D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Guerra Campos4Si nos invade el desánimo; si a veces nuestra fe parece haberse desvanecido, acaso porque la hemos ligado en demasía con proyectos humanos que fallan; si no nos queda sino como un recuerdo nostálgico, a la manera de los discípulos de Emaús (“Esperábamos”…), reavivemos el sentido de su presencia. El Señor iba con .ellos, aunque no le conociesen. El Señor va con nosotros. Y al reconocerle, llevemos la alegre noticia a los demás (8).

Como dice la Carta a los hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas” (9).

Y el mismo Señor proclama en el Apocalipsis: “Yo soy el primero y el último. Estoy vivo, aunque estuve muerto; y ahora vivo para siempre, y tengo las llaves de la muerte” (10).

Por eso podemos hacer nuestras las palabras del apóstol San Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? Gracias a Dios, que nos dio la victoria a nos­ otros por nuestro Señor Jesucristo” (11).

¿No es obligado que la alegría pascual sea una · alabanza a Dios? Esto es fo que significa el cántico de este tiempo: ¡Alleluia!

(17 de abril de 1972.)

Notas:

(8) El Concilio Vaticano II dice a los seglares (cristianos en el mundo): “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo” (Constitución Lumen gentium, sobre la Iglesia: LG., 38).

(9) Heb. 13, 8-9.

(10) Apoc. 1, 18. Concilio Vaticano II: “Cree la Iglesia que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y maestro” (Constitución Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual: GS., 10).

(11) 1 Cor. 15, 55.57.