Obra Cultural

Sagrada Familia - Corazón del Niño JesúsEl caso de los divorciados que se han vuelto a casar no es, como podía ser en otro tiempo, tan excepcional que se encuentre sólo en raras o rarísimas ocasiones. El que se interesa por la pastoral de la familia, sabe por experiencia que van en continuo aumento las situaciones irregulares en el matrimonio; y entre éstas, la más ardua de afrontar es precisamente la de los divorciados que se han vuelto a casar.

Es evidente que la Iglesia no puede desinteresarse de estas personas, al contrario. La última parte de la exhortación apostólica «Familiaris Consortio» -el documento pontificio dado al final del Sínodo de Obispos de 1980, dedicado a la familia- considera la acción pastoral de la Iglesia frente a algunas situaciones irregulares de vida conyugal, y en ella figuran estas palabras particularmente significativas: «La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará sólo a las familia cristianas más próximas, sino que, ampliando los propios horizontes a la medida del Corazón de Cristo, se mostrará todavía más viva por el conjunto de las familias en general, y por aquellas, en particular, que se encuentran en situaciones difíciles e irregulares» (n.º 65).

Notemos en seguida el criterio pastoral que viene indicado por la acción de la Iglesia: ésta debe medirse según el Corazón de Cristo. No son palabras sentimentales, sino palabras que dicen conjuntamente el contenido y el sentido profundo de obrar de la Iglesia; justamente porque ella continúa en la historia el amor de Jesucristo buen Pastor, su obrar encuentra en -el amor su fuente, su energía, su contenido un amor indudablemente universal: nadie, pues, puede ser «excluido» del abrazo eclesial; nadie, y por esto tampoco los divorciados que se han vuelto a casar.

Pero, ¿cómo acercarse a ellos y ayudarlos?

Están aún en la Iglesia

Uno de los lamentos que se oye a estas personas es el siguiente: «Yo querría volver a la Iglesia, sentirme Iglesia». Precisamente a estos divorciados que se han vuelto a casar, va dirigida la verdad: están aún en la Iglesia, aunque sea a su modo.

La Iglesia no los ha «excomulgado», o sea no los ha lanzado fuera de sí. Recibieron el Bautismo que los insertó «para siempre» en la Iglesia, y ningún desorden -ni el divorcio y el nuevo matrimonio- es capaz de romper el vínculo que los une a la Iglesia. No deben sentirse, pues, «fuera» de la iglesia, y los cristianos deben evitar toda actitud discriminatoria que pudiera confirmarlos en su equivocada convicción.

En esta línea, la Iglesia ha de tener una particular solicitud hacia estos hijos suyos. Oigamos la voz del Papa Juan Pablo II: «La Iglesia, instituida para conducir a la salvación a todos los hombres y sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a aquellos que «unidos ya por el sacramento del vínculo matrimonial han buscado contraer nuevas nupcias. Por esto se esforzará sin descanso, en poner a su disposición sus medios de salvación… Junto con el Sínodo, exhorto ardientemente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles, a fin de que ayuden a los divorciados casados de nuevo, procurando con caridad solícita que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo e incluso debiendo, como bautizados, participar en su vida.» En realidad, es también vida cristiana la escucha de la Palabra de Dios, la caridad, el deber de la justicia… Es, precisamente, una «vida». Y éstos son deberes y responsabilidades que permanecen abiertos a todos, incluso a los divorciados nuevamente casados.

El pesar de algunas personas -e incluso su objeción, su dificultad más grave ante la Iglesia- es la imposibilidad de confesarse y de recibir la Comunión.

Para algunos constituye, desde luego, un verdadero «escándalo», porque actuando así, la Iglesia no seguiría el ejemplo de Jesús que ha ido en busca de la oveja perdida. ¿Cómo resolver esta dificultad?

El por qué se les niega los sacramentos

Hay que recordar, ante todo, que la Iglesia no es enteramente «dueña» de los Sacramentos, de manera que pueda darlos siempre y en todo caso prescindiendo de determinadas condiciones. Los Sacramentos son «de Cristo», y la Iglesia, al celebrarlos, ha de ser fiel a Cristo, no los puede dar contra su divina Voluntad. Y Jesucristo nuestro Señor pide que el significado del Sacramento no sea contradicho por el significado de la vida del que lo recibe. Si hubiese contradicción, el Sacramento sería un signo falso, proclamaría una realidad que, en concreto, sería desmentida por la vida del que lo recibe. No sólo no serviría para nada, sino que empeoraría la situación. ¿Qué significa recibir el Sacramento sino declararse en comunión de vida con Cristo, con el Evangelio, con la Iglesia? Pero si el Sacramento fuese recibido por el divorciado casado de nuevo, que sigue permaneciendo en su situación de vida, anunciaría una «comunión» a la que corresponde de hecho en la vida una ruptura con Nuestro Señor y con las exigencias de su Evangelio.

Si se reflexiona bien, la no admisión de los divorciados nuevamente casados a los Sacramentos, no es un «castigo» de la Iglesia, sino una coherencia de la Iglesia con el mismo significado de los Sacramentos, y por este motivo, una fidelidad a la voluntad del Señor. La Iglesia no puede permitirse «confundir» a los divorciados casados de nuevo, tratándoles como si no fuesen divorciados nuevamente casados. Tratarlos según verdad, es la primera, fundamental e irrenunciable exigencia del auténtico amor.

Puede nacer esta dificultad: ¿Es aún madre la Iglesia? La maternidad humana podría ya sugerirnos una primera respuesta: una madre no da toda cosa a su hijo, sino sólo lo que constituye su verdadero bien. Entra, pues, en la maternidad no sólo la concesión, sino también la denegación si es motivada. Con relación a la Iglesia, debemos hacer notar que es madre de los cristianos sólo en la medida en que es fiel a Jesucristo.

Hay que añadir además que la Iglesia, al no admitir a los divorciados nuevamente casados a los Sacramentos, no intenta expresar un juicio sobre su conciencia, sobre su responsabilidad subjetiva -¡hay situaciones tan difíciles y complejas, tan dolorosas y dramáticas! sino sólo manifestar la incompatibilidad entre el desorden de una existencia matrimonial (fuera y en contra de la voluntad de Cristo) y el significado de los Sacramentos.

Invitación a la Esperanza

En toda situación humana y cristiana, aún en la más difícil y penosa, la Iglesia tiene la misión de infundir y de alimentar la esperanza. Sobre todo, ha de ser testimonio vivo y coherente del amor según la verdad, del amor que inquebrantablemente sirve a la verdad y a la persona.

Este es el llamamiento que el Papa Luciani dirigía a un grupo de Obispos de los Estados Unidos, el 21 de septiembre de 1978: «Reviste una importancia pastoral la indisolubilidad del matrimonio cristiano. Aunque esta parte de nuestro mensaje es difícil, hemos de proclamarla con convicción, porque es palabra de Dios y misterio de la fe. Pero, al mismo tiempo, permanezcamos cercanos a nuestro pueblo, a sus problemas y a sus dificultades. Siempre ha de saber que lo amamos.»

«EL CAMINO PARA LLEGAR A CRISTO ES ACERCARSE A MARÍA, LOS QUE DE ELLA HUYEN NO ENCONTRARÁN LA PAZ», dice San Buenaventura. Una manera cierta de acercarse a María, es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.