tradición católica nos hablan también de las tres divinas Personas y de un solo Dios verdadero, lo que constituye el misterio de la Santísima Trinidad.

Apoyándose en los datos revelados, la Teología católica enseña que el Hijo es la idea o imagen perfecta que el Padre tiene de sí mismo, que procede de Él por operación intelectual (generación), y el Espíritu Santo es el amor que el Padre y el Hijo se tienen, el amor por excelencia, el Amor en Persona, que procede de ambos, por operación de voluntad (espiración).

  1. El Espíritu de Dios actuaba ya en el Pueblo de Israel.

En la historia del pueblo elegido que nos presentan los libros del Antiguo Testamento, empieza ya a entreverse la acción que el Espíritu Santo habría de realizar, después, en forma mucho más clara y eficaz, sobre el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.

Caudillos, Jueces y Reyes salvaguardaron la libertad de Israel y lo condujeron, impulsados por el Espíritu Santo, que les comunicaba sabiduría y valor (Núm 11,16-29, etc.). Y, movidos por Él, hablaron los Profetas en nombre de Dios (1 Pe 1,10-12; 2 Pe 1,20), para comunicar a su pueblo sus designios y llamarle a la conversión cuando se apartaba de su Ley.

  1. Jesucristo obraba impulsado por el Espíritu Santo, que poseía en plenitud.

Jesús de Nazaret, el Mesías anunciado a Israel por todos los profetas (Hechos, 3,18-26), era el Hijo de Dios. Impulsado por el Espíritu Santo, el Amor a su Padre (como los evangelistas subrayan en ocasiones notables, ya desde su Bautismo en el Jordán) (Mt. 4, 1; Lc 4, 14-18), realizó la obra que el Padre le había encomendado sobre la tierra (Jn 17,4), haciéndose obediente hasta la muerte de Cruz (FiL 2,8). Por ello fue exaltado a la derecha del Padre (Mc 16,19), y, plenamente glorificado (Fil 2,9-11; Jn 17,4-5), le ha sido dado sin medida el Espíritu (Mt 3,11), que desborda de su Humanidad gloriosa; y así puede bautizar en Espíritu Santo (Mt 3,11; Jn 3,5), derramándolo sobre cuantos crean en Él (Jn 7,37-39).

  1. Jesucristo prometió a los Apóstoles enviarles el Espíritu Santo.

Durante el sermón de la última cena, Jesucristo prometió varias veces a los Apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo (Jn 16,7), que habría de acompañarles siempre, cuando Él se hubiera marchado (Jn 14,16-17) y les recordaría y haría comprender cuanto les había enseñado (Jn 14,26; 16,13), de modo que pudieran dar testimonio de Él (Jn 15,26). Esta misma promesa la repitió momentos antes de su ascensión, advirtiéndoles que debían permanecer en Jerusalén hasta que se cumpliera (Lc 24,29: Hech 1,8).

  1. Los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés

Los Apóstoles, siguiendo el mandato de Cristo, permanecieron en Jerusalén, reuniéndose en el Cenáculo y perseverando en la oración junto con María, la Madre de Jesús (Hech 1,12-14).

Diez días después de la Ascensión, en la fiesta judía de Pentecostés (que se celebraba 50 días después de la Pascua), recibieron el Espíritu Santo, que, conforme a la promesa de Cristo, les comunicó la luz y el valor de que antes carecían para transmitir su mensaje (Hech 2,14, etc.). Esta predicación iba acompañada de manifestaciones de poder sobrenatural (don de lenguas, de curaciones, etc.) que favorecían en gran manera las conversaciones (Hech 2,41).

  1. Los Apóstoles imponían las manos a los que bautizaban para que recibieran el Espíritu Santo

La promesa del Espíritu Santo se extiende a todos los que crean en Cristo. Así lo dio a entender Él mismo ya en los comienzos de su vida pública, durante la conversación con Nicodemo (Jn 3,5) y más tarde, en el Templo de Jerusalén, cuando aludió al agua viva que había de brotar de Él cuando fuera glorificado, y que recibirían cuantos creyeran (Jn 7,37-39; cfr. Jn 4, 10-14).

Por ello los Apóstoles imponían las manos a los recién bautizados, que así recibían el Espíritu Santo, junto con gracias extraordinarias semejantes a las que ellos mismos les habían sido concedidas (Hech 8,14-16), y confesaban valientemente a Cristo, como lo hizo en primer lugar San Esteban (Hech 6,8-10 y 55-60).

  1. Por el Sacramento de la Confirmación recibimos el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos lo da ya en el Bautismo el Padre celestial, para que lo reconozcamos como tal y le amemos como hijos, puesto que entonces comenzamos a serlo. Pero cuando hemos de empezar ya a dar testimonio de Cristo, al llegar a la juventud, nos vuelve a enviar el Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación.

El Obispo, como sucesor de los Apóstoles, nos impone las manos, ungiéndonos al mismo tiempo en la frente con el crisma. Mientras tanto, pronuncia el nombre del que va a confirmar y añade: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo», a lo que se responde «Amén». Después nos da un ligero golpe en la mejilla.

El crisma es aceite mezclado con bálsamo oloroso, que el Obispo ha bendecido el día de Jueves Santo, en la llamada por ello «Misa crismal», que celebra con el mayor número posible de sacerdotes de su Diócesis.

El aceite recuerda la costumbre de los luchadores antiguos, que se ungían con él todo el cuerpo para poder evadirse más fácilmente de las presas de sus adversarios; y simboliza la facilidad que la Confirmación otorga a quien la recibe para vencer en la lucha contra nuestros enemigos espirituales: mundo, demonio y carne.

El bálsamo es un símbolo del «buen olor de Cristo», es decir del aroma espiritual que parece desprenderse de quienes procuran asemejarse a Él por la práctica de las virtudes, como los Santos.

El golpecito en la mejilla nos recuerda que el confirmado debe estar dispuesto a sufrir, si fuera necesario, por confesar su fe.

  1. En el Sacramento de la Confirmación recibimos el distintivo de cristianos militantes

El carácter bautismal que recibimos junto con la gracia santificante, es como la insignia espiritual de los miembros del Pueblo de Dios e hijos del Padre Celestial. En la Confirmación se nos concede un nuevo carácter, que viene a ser como el distintivo de los cristianos militantes, es decir, de los que han llegado ya a la edad en que han de empezar a luchar para defender su fe contra todos los enemigos y difundirla entre todos los que no la conocen o desprecian. Este carácter es imborrable, y por ello el Sacramento de la Confirmación no se recibe más que una vez, como el Bautismo y el Orden Sacerdotal.

  1. En el Sacramento de la Confirmación se nos da con mayor plenitud la gracia santificante.

En el Sacramento de la Confirmación se nos da también un aumento de la gracia santificante, es decir, de vida sobrenatural, con la que pasamos de niñez a la juventud espiritual. Al mismo tiempo, adquirimos el derecho a recibir de Dios las gracias actuales que necesitamos en cada momento de nuestra vida para cumplir con nuestros deberes de cristianos militantes. Para obtenerlas basta con pedírselas al Padre en nombre de Jesucristo, con plena confianza de recibirlas en el momento oportuno, ya que Él se ha comprometido a dárnoslas.

Junto con la gracia santificante, recibimos los dones del Espíritu Santo que disponen a nuestras facultades para seguir dócilmente sus inspiraciones. Son los dones de entendimiento, ciencia, sabiduría y consejo, para la inteligencia; y los de fortaleza, piedad y temor de Dios, para la voluntad.

  1. Vivamos valerosamente como cristianos militantes

En la Confirmación no recibimos dones extraordinarios como los que el Espíritu otorgaba a los primeros cristianos, y que eran necesarios en los comienzos de la Iglesia, cuando ésta tenía que abrirse paso entre enormes dificultades para difundir su mensaje con sólo un puñado de hombres.

Pero sí se nos dan gracias más que suficientes para vencer las tentaciones, y en especial, la del respeto humano, para que no nos avergoncemos de ser y actuar como buenos cristianos; e incluso el temor a la muerte, de modo que no dudemos en dar la vida antes que negar a Cristo.

Con ellas, también nosotros podremos dar pruebas de una fe inconmovible en la doctrina de Cristo y de una esperanza firmísima de conseguir la felicidad eterna; y hacer también milagros de amor a Dios y al prójimo que hagan pensar a quienes nos ven y nos oyen que la doctrina que profesamos no puede menos de ser verdadera, y les muevan a seguir nuestro ejemplo.

Oración para prepararse a recibir el Sacramento de la Confirmación

Cumple, Señor, en nosotros, tu promesa; derrama tu Espíritu Santo para que nos haga ante el mundo testigos valientes del Evangelio. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros para que recibamos con abundancia los dones del Espíritu Santo. Amén.

«¿HAS PENSADO DESPACIO, MUY DESPACIO LO QUE SIGNIFICA, LO QUE SUPONE, LO QUE QUIERE DECIR MADRE… DE… DIOS?», se ha escrito. Esto lo entienden los que son fieles a la costumbre santa de rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. Aseguran su salvación.