Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Ni Leyenda Negra, ni “Leyenda Rosa”  (1)

Hispanoamérica - Nª Sª de GuadalupePero antes de cerrar este capítulo de la Leyenda Negra queremos hacer frente a una objeción: los abusos y errores que en realidad cometieron algunos españoles durante el período de conquista y colonización.

Confesamos sin dificultad que sí hubo abusos y errores. Pero invitamos a lo criticistas a confesar ellos, a su vez, lealmente, que fueron abusos y errores cometidos por algunos individuos, en circunstancias y tiempos especiales; y de ninguna manera admitidos por la nación colonizadora como principios o leyes. Añadiremos, por lo demás, que no tenemos necesidad de conocerlos por boca del adversario. ¡No son los impíos los que han de enseñar la Historia a los católicos!

Pero lo que está fuera de dudas es que los reyes de España, los capitanes principales de las empresas, los gobernadores y, sobre todo, el pueblo y la Iglesia de España -sin hablar de las legiones de misioneros- perseguían un fin laudable y santo, que recordaba no hace mucho Radio Vaticano: “El ideal de la conquista, formulado en el testamento de Isabel la Católica: “Atraer a los pueblos de las Indias, y convertirlos a la santa fe católica”. El mismo ideal en boca del gran conquistador de Méjico será dar: “Al rey, infinitas tierras; a Dios, infinitas almas”.

Los más altos responsables de las Indias: reyes, virreyes, magistrados, caudillos, etc., hicieron siempre cuanto estaba en sus manos para impedir la avaricia de ciertos colonos y la crueldad de la baja soldadesca. Que no siempre, ni en todas partes, el éxito coronara sus esfuerzos, no se ha de achacar al sistema de colonización, ni menos a las intenciones de los dirigentes, sino a la malicia de los hombres y a las dificultades de aquellos tiempos, agravados por las enormes distancias. Pero tal insuficiencia no es capaz de quitarles nada de su mérito y de su gloria, ni de ensombrecer el conjunto de la brillante empresa evangelizadora. “Aquellos numerosos países de América, que se precian de haber recibido de España la verdadera religión y la lengua y cultura hispánicas”, son testigos irrefragables, que están arrojando continuamente un terminante mentís a las más negras leyendas inventadas contra la “vieja y fecunda madre de pueblos”.

¿Nos obligará todavía el adversario a recurrir al argumento último de la confrontación?

Las colonizaciones de tipo protestante no se atreverán a competir con los resultados obtenidos por las naciones católicas. ¿Acaso pueden presentar en su haber civilizador algo que de lejos se aproxime a las realizaciones inspiradas por la Iglesia? Si imprudentemente lo pretendieran, no nos sería difícil reunir hechos y cifras que demostrarían a las claras el verdadero aspecto de explotación inhumana que los acatólicos dieron, en general, a sus empresas coloniales.

Hay que juzgar de las colonizaciones -como de todas las cosas- no por sus defectos accidentales (¿qué obra humana quedaría en pie?), sino por sus características esenciales, por lo que forma el eje central de la empresa, por sus directivas generales. Lo que una persona o institución, lo que una nación o estirpe obra de suyo: tal es -en buena lógica- el auténtico criterio de juicio. Y eso, independientemente de las acciones buenas que realice accidentalmente una entidad mala, o de las malas que realice accidentalmente una buena.