La Conchita en el altar principal de la Catedral de Granada – (NICARAGUA)
La Conchita de Granada es una imagen de la Inmaculada Concepción de María, que se encuentra en la actual Catedral de Granada, además de ser la patrona de dicha ciudad.
HISTORIA
La imagen de la inmaculada Concepción de Granada, según la leyenda y narraciones fue encontrada el 7 de diciembre de 1721 en las orillas del Lago Cocibolca, se encontraba en un cajón de madera con una inscripción que literalmente decía «Para la ciudad de Granada. Fray Toribio de Benavente y Paredes en unión con los feligreses la denominaron patrona de la ciudad, luego de haber sido trasladada en procesión y puesta a veneración en la capilla.
GENERALA DE LOS EJÉRCITOS DE NICARAGUA
Una vez que la Guerra Nacional de Nicaragua había terminado, en 1862, el General Tomas Martínez, la declaró «Generala de los Ejércitos de Nicaragua«, este título fue otorgado, considerándose que la Virgen había jugado «un papel decisivo en las grandes batallas contra los filibusteros«. El grado de generala le hace gozar de un sueldo para la reconstrucción del templo, además, de que el Ejército participa en los festejos de la Patrona durante el novenario.
(Barcelona, 12 de mayo de 1917 – Santa Coloma de Gramanet, 11 de septiembre de 1936) fue un bachiller español, considerado mártir por la Iglesia católica. Fue beatificado el 7 de noviembre de 2020.
Santo Domingo de Guzmán fue un presbítero castellano y santo católico, fundador de la Orden de Predicadores, más conocidos como dominicos.
Recapitulada por el P. Cano
– DOMINICOS
Casi al mismo tiempo que los franciscanos, Santo Domingo fundaba la Orden de Predicadores. La nueva Orden surge para contrarrestar el influjo de la herejía, mediante la formación religiosa del pueblo, y para organizar y sistematizar el estudio de las grandes cuestiones filosóficas y teológicas en las nuevas universidades europeas.
Santo Domingo nació en Caleruega, hacia el año 1170. Canónigo de Osma, destacó por su doctrina y su ardiente celo por la salvación de las almas. Junto con otros sacerdotes de Montpellier se dedicó a misionar el sur de Francia, infectado por la herejía albigense. Más tarde se estableció en Toulouse y allí reunió los primeros compañeros. El obispo Fulco le apoyó y aprobó su nueva comunidad.
Los misioneros dominicos, con su vida pobre y penitente, garantizaban su predicación ante los ojos del pueblo que había sido seducido por la ostentosa austeridad de los ministros propagadores de la herejía.
El año 1215 Santo Domingo y el obispo tolosano Fulco viajaron a Roma para que el Papa aprobase la nueva Orden. Pero tuvo que esperar un año hasta que Honorio III aprobara solemnemente la nueva Orden de Santo Domingo.
En 1217 Santo Domingo envió a los primeros misioneros a lejanas tierras. En 1220 se reunió el primer Capítulo en Bolonia. El Capítulo reconoció a los Predicadores como Orden mendicante. El fundador perfiló la estructura de la Orden con unos estatutos que fueron incorporados a las primeras constituciones.
Tras la muerte de Santo Domingo (1221), la Orden, dirigida por su sucesor, el beato Jordán de Sajonia, se extendió por toda Europa, y antes de un siglo contaba ya con 18 provincias y 10.000 religiosos. El tercer general de los dominicos, San Raimundo de Peñafort (1238-41) reorganizó y dio su forma definitiva al conjunto legislativo de la Orden.
Desde un principio los Romanos Pontífices encomendaron a los Padres Predicadores la Inquisición; los Dominicos quedaron constituidos como los inquisidores por antonomasia.
Los Dominicos brillaron como figuras de primera magnitud en el desarrollo de la escolástica.
Junto a los Dominicos se desarrolló la rama femenina de las Dominicas. También se formó una Hermandad Seglar, llamada Militia Christi, de la que surgió la Orden Tercera de Santo Domingo.
Uno de los rasgos más típicos de la Orden dominicana y de su Santo fundador es su devoción a la Virgen. La Orden como tal se presenta como Orden de Nuestra Señora. Santo Domingo y sus Predicadores rezaban y propagaban el Rosario en todas sus misiones.
EL SENTIDO DEL HOMBRE EN LOS PUEBLOS HISPÁNICOS (VII)
El Humanismo del Orgullo (1)
Estos conceptos del hombre no son puras ideas, sino descripciones de los grandes movimientos que actúan en el mundo y se disputan en el día de hoy su señorío. De una parte, se nos aparecen grandes pueblos enteros, hasta enteras razas humanas, animadas por la convicción de que son mejores que las otras razas y que los otros pueblos, y que se confirman en esta idea de superioridad, con la de sus recursos y medios de acción. Este credo de superioridad, de otra parte, puede contribuir a producirla. Hasta los musulmanes, actualmente abatidos, tuvieron su momento de esplendor, debido a esa misma persuasión. El día en que los árabes se creyeron el pueblo de Dios, conquistaron en dos generaciones un imperio más grande que el de Roma. No cabe duda de que la confianza en la propia excelencia es uno de los secretos del éxito, por lo menos, en las primeras etapas del camino.
En algunos pueblos modernos encontramos esa misma fe, pero expresada en distinto vocabulario. Recientemente definía Mr. Hoover el credo de su país como la convicción de que siguiendo éste los dictados de su corazón y de su conciencia avanzaría indefectiblemente por la senda del progreso. Es postulado del liberalismo, que si cada hombre obedece solamente sus propios mandatos desarrollará sus facultades hasta el máximo de sus posibilidades. Todos los pueblos de Occidente han procurado, en estos siglos, ajustar sus instituciones políticas a esta máxima que, por lo mucho que se ha difundido, parece universal. Se funda en la confianza romántica del hombre en sí mismo y en la desconfianza de todos los credos, salvo el propio. Supone que los credos van y vienen, que las ideas se ponen y se quitan como las prendas de vestir, pero que el hombre cuando se sale con la suya, progresa. ¿Todos los hombres? Aquí está el problema. La Historia muestra también que esta libertad individualista no sienta a todos los pueblos de la misma manera. Hay, por lo visto, pueblos libres, pueblos semilibres y pueblos esclavos. Y así ha ocurrido que la bandera individualista, universal en sus comienzos, ha acabado por convertirse en la divisa de los pueblos que se creen superiores. Aun dentro del territorio de un mismo pueblo, el individualismo no quiere para todos los hombres sino la igualdad de oportunidades. Ya sabe por adelantado que unos las aprovechan y mejoran de posición. Estos son los buenos, los selectos, los predestinados; otros, en cambio, las desaprovechan y bajan de nivel; y éstos son los malos, los rechazados, los condenados a la perdición. Es claro que no ha existido nunca una sociedad estrictamente individualista, porque los padres de familia no han podido creer en el postulado de que los hombres sólo progresan cuando se les deja en libertad.