Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (6)

Hispanoamérica Isabel la cruzadaColón pagó el precio que debía, para establecer su gloria, al espíritu de la época, haciéndose solidario de la atroz moralidad política de que aquellos tiempos estaban imbuidos los españoles: pillando, esclavizando, haciendo matanza según su capricho en América, no hacía otra cosa que usar del derecho de gentes instituido por la Iglesia, y aprovecharse de la famosa Bula del Papa Alejandro Borja, que entregaba a Portugal los paganos del África y Oriente, y a España los paganos de Occidente.

Con su santo dedo, el padre de Lucrecia y César Borja, al trazar una línea de demarcación entre las islas Azores y las de Cabo Verde, había dividido gravemente el mundo de los infieles entre las dos naciones rivales…

En cuanto a los primeros (españoles), al amparo de los plenos poderes del representante de Dios en la tierra, juzgaban ejercer no un derecho de conquista, sino un derecho de propiedad, disponiendo de América a su gusto: apenas descubierta, la inundaron de sangre. Ávidos y fanáticos, se precipitaron sobre su presa con una dureza feroz. Hechos abominables caracterizaron esta obra cruel, este doble atentado que se llama la conquista y colonización del Nuevo Mundo: la destitución de la raza indígena y la introducción de esclavos negros en esta tierra generosa, tan bella para la libertad.


“Pero hasta aquí, los exploradores no se han aventurado más allá de las costas, al alcance de sus barcos. Una raza nueva, la de los conquistadores, va a precipitarse en tropel sobre esta presa que se presenta a su apetito. Estos audaces bandidos van a proceder por la fuerza de las armas, por la astucia y la traición, aniquilando los poblados guerreros, expoliando y esclavizando las pacíficas tribus”.


“Dominando estas escenas de feroz carnicería, aparecen los monjes y los sacerdotes, desplegando un celo terrible, derribando los templos, rompiendo las estatuas, aniquilando los jeroglíficos, como obra del demonio, bautizando de grado o por fuerza a las poblaciones, mezclando ríos de agua bendita a mares de sangre.


(Refiriéndose a la conquista de Pizarro, añade): “Tres barcos fueron equipados. La entrada en campaña fue precedida de ceremonias religiosas; se imploró el socorro del cielo sobre la obra de exterminación que iba a comenzar. Las banderas fueron bendecidas, oficiales y soldados en número de 180, de los cuales 144 eran infantes y 36 caballeros, oyeron la Misa y recibieron la comunión.

Cuatro religiosos: Femando de Luque (114), Vicente de Valverde -monje y verdugo al mismo tiempo-, Pedraza y Oliaz, acompañaban a la tropa, por orden expresa de Carlos V; tal era el contingente que iba a barrer todo un imperio”.


(114) El autor, a pesar de su gran deseo de “rectificar las apreciaciones, erróneas”, no se ha tomado la molestia de examinar un solo libro de Historia para redactar su tomo, que intitula pomposamente Historia de la América del Sur; pues le hubiera bastado consultar un sencillo manual de párvulos para descubrir que Fernando de Luque ni era religioso ni acompañó a Pizarro en aquella expedición, sino simplemente ayudó a sufragar los gastos de la empresa. Y como este dato errado, hay docenas en Déberle. Así se escribe la historia… ¡y la leyenda!

San Juan Pablo II: “Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica”. (Zaragoza 10-10-1984)