Las cinco herejías

Beata Elisabetta Canori639 – El día 10 de enero de 1824 el alma fue admitida a hablar familiarmente con su Dios, quien se detuvo por su infinita bondad en hablar con la pobre alma de las circunstancias presentes de nuestra santa religión católica y de la Santa Iglesia.

Mi alma rogaba así a su Dios por las necesidades presentes de la santa Iglesia: “Dios mío”, decía el alma, “¿cuándo será que os vea honrado y glorificado por todos los hombres como conviene? Pero, ¡oh Dios mío, cuán pocos son los que os aman! ¡Oh, cuán grande es el número de los que os desprecian, Dios mío, qué gran pena es esta para mí! Creía que con esta nueva elección de pontífice (1) se hubiera renovado la santa Iglesia, y que el cristianismo hubiese de mudar costumbres, pero, por cuanto veo, caminan todavía con el mismo pie”.

(1) A Pío VII, fallecido el 20 de agosto de 1823, había sucedido el 28 de septiembre León XII (1823-1829)

A este mi penoso hablar, Dios me respondió así: “Hija, ¿no te acuerdas que te dije que la nave era la misma y que poco aprovecharía a los navegantes de esta nave haber cambiado de piloto?”

El alma: “Ah, sí, Dios mío, me acuerdo que, tres días después de la elección de este sumo pontífice León, me hicisteis entender bien que la serie de las persecuciones no iba a terminar todavía. ¡Dios mío, si la nave será siempre la misma, estaremos siempre sujetos a los mismos males! ¡Ah Señor, remediadlo vos, haced una nave nueva, que nos conduzca a todos al puerto de la dichosa eternidad del paraíso! Sí, Dios mío, os pido esta gracia, ea no me la neguéis, por vuestros méritos infinitos, me habéis prometido escuchar mis pobres plegarias, ea, por vuestra bondad, escuchadme pues, que os ruego por todo el cristianismo: reponednos en el buen camino, os lo ruego, os lo suplico por vuestra preciosísima sangre; fabricad la nave de nuestra seguridad”.

Así entendí que se me respondía: “Hija, antes de construir esa nave, deben cortarse cinco árboles que se encuentran arraigados en tierra”.

Al oír esas palabras mi alma se entristeció, pensando que se requeriría un tiempo larguísimo para construir esa nave. “Por lo tanto”, dije llorando, “¡no bastarán dos siglos para fabricar esa nave! Dios mío, qué pena es esta para mí. Si Noé tardó cien años en fabricar el Arca, vos, por tanto, Dios mío, seguiréis siendo ofendido por tanto tiempo? No puedo pensar en ello, me siento desfallecer por el dolor. Jesús mío, quitadme la vida, mientras no resisto veros tan ofendido”.

Lloraba yo amargamente y estaba abrumada por una gran aflicción de espíritu; en el tiempo en que estaba en esta aflictiva situación, entendí que se me hablaba así: “Serena tu espíritu, enjuga también tus lágrimas. Sepas que esto no es un trabajo terrenal, como el de Noé, sino un trabajo celestial, mientras los fabricantes de esta nave son mis ángeles. ¡Alégrate, oh querida hija mía, y no te aflijas! El tiempo está en mis manos, puedo abreviarlo cuanto desee; reza, no te canses, no será tan largo como tú piensas”.

El alma respondió así: “Cuánto me alegráis, Dios mío, con hacerme saber que os complaceréis en abreviar el tiempo a vuestras misericordias; venga pronto ese bendito tiempo, oh Señor mío, que por todos seáis conocido, amado y adorado como conviene”.

El significado de los cinco árboles desmesurados

640 – Mientras tanto, mi espíritu fue llevado en un instante a ver el gran arsenal, donde veía a muchos santos ángeles, que estaban todos aplicados en llevar a cabo esa gran obra; había en el gran arsenal muchos maderos de construcción, así como las máquinas para construir dicha nave. Otros maderos de construcción veía fuera del arsenal en el descampado de una gran selva. Fui conducida después al interior de dicha selva, donde me fueron señalados los cinco árboles de grandeza desmesurada. Observé que esos cinco árboles con sus raíces alimentaban y producían un espesísimo bosque de millones de plantas estériles y selváticas. Al recuerdo de estas, no pude contener mis lágrimas, me quedé atónita y llena de aflicción me encomendaba a los santos ángeles, a fin de que apresurasen la grande obra que el Señor les había encargado.

Comuniqué el anterior suceso a mi padre espiritual, que en ese momento nada me respondió sobre eso, pero al día siguiente me dijo: “Orad al Señor, para que se digne haceros entender el significado de esos cinco desmesurados árboles que os hizo ver”.

Obedecí al punto y rogué al Señor que me manifestara el significado de esos cinco desmesurados árboles; mi espíritu se recogió en Dios y en ese tiempo hice la humilde petición a mi Dios, mostrándole la obediencia que me había impuesto mi padre espiritual. Dios, por su bondad infinita, recondujo mi espíritu a aquella espesísima selva, donde volví a ver los antedichos árboles de desmesurada grandeza. Por medio de inteligencia espiritual se me hizo entender que en esos desmesurados árboles estaban representadas las cinco herejías que infectan el mundo en nuestros tiempos, herejías que se oponen por completo a nuestro santo Evangelio y que buscan su destrucción. Esas plantas malignas con sus venenosas raíces venenosas alimentaban a todas las plantas que se hallaban en esa espesísima selva, pues otra cosa no veía sino árboles secos y estériles.

(La mia vita nel cuore della Trinitá Diario della Beata Elisabetta Canori Mora, sposa e madre (1774-1825), Città del Vaticano 1996, 701-703)

(Traducido del italiano por P. Ramón Olmos Miró, m.C.R.)