D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

ejercicios mons. guerra campos2.73Es natural que, mientras caminamos, nos preocupe mucho la transformación inmediata de las condiciones del mundo. Sabemos que también ahí influye la presencia de Cristo resucitado.

Porque el auténtico amor al prójimo, que Él nos inspira, exige de todos nosotros una dedicación generosa para promover, con la mayor efectividad posible, el bien de todos, el desarrollo justo, la convivencia fraternal. De ahí puede resultar, y muchas veces ha resultado, una mejora de las condiciones temporales de la vida. El Evangelio es, sin duda, eficaz también para este mundo.

Pero se trata de una eficacia derivada; no principal. Puede fallar; no está garantizada. No es condición previa para que confiemos en Dios. La alegría y la .esperanza del .reino de Dios desbordan, con mucho, todo logro temporal. Lo incluyen a veces, pero siempre lo trascienden. Lo más consolador es pensar que esta alegría y esta esperanza valen para nosotros tanto en las fases de exaltación, de ilusión, de esfuerzo creador, como en las fases de depresión, de inutilidad y de muerte. El ladrón, que moría sin esperanza humana al lado de Jesús, pudo oír: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (7).

Notas:

(7) Evangelio de San Lucas (Lc.) 23, 43. La armonía de presencia y trascendencia, a la que se acaba de aludir, resuena con toda claridad en estas palabras del Concilio Vaticano II, que resumen la naturaleza genuina de la Iglesia: “Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos” (Constitución Sacrosanctum concilium. sobre la liturgia, núm. 2).