Obra Cultural

San Juan habla claramente de la divinidad del Verbo y de su Humanidad

La Ascensión del Señor«Y el Verbo era Dios» (Juan 1,1). El texto original griego no permite otra interpretación: Kai Zaòs ên ó Lógos. Lógos con artículo (ó = el) es necesariamente el sujeto de esta oración sustantiva, y por lo mismo a él se le atribuye la divinidad (Zaòs, que no lleva artículo por ser el predicado).

«Y el Verbo se hizo carne» (kai ó lógos sarx aguéneto). San Juan usa la palabra carne (1,14), y no hombre o cuerpo, porque en las lenguas semíticas y en la Sagrada Escritura es muy frecuente designar con la palabra carne al hombre bajo su aspecto mortal, humilde y pasible: «Y bendiga toda carne su santo nombre» (Salmo 145,21). Es decir, bendiga todo hombre, porque sólo el hombre puede bendecir a Dios.

En el Nuevo Testamento

Con mucha frecuencia la palabra carne es sinónimo de hombre: Hablando Jesús del castigo terrible que recibirá Jerusalén, dice, traducido exactamente del griego: «Y si no se acortasen aquellos días, no se salvaría toda carne (pasa sárx)», es decir, nadie se salvaría (Mateo 24,22). «Y toda carne verá la salud de Dios» (Lucas 3,6, citando a lsaías 40,5). Etc.

Que el Verbo divino asumió la naturaleza humana, y no sólo la carne, nos lo indican los innumerables textos en que Cristo es llamado Hijo del Hombre, o simplemente hombre (1 Corintios 13,45-47; 15,21; 1 Timoteo 2,5), y cuando la Sagrada Escritura nos habla de los sentimientos humanos de Jesús (amar, orar, gemir, llorar, airarse, etc.), sabemos que éstos son exclusivos del alma humana.

Hechos históricos acerca de la Resurrección corporal de Jesucristo

Jesús profetizó varias veces su resurrección en el tercer día de su muerte (Mateo 20, 19; 12,40; Marcos 8, 31; Juan 2, 19; etc.). Y así sucedió de hecho, según el testimonio de los ángeles (Mateo 28,5-6; Marcos 16,6-7; Lucas 24,5-6) y de los Apóstoles (Lucas 24,33-34; Juan 20,24 ss.; Hechos 10,41; 26,23; 1 Corintios 15,8-9; 15,14 y 20; Colosenses 1,18).

Se apareció a María Magdalena (Marcos 16,9-11; Juan 20, 11-18); a las santas mujeres (Mateo 28, 19); a los discípulos de Emaús (Marcos 16,12; Lucas 24, 13); a los Apóstoles reunidos (Lucas 24, 36-39); a los Apóstoles con el incrédulo Tomás (Juan 20,26-27); a los Apóstoles y discípulos junto al lago de Tiberíades (Juan 21, 1-14); a Cefas; a los Apóstoles, y después a más de quinientos hermanos juntos (1 Corintios 15,4-7).

Algunos textos directos de su Resurrección

El ángel dice a las mujeres: «…No está aquí: ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto» (Mateo 28,5-6; Marcos 16,6-7; Lucas 24,5-6). El cuerpo de cristo no está ya en el sepulcro, porque resucitó. La muerte es la separación del alma y del cuerpo; la resurrección es la reunión de los mismos.

Las mujeres abrazaron (asieron) sus pies y le adoraron (se postraron ante El). Los espíritus no tienen pies.

Jesús mismo dice a los Apóstoles que no es un espíritu o fantasma (Lucas 24,36,43; Juan 20, 19-20), porque éstos no tienen carne y huesos, y para sacarlos de duda come con ellos.

Se aparece a los Apóstoles, estando con ellos el incrédulo Tomás, y Jesús le dice a éste: «Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela…» (Juan 20,26-28).

Ascensión del Señor

Hablando de la ascensión de Jesús al cielo, nos dice: «Los llevó hasta cerca de Betania, y levantando sus manos, los bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo». Los espíritus no tienen manos para bendecir (Lucas 24,50-51).

Hechos 1,4 dice: «Y comiendo con ellos…».

San Pedro dice que el profeta David «le vio (a Cristo) de antemano y habló de la resurrección de Cristo, que no sería abandonado en el Hades (lugar de tinieblas) ni vería su carne la corrupción» (Hechos 2,31). Luego lo que resucitó fue el cuerpo o la carne de Cristo.

San Pedro dice al centurión Cornelio y a sus familiares: «Dios le resucitó al tercer día y le dio manifestarse no a todo el pueblo, sino a los testigos de antemano elegidos por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después de resucitado de entre los muertos» (Hechos 10,40-41). Jesús resucitó con el mismo cuerpo que había tenido en vida, con las llagas de la pasión en los pies, manos y costado. Esas llagas están abiertas («mete la mano en mi costado», leemos en Juan 20,27), y sin embargo, después de la resurrección ya no echan sangre, porque el cuerpo resucitado goza de unas prerrogativas especiales, descritas por San Pablo en 1 Corintios 15,42-44: impasibilidad (ya no morirá ni sufrirá), claridad (gloria y fulgor especiales), agilidad (moverse con facilidad, sin fatiga ni obstáculos); por eso entró en el cenáculo sin abrir las puertas. Y gozó también de la prerrogativa de la sutileza (sometido al espíritu en todo).

Carne y sangre no pueden poseer el Reino de Dios

(1 Corintios 15,50) – Algunos se fundamentan en este texto para negar la resurrección y la ascensión corporales de Jesús y la resurrección universal.

El sentido literal se deduce de este texto colocado en su contexto a partir de 1 Corintios 15,35-50.

«¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?» (1. ª Corintios 15,35). San Pablo dice a los corintios que el cuerpo debe morir y despojarse de la corrupción para resucitar glorioso a una vida nueva. Como la semilla se corrompe antes de germinar (v. 36-39 de 1. ª Corintios 15). El nuevo germen es una materia, pero materia de la misma especie que la de la semilla y procede de ella. Dios ha dado a cada cosa el cuerpo que ha querido. Y así en la resurrección da a los cuerpos vivificados unas dotes nuevas de incorrupción, claridad, agilidad y sutileza (v. 24-44 de 1 Corintios 15).

Adán, formado de la tierra, nos transmite el cuerpo terreno y animal, sujeto a la muerte y a la corrupción; Jesucristo, el nuevo Adán bajado del cielo, tiene ya ese cuerpo resucitado con las dotes antes mencionadas de cuerpo glorioso, y así lo tendrán también los que son de Cristo en la resurrección (v. 45-49 de 1. ª Corintios 15). Por eso el sentido literal es éste: PERO LA CARNE Y LA SANGRE, ES DECIR, EL HOMBRE MORTAL Y TERRENO (Gálatas 1,16) NO PUEDE HEREDAR EL REINO DE LOS CIELOS SIN QUE ANTES MUERA Y SE DESPRENDA DE LA CORRUPCION AL RESUCITAR (v. 50-54 de 1. ª Corintios 15).

Jesucristo, «espíritu vivificante»

«El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el último Adán (Jesucristo), espíritu vivificante» (1. ª Corintios 15-45). Es decir, Jesucristo es principio y fuerza para que los hombres resuciten y no mueran más como murieron en Adán (1. ª Corintios 15,22; Juan 5,21). Por eso es «espíritu vivificante». Jamás dice la Sagrada Escritura que Jesús después de resucitado fuera un mero espíritu. «…Vivificado en el espíritu» (1 Pedro 3, 18) quiere decir vivificado en o según el espíritu, pues mientras el cuerpo de Cristo estaba muerto en la cruz y en el sepulcro, vivo en su espíritu llegó hasta los espíritus que estaban en la prisión, seno de Abraham o limbo de los santos padres (1. ª Pedro 3,19-20), anunciando a esos encarcelados la redención y la salvación.

En Lucas 24,37-43 expresamente está combatido el error de una resurrección de Cristo y aparición puramente incorpórea. Y lo mismo en la aparición a Tomás (Juan 20,25-28).

Lo que San Pedro (1. ª carta 3, 18) quiere decir es lo mismo que San Pablo afirma en Romanos 8,10-13: que cristo resucitó no por el poder de la carne de su humanidad, sino por el poder de su Espíritu que también lo ha derramado sobre nosotros.

Jesucristo resucitado soplaba sobre sus discípulos y les comunicaba el Espíritu (Juan 20,22), «…el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos». (Romanos 8, 11).

Jesucristo resucitado fue hecho espíritu vivificante para darnos el Espíritu Santo (el, no un espíritu). En ese sentido «el Señor es Espíritu» (2 Corintios 3,17).

Cristo resucitado tenía cuerpo real, porque si no, no hubiera advertido a María Magdalena que no le tocase hasta que hubiera Subido al Padre (Juan 20, 17) visiblemente o a la vista de todos.

Impasible y glorioso

Jesucristo resucitó y subió al cielo con el mismo cuerpo que había tenido durante su vida terrena; si bien, después de la resurrección ese cuerpo era ya impasible y glorioso. Algunos dicen que, según esto, Jesucristo en el cielo sería inferior a los ángeles, que son espíritus puros. A esto hay que responder que la dignidad se atribuye a la persona, y siendo Cristo una persona divina y no humana, no puede decirse de Él que sea inferior a los ángeles.

Intercediendo siempre

El cuerpo glorioso de Cristo, con las llagas que recuerdan la obra de la redención, nos indican que la víctima por los pecados del mundo está allí en el cielo «intercediendo siempre por nosotros» (Hechos 7,25; Romanos 8,34; 1 Juan 2,1).