Obra Cultural

Substancia y accidente

custodiaLlamamos accidente de un cuerpo a todo aquello que de ese cuerpo puedo percibir con los sentidos: el color, el olor, el sabor, la forma y dimensiones, el peso y la consistencia, la temperatura… Pero es indudable que por debajo de esta corteza exterior hay algo más, allá dentro. Porque a veces vemos cambiar lo de fuera, los accidentes, sin que cambie el cuerpo. El agua, por ejemplo, enfriada se congela, calentada se evapora. Tan agua es el agua líquida como el hielo o el vapor de agua. Lo de dentro, por decirlo así, queda inmutable; cambia solamente lo de fuera, los accidentes. A eso fijo que yace debajo y es soporte de unos accidentes que se van, y de otros accidentes que vienen, lo llaman substancia del cuerpo. También ésta puede cambiar en transformaciones llamadas, por eso, substanciales; y que en la naturaleza arrastran el correlativo cambio de los accidentes. Por ejemplo, si quemo un libro o si someto el mosto a la acción vital de un microorganismo. Estos son cambios substanciales, ya que una substancia se convierte en otra: la celulosa del papel pasa a ceniza, mientras se van a la atmósfera sus componentes volátiles; y la glucosa del mosto se transforma en alcohol. Seguimos los conceptos tradicionales, y prescindimos ahora de recientes teorías sobre la constitución de la materia, que tal vez no tienen ya como substanciales cambios hasta hoy así considerados.

La substancia es lo principal e inmutable

Si tengo aquí un pedazo de pan, hay algo que hace a eso ser pan, y no dulce de membrillo ni cualquier otra cosa. ¿Son los accidentes? No, pues éstos pueden cambiar sin que aquello deje de ser pan; y necesitan, por otra parte, un soporte, un sujeto de inhesión. Este soporte, este sujeto es la substancia, que permanece siempre la misma, a pesar de todas las mutaciones accidentales. Aquello, tal vez, ya no tendrá color de pan, ni sabor de pan, porque cambiaron los accidentes; pero mientras no cambie la substancia siempre será pan. Y si tengo una jarrita de vino, hay algo ahí que hace a eso ser vino, y no aceite ni otro líquido; a eso lo llamo substancia del vino. Sostiene a los accidentes. Y si éstos cambian, aquello dejará de tener color o sabor de vino, pero mientras no cambie o se corrompa la substancia, aquello será vino.

Nuestras facultades ante la substancia y los accidentes

Si llamo accidentes a todo lo que del cuerpo entra por los sentidos, es indudable que no podré percibir la substancia con ninguno de los sentidos corporales: porque entonces sería accidente. ¿Con qué llego, según eso, a la substancia de los cuerpos? ¡Con el entendimiento! El hombre, ya lo sabemos, tiene dos clases de facultades cognoscitivas: los sentidos orgánicos (que pueden ser externos, como los ojos, oídos …, o internos: así es la imaginación); y además otra potencia inorgánica o espiritual, por ser intrínsecamente independiente de la materia; y es el entendimiento. Los animales, que carecen de este último, conocen, porque tienen sentidos, pero no entienden; ni saben nada, por lo mismo, de la substancia de los cuerpos, sino sólo de los accidentes.

El pan de la Misa

En el pan, tengo por tanto, substancia de pan y accidentes, especies o apariencias de pan, que así lo llamaremos también. Y lo mismo en el vino. El sacerdote lleva a la Misa una hostia. Este vocablo, de origen griego, significa víctima, porque sacrificado como una víctima está Jesucristo allí. Y es una de las palabras más veneradas de nuestra religión, que debíamos pronunciar de rodillas. Y, sin embargo, es profanada por tantos malos cristianos.

Hacia la mitad de la Misa, inmediatamente antes de elevarla, el sacerdote toma en sus manos aquella hostia, que hasta entonces es pan, aunque sin fermentar porque así se Usa en el rito romano. Y con ella entre los dedos recita en voz baja palabras evangélicas sobre la institución de la Eucaristía: «El día antes de padecer, tomó (Jesús) el pan en sus santas y venerables manos, y elevando los ojos al cielo, hacia Ti, Dios Padre suyo omnipotente, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: TOMAD Y COMED: PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS». Cuando el sacerdote dice estas palabras: «ESTO ES MI CUERPO», desaparece todo lo que hay allí de substancia de pan, y en vez de la substancia viene Jesucristo, con su carne, con su sangre, con sus huesos, con su cabeza, con su corazón… Quedan todos los accidentes. Entonces el sacerdote dobla la rodilla para adorar al Señor, que acaba de presentarse allí, y eleva lo que ya no es substancia de pan, sino la HOSTIA CONSAGRADA, a fin de que los asistentes a Misa la miren y adoren.

¡Y lo mismo el vino!

Enseguida coge el cáliz, donde hasta entonces hay vino como otro cualquiera, y sigue diciendo: «Del mismo modo, terminada la cena, tomando este cáliz sacrosanto en sus santas y venerables manos y después de dar gracias lo bendijo y distribuyó entre sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él: Porque ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERA DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA». Y al decir el celebrante esas palabras: «ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE», desaparece todo lo que hay allí de substancia de vino, que se transforma en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Entonces el sacerdote dobla la rodilla para adorar al Señor, allí presente ya bajo las apariencias de vino. Y levanta el cáliz a fin de que los cristianos lo miren y adoren.

El mismo Señor bajo las dos especies

Bajo los accidentes consagrados no hay ninguna substancia de pan ni de vino; sino que está verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Detrás de la apariencia o accidentes de pan está todo el Señor, igual que en el cielo, aunque privado aquí de la extensión. Y lo mismo detrás de las especies o accidentes del vino. No vaya alguno a creer que en la hostia consagrada está solo el cuerpo, y en el cáliz sólo la sangre. Entonces el Señor estaría muerto, como en el Calvario. Fue la única vez en que su sangre se separó de su cuerpo. En esta transformación de substancias o transubstanciación, pues así se llama, quedan intactos, como dijimos, y lo mismo que antes, todos los accidentes; aunque sin sujeto de inhesión, que era la substancia del pan y del vino, inexistente ya, como transformada en el cuerpo y sangre de Cristo. Por eso, no podemos distinguir con los ojos de la cara ni con el gusto, ni con ningún otro sentido, una hostia consagrada de otra sin consagrar. Lo mismo digamos del vino. Ni siquiera el entendimiento llegaría aquí si no estuviera iluminado por la fe.

Misterio de Fe

Así se llama la Eucaristía. Efectivamente, en otros dogmas creemos lo que no vemos, pero aquí creemos lo contrario de lo que vemos. Vemos pan y creemos que no hay pan. Vemos vino y creemos que no hay vino. Porque debajo de aquellos accidentes nada queda de la substancia del pan ni del vino. Está el Señor. Cuando apareció entre los hombres ocultó su divinidad. ¿Quién iba a creer que era Dios aquel niño nacido en una cueva y desterrado a Egipto pocos meses después?

¿O aquel adolescente que encallecía sus manos en un taller, y aquel hombre que murió en una cruz? Pero aquí, no se contenta con eso el Señor, sino que oculta también su humanidad. ¿Quién iba a decir que, bajo aquellas apariencias tan sencillas y vulgares, como son las del pan y el vino, está un cuerpo igual al nuestro? Lo creemos sencillamente, porque Él lo dijo. De otro modo; ¿cómo lo íbamos a saber, a suponer, ni a sospechar ni a imaginar? El llevó a cabo esa transformación la noche de la Cena, y dio a sus Apóstoles poderes para repetir lo mismo. Bien claro está en el Evangelio, en la carta primera de San Pablo a los Corintios, en toda la tradición y magisterio cristiano, y en la fe de los fieles: La Iglesia siempre lo creyó y admitió así. Juan Pablo II, en el Congreso Eucarístico de Milán (20-5-83), recomendó solemnemente: «Sea siempre hondamente dogmática vuestra espiritualidad eucarística. El dogma eucarístico afirma la presencia verdadera, real y substancial de Cristo que se ofrece al Padre como sacrificio en nombre nuestro y se une íntimamente con nosotros en la comunión».

Que María Inmaculada, a quien la Iglesia aclama bienaventurada porque creyó el anuncio del Ángel, nos ayude a tratar a su Hijo en la Eucaristía y hablarle creyendo en Él, sin titubeos, con seguridad y humildad.

«EL BUEN LADRÓN, SE SALVÓ POR LA SÚPLICA DE MARÍA. Y ESE OFICIO LO HA CONTINUADO LA VIRGEN SIEMPRE, Y CONTINÚA HACIÉNDOLO», enseña San Alfonso M.ª de Ligorio. Particularmente, añadiremos, con los que cada mañana y cada noche rezan las TRES AVEMARÍAS.