Obra Cultural

Corazón de María - refugio de pecadoresEl 13 de mayo de 1984, Juan Pablo II, solemnemente, hizo la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María. La oración es preciosa. Y todos estamos preocupados por la situación mundial, por la pérdida de la fe y de la moral, por él peligro de la guerra, por los desórdenes de toda clase. Por esto recomendamos rezar, siempre que sea posible, esta oración sintonizando con lo que el Papa, tan hermosamente, pidió para toda la humanidad al Corazón Inmaculado de María.

«¡Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios!»

Al pronunciar las palabras de esta antífona, con la que la Iglesia de Cristo reza desde hace siglos, nos encontramos hoy ante ti, Madre, en el Año Jubilar de la Redención. Nos encontramos unidos con todos los pastores de la Iglesia por un lazo particular, constituyendo un cuerpo y un colegio tal como, por voluntad de Cristo, los apóstoles constituían un cuerpo y un colegio con Pedro. Con el vínculo de dicha unidad pronunciamos las palabras de la presente fórmula, en la que deseamos incluir, una vez más, las esperanzas y las angustias de la Iglesia para el mundo moderno.

Hace cuarenta años, y posteriormente diez años más tarde, tu siervo el Papa Pío XII, teniendo ante los ojos las dolorosas experiencias de la familia humana, confió y consagró a tu Corazón Inmaculado todo el mundo, y especialmente los pueblos que por su situación constituyen el objeto particular de tu amor y de tu solicitud. Este mundo de los hombres y de las naciones tenemos ante los ojos también hoy, ¡el mundo del segundo milenio que está a punto de terminar, el mundo moderno, nuestro mundo!

La Iglesia, al acordarse de las palabras del Señor: «Id… y enseñad a todas las gentes… He aquí que yo estoy con todos vosotros hasta el final de los tiempos» (Mt. 28, 19-20), ha reavivado en el Concilio Vaticano ll la conciencia de su misión en este mundo.

Y por ello, oh, Madre de los hombres y de los pueblos, tú que conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, que azotan el mundo moderno, escucha nuestro grito que, impulsados por el Espíritu Santo, dirigimos directamente a tu Corazón: abraza con amor de madre y de esclava del Señor este nuestro mundo humano, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por el destino terreno y eterno de los hombres y de los pueblos;

De modo especial te confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones que tienen una necesidad particular de esta confianza y de esta consagración.

«iBajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios!» ¡No desechéis las súplicas de nosotros, que estamos en la prueba!

Así, pues, al encontrarnos ante, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, juntamente con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que por amor nuestro tu Hijo hizo de sí mismo al Padre: «Por ellos –dijo- me he consagrado a mí mismo para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn. 17,19). Deseamos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración para el mundo y para los hombres, la cual, en su Corazón divino, tiene la facultad de obtener el perdón y de procurar la reparación.

La fuerza de esta consagración permanece por todos los tiempos y abraza a todos los hombres, a los pueblos y a las naciones y supera todo mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de despertar en el corazón del hombre y en su historia y que de hecho ha despertado en nuestros días.

¡Oh, cuán profundamente experimentamos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo moderno, en unión con Cristo mismo! La obra redentora de Cristo, en efecto, debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el jubileo extraordinario de toda la Iglesia.

¡Seas bendita en este Año Santo, sobre toda criatura, tú, esclava del Señor, que de la forma más completa obedeciste a la llamada divina!

¡Sé saludada tú, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo!

¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina al pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad! Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo para toda la familia humana del mundo moderno.

Al confiarte a ti, oh Madre, el mundo, a todos los hombres y todos los pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, depositándola en tu Corazón maternal.

¡Oh, Corazón Inmaculado! ¡Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se enraíza en el corazón de los hombres de hoy y que en sus efectos inconmensurables ya incide penosamente sobre la vida presente y parece cerrar los caminos hacia el futuro!

¡Del hambre y de la guerra, líbranos!

¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable, de todo género de guerra, líbranos!

¡De los pecados contra la vida del hombre desde sus orígenes, líbranos!

¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!

¡De todo género de injusticia en la vida social, nacional e internacional, líbranos!

¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!

¡Del intento de oscurecer en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!

¡Del debilitamiento de la conciencia del bien y del mal, líbranos!

¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!

¡Escucha, oh Madre de Cristo, este grito cargado con el sufrimiento de todos los hombres! ¡Cargado con el sufrimiento de sociedades enteras!

Ayúdanos con la fuerza del Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado del hombre y el «pecado del mundo», el pecado en todas sus manifestaciones.

Que se revele una vez más en la historia del mundo el infinito poder salvífico de la Redención. ¡Poder del Amor misericordioso! ¡Que éste detenga el mal! ¡Transforme las conciencias! ¡Que en tu Corazón Inmaculado se descubra para todos la luz de la esperanza!

Palabras de Jacinta de Fátima poco tiempo antes de morir

Sobre la guerra

«Nuestra Señora dice que en el mundo hay muchas guerras y discordias. Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo.»

Sobre los sacerdotes y los gobernantes

«¡Madrina mía, pida mucho por los pecadores! ¡Pida mucho por los sacerdotes! ¡Pida mucho por los religiosos! Los sacerdotes sólo deberían ocuparse de las cosas de la Iglesia. Los sacerdotes deben ser puros, muy puros. La desobediencia de los sacerdotes y de los religiosos a sus superiores y al Santo Padre ofende mucho a Nuestro Señor. Madrina mía, ¡pida mucho por los gobiernos! ¡Ay de los que persiguen la religión de nuestro Señor! Si el gobierno dejase en paz a la Iglesia y diese libertad a la santa religión, sería bendecido por Dios.»

Sobre el pecado

«Los pecados que llevan más almas para el infierno son los pecados de la carne. Han de venir unas modas que ofenden mucho a Nuestro Señor. Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda. La Iglesia no tiene modas. Nuestro Señor es siempre el mismo. Los pecados del mundo son muy grandes.

Sobre las virtudes cristianas

«Madrina, mía, no ande en medio del lujo; huya de las riquezas.»

Sea muy amiga de la santa pobreza y del silencio.

Tenga mucha caridad, inclusive con quienes malo.

No hable mal de nadie y huya de quien habla mal.

Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo.

La mortificación y los sacrificios agradan mucho al Señor.

La confesión es un sacramento de misericordia. Por eso es preciso aproximarse al confesionario con confianza y alegría. Sin confesión no hay salvación.