Obra Cultural

Medalla milagrosaEl 27 de noviembre es la fiesta de la Medalla Milagrosa, que la Santísima Virgen entregó a Santa Catalina Labouré en 1830, para recordar a los hombres su maternal intercesión. Esto ayer, hoy y siempre.

«Nací en Finlandia de una familia protestante luterana. En la mentalidad del mundo protestante, la Madre de Cristo es una buena mujer, buena madre de familia, esposa de José, con varios hijos…y nada más.

Cuando llegué a Italia, tenía en mi mente aversión a la Iglesia Católica y confusión en el corazón. En Milán conocí a un joven universitario, propagandista de la Juventud Católica. Cuando me vio comenzó a rezar por mí y a ofrecer su comunión diaria por mi conversión. Yo ignoraba todo esto, pero después de algunos meses, mientras me hospedaba en casa de una amiga mía de Verana, fue a encontrarnos e hicimos en grupo una excursión al Monte Baldo. Reímos y nos divertimos, incluso a costa de esta extranjera que sólo balbuceaba algunas palabras en italiano.

Durante el camino visitamos el Santuario de Nuestra Señora de la Corona. Entramos en la iglesia suspendida en el abismo. En el fondo, lejos, el Adige corría tumultuosamente como los pensamientos en mi cabeza.

Mis compañeros se arrodillaron; yo me quedé junto a la puerta. Vi aquel joven que rezaba de rodillas y estaba como transfigurado. Me quedé impresionada. Después el capellán, Don Zanetti, vino a nuestro encuentro y nos condujo ante el altar mayor, y allí nos contó la historia de aquella Virgen negra, milagrosa. El milagro de aquel cuadro es que vino del oriente a aquel lugar.

No entendía casi nada, pero miraba la imagen. Por primera vez en mi vida miraba a la Virgen. Sentía en mí algo que no comprendía. Me acordaba de una imagen igual que había visto siendo niña. Mis compañeros de viaje vieron que mis ojos se llenaban de lágrimas.

El capellán Don Zanetti, a quién después volví a visitar, me dio una medalla y me llamó «favorecida milagrosamente» de la Virgen. Ciertamente, un rayo de luz entró en mi corazón casi insensible a las cosas divinas.

Regresé a Helsinki, y una noche, al acostarme, no encontré mi medallita. Registré mil veces la cama y cada rincón de la habitación: nada; había desaparecido. Me sentí presa de una indecible angustia. ¿Qué es lo que me había sucedido que sólo unos meses antes me hubiese reído burlándome de una situación como la que ahora vivía?

Me puse de rodillas casi con violencia y dije: «Escucha, Virgen Santa, yo todavía no te amo; te conozco por los diversos rostros que no entiendo y que me espantan. Pero si encuentro mi medallita, me haré católica y te amaré» Levanté la mirada y… la medallita estaba allí, delante de mis ojos, sobre la sábana.

A la mañana siguiente me dirigí a la única iglesia católica de Helsinki y hallé al párroco a quien expliqué el hecho y le pedí que me instruyese porque quería hacerme católica. Comencé a estudiar la doctrina, y a medida que iba estudiando, la lucha por mantener mi promesa se hacía más dura. Mis familiares no querían que abrazase el catolicismo, especialmente mamá, que viene de una familia de pastores protestantes y estaba horrorizada de mi decisión.

Rotos los vínculos con los míos y con mi patria, volví a Italia con tempestad en el corazón… Pero la medalla que llevaba me infundía confianza, y en el tumulto indescriptible de mis opuestos sentimientos, comencé a discernir un rostro sereno que me sonreía benignamente. Era la Virgen, a la que lenta e inadvertidamente, quiero decir inconscientemente, me había del todo confiado.

En Milán me puse a estudiar intensamente… De este modo, después de otros dos meses de severo estudio, de meditaciones, de lecturas, de oraciones, el 7 de diciembre, fiesta de San Ambrosio, recibí cuatro Sacramentos: Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, y entré en la gran familia católica.

El día siguiente, 8 de diciembre, lo dediqué completamente a Nuestra Señora, y por primera vez en mi vida me di cuenta de la importancia de la figura radiante de nuestra Madre divina.

Durante este tiempo, el agradecimiento por el joven que había rezado tanto por mi conversión, se había transformado en afecto, de manera que, después de algunos meses nos casamos y me hice italiana, reconciliándome en tal circunstancia con mi familia.

La siguiente carta fue enviada a una Hermana de la Visitación de la providencia de Emmitsburg, Maryland, Estados Unidos, por la M. Mary Columbia, Superiora delas Religiosas de Maryknoll. Estado de Nueva York. Estas religiosas llevan la Medalla Milagrosa al cuello, suspendida de una cadena. He aquí lo que explica dicha Superiora:

«Un testigo ocular nos comunicó un hecho extraordinario en el que la Medalla Milagrosa manifiesta una vez más su poderosa intervención. Este testigo, sacerdote de la Sociedad del Verbo Divino, nos contó de viva voz que una noche fue llamado para asistir a un joven negro encarcelado y condenado a muerte. Este muchacho le dijo que una hermosa señora se le había aparecido Junto a su cama y le había dicho: «Si quieres que yo sea tu madre y tú quieres ser hijo mío, pide que te dejen ver a un sacerdote católico». El joven condenado, se puso a reclamar a voz en grito un sacerdote católico. Como no lograban calmarlo, hicieron llamar al mencionado sacerdote. Hay que notar que, poco antes de esta visión, el muchacho negro había visto una medalla colgada al cuello de otro prisionero negro. Como antes no había visto nunca medallas, le preguntó qué era aquello, y el otro, arrancándosela de su cuello, se la entregó. El joven condenado, que se llamaba Claudia Newman, recibió la medalla, pidió un trozo de cordel al carcelero y se la puso al cuello. El compañero de infortunio la había recibido de una maestra cuando asistía aún a la escuela elemental: era una Medalla Milagrosa.

El sacerdote se puso a instruir a Claudia en la doctrina católica y se quedó muy sorprendido de las inteligentes respuestas de aquel muchacho que no sabía leer ni escribir. Cuando le preguntó quién le ayudaba en aquel estudio, Claudia no quiso responder detenido por el temor. Es que el sacerdote no había prestado fe a su relato de la visión de la Virgen e incluso se había enfadado cuando insistía en decir que era verdad. Al fin, como que el padre le prometió no enfadarse, le dijo que era la Santísima Virgen quien le ayudaba a aprender la lección. A pesar de todo, el padre siguió incrédulo. Uno de los días siguientes, cuando el padre visitaba la prisión, Claudia le dijo: «Padre la Santísima Virgen quiere que le diga algo que le convencerá de mi veracidad». Mencionó entonces una promesa que aquel sacerdote había hecho cuando estaba en las trincheras de Holanda. Le indicó la fecha exacta, así como el lugar en que hizo la promesa a la Virgen, y en qué consistía tal promesa. Desde aquel momento, el padre creyó los relatos de Claudia. El negrito fue bautizado y recibió la primera comunión.

El padre estaba convencido de la inocencia de Claudia; hizo investigaciones y descubrió que la abuela de aquel muchacho había levantado un falso testimonio contra él, cuyo resultado fue el encarcelamiento y la condena a muerte por homicidio. El padre logró que varios funcionarios se interesasen por esta causa, de tal manera que todos los que tomaron parte en aquel asunto tuvieron que rendirse ante la evidencia y creyeron en la inocencia del acusado, que fue indultado e invitado a salir de la prisión.

Al saber esto, Claudia respondió que la Santísima Virgen le había pedido que ofreciera su ejecución por el alma de un prisionero blanco, inmoral y criminal, un hombre horrible que se había mostrado particularmente cruel con Claudio. En el día señalado, Claudia fue ejecutado haciendo una santa muerte. El P. Robert pidió sus despojos mortales e hizo celebrar por él solemnes funerales en la iglesia de la Misión.

El criminal blanco también fue condenado a ser electrocutado, y pronto llegó su día. Al dirigirse a la silla eléctrica, juraba y blasfemaba, y mientras lo ataban a la silla, insultaba a la Iglesia católica. De repente, su mirada se quedó fija y se calló. Después, pidió que acudiera un sacerdote católico. El P. Robert llegó, oyó en confesión al condenado, le dio la absolución, pues era un católico que había renegado de Dios y de la religión. Interrogado sobre lo que le había causado aquel cambio súbito de sentimientos, el condenado respondió: «He visto a Claudia de pie allá. La Santísima Virgen estaba detrás de él, con las manos puestas sobre los hombros de Claudia. Este me mostró con un gesto las llamas del infierno y me hizo saber que Nuestra Señora le había pedido que ofreciera su vida por mi alma, porque Ella quería salvarme del infierno.»

Cuando el condenado hubo dicho esto, su tiempo había ya transcurrido y se conectó la corriente eléctrica. ¡Otra alma salvada por María, nuestra Madre del cielo, Refugio de los pecadores!

El sacerdote que asistió a estas escenas es el Rdo. Robert OLeary, domiciliado en Ciarksdale, Mississipi, como capellán de la prisión, y al mismo tiempo estaba encargado de una Misión para negros. Actualmente tiene unos 60 años de edad y es natural de Chicago.