Meridiano Católico Nº 269, febrero de 2002

28-XII-2001, 16’30 h.

P.albacenaAl salir del ascensor en silla de ruedas en el primer piso, los misioneros de Cristo Rey quieren levantar la silla para salvar los escalones que acceden al puente y llevarle a su habitación.

Entonces, él les dice: “¿Ya vamos a la habitación? Yo quería primero llamar a la puerta de Nuestro Señor para decirle que ya he llegado”.

Le llevan hacia la capilla del primer piso del Colegio y de camino ya se emociona, juntando las manos y cubriéndose la cara.

Llegamos a la capilla. Llama a la puerta, aunque ya está abierta, y dice sollozando: “Ya estoy aquí, Señor. Gracias, Dios mío, gracias, porque estamos todos juntos otra vez. Ya vuelvo a estar en tu casa, Señor y en la casa de María, tu Madre. Dispón de mí lo que quieras. Acepto todo lo que quieras mandarme, porque con tal Capitán estamos seguros en esta nave, y la victoria contra las fuerzas del mal está asegurada”.

Se para un momento y sigue: “No permitas, Señor, que cometa ni un solo pecado mortal. Y tú, Virgen María, no dejes que me aparte nunca de tu Hijo… Vamos, pues, adonde haya que ir ahora…”.