Obra Cultural

  1. Grande importancia en el sacramento de la Penitencia

confesiónLos fieles que confiesan sus pecados a un sacerdote autorizado para oír confesiones, y están arrepentidos de ellos y con propósito de enmendarse, alcanzan de Dios, por medio de la absolución que les da ese sacerdote, el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, y obtienen, a la vez, la reconciliación con la Iglesia, a la que hirieron pecando.

  1. Único modo ordinario

El único modo ordinario, del fiel que se sabe en pecado grave, para reconciliarse con Dios y con la Iglesia es la confesión individual e íntegra, con absolución Únicamente la imposibilidad física o moral excusa de ese modo de confesarse, y, en tal caso, puede haber otros modos de reconciliación.

  1. ¿La absolución colectiva?

¿Cuándo se puede dar la absolución a varios penitentes a la vez, sin haber hecho previa confesión individual?

Se puede si se dan estos dos casos:

1.º hay peligro de muerte y no da tiempo al confesor a oír cada confesión.

2.º hay tal número de penitentes, que no pueden ser confesados debidamente uno a uno, dentro de un tiempo razonable, y, entonces, los penitentes, sin culpa propia, se verían obligados a carecer lago tiempo de la gracia sacramental, o de la Sagrada Comunión.

Por tanto, no existe esa grave necesidad de absolución sin confesión, sólo porque hay muchos fieles y no suficientes confesores.

Si se da el caso 2.º, el Obispo diocesano es quien, de acuerdo con los demás Obispos de la Conferencia, declara que se da.

Para recibir válidamente esta absolución colectiva, no basta con que el fiel esté bien arrepentido, sino que se proponga, a la vez, confesar los pecados graves que ahora no podía declarar en confesión individual.

  1. ¿Cuándo es obligatoria una confesión individual?

Además de tener en cuenta que todo fiel llegado al uso de razón ha de confesar bien sus pecados graves por lo menos una vez al año, obsérvese que quien fue perdonado de pecados graves en una recta absolución colectiva, debe confesarse individualmente en cuanto tenga ocasión, y esto antes de otra absolución general. Sólo por darse una justa causa podrá recibir esta otra absolución general antes de su confesión individual.

  1. ¿De qué hay que confesarse?

Hay obligación de confesar, después de un conveniente examen de conciencia, el número y la especie de los pecados graves cometidos después de bautizado, no perdonados aun directamente en una confesión individual.

Se recomienda que se confiesen también los pecados veniales.

  1. Lugar para confesarse

Es el templo u oratorio, y, si el fiel lo desea, en el confesionario con rejilla. No se confiese fuera del confesionario, salvo por justa causa.

  1. Cumplir la penitencia

Cumpla el penitente la penitencia que le impone el confesor.

  1. Hay algunos pecados que no siempre pueden ser absueltos por todo confesor. Por ejemplo, los que incluyen la pena de excomunión, en la cual pueden incurrir los fieles de 18 años cumplidos, si cometen ciertos pecados graves.

Sin embargo, en ciertas circunstancias, también los podría absolver el confesor, sin que el fiel haya de acudir a un confesor de más autoridad.

Al fiel en peligro de muerte le puede absolver cualquier sacerdote.

  1. El canon 916 del Código de Derecho Canónico, nos recuerda:

«Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contricción perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.»

  1. Testimonio de San Pablo

San Pablo, en 1 Cor 11,27-29, nos dice: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma el pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación.»

  1. Juan Pablo II

En su exhortación post-sinodal «Reconciliatio et Paenitentia», nos enseña:

«La pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de la negación de Dios, no sólo de la atea, sino además de la secularista… Algunos pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte; de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo por corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la conciencia, que suprime el deber de decir la verdad. ( …) Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre … Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, ¡una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del sacramento de la Penitencia.

  • El sacerdote sigue siendo para mí lo que fue en el amanecer de mi vida, pero ante todo es el que ata y desata, el que en el momento en que levanta la mano para absolvernos no se distingue ya del Hijo del Hombre a quien ha sido dado en la tierra el poder de perdonar los pecados. Poder que quizá deslumbra todavía más cuando no tenemos que acusarnos de ningún pecado mortal, porque me atrevería a decir que es entonces cuando la gracia vinculada al sacramento de la penitencia obra en estado puro y se hace sentir en carne viva. Quienes alaban a la Iglesia por haber inventado antes que Freud la terapia de la confesión, no saben lo que se dicen. Lo que nos libera, no es el sacar a la luz nuestras miserias, sino un gesto, una palabra, un poder.

¿Qué es el sacerdote para mí? El encuentro en un mismo ser del poder del Creador con la debilidad de la criatura.

  1. MAURIAC
  • Sólo quien ha sido pecador de verdad, quien ha masticado en su boca el negro pan de la rebeldía, puede comprender la grandeza de ese hombre que posee el incomparable privilegio de absorberle. Aunque se trate de un sacerdote mediocre, distraído, mundano, cansado.

La muerte es la muerte. Yo estaba envenenado, asfixiado. El pronunció una frase: «Yo te absuelvo…» Y, de repente, la vida, la luz entró de lleno en mi alma, la liberación bautismal, volver a nacer, la resurrección de la carne.

Pero no sólo me libró del pecado. Me dio de comer. Yo tenía hambre, no de pan, sino de algo muy distinto, de algo que estaba anhelando desde la creación del mundo. Este alimento misterioso, el sacerdote me lo trajo en sus manos venerables. Era el Cordero Inmolado. ¡Imposible vivir sin el sacerdote!

  1. CLAUDEL

EL PECADO NOS ALEJA DE DIOS, DEGRADA TAMBIEN NUESTRO VIVIR HUMANO

– porque al pecar nos rebajamos, no estamos a la altura de nuestra condición de seres libres y responsables,

– nos hacemos esclavos de nuestros instintos, de nuestras flaquezas, de las tentaciones,

– porque el pecado es el signo de que no estamos a la altura de nuestra dignidad, de nuestra vocación de personas llamadas al bien, a la pureza, a la perfección.