Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos, Imagén - Contracorriente
Madre María Félix
28 jueves Abr 2022
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28 jueves Abr 2022
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Dos causas influyeron decisivamente para que la Cristiandad occidental dirigiera su atención a la evangelización de las regiones paganas del Asia y del norte de África: el conocimiento adquirido de estos territorios por los cruzados y las grandes conquistas de los tártaros y mongoles, que amenazaban con la destrucción del Cristianismo.
Misioneros nestorianos habían introducido el Evangelio en diversas regiones de Asia y organizaron comunidades cristianas en la India y en China en el siglo XI; convirtieron al jefe tártaro Karaita, a quien siguió buena parte del pueblo.
Los mongoles destruyeron las comunidades nestorianas. El Papa Inocencio IV envió misioneros franciscanos y dominicos, entre los que se hicieron famosos Juan de Piano del Carpine y Guillermo de Ruysbroek (1245-1255). Pero el que obtuvo mejores resultados fue Juan de Montecorvino (1291), que marchó a la China movido por los relatos que el comerciante veneciano Marco Polo había escrito recientemente.
Tras el descubrimiento del imperio mongol y los desórdenes que se siguieron, el Cristianismo fue desapareciendo.
Desde que los musulmanes conquistaron el norte de África, nadie había intentado la reevangelización. San Francisco de Asís fue el primero que se dirigió en 1219 al sultán de Egipto, El Camil, pero sin resultado alguno; el año 1220 envió cinco misioneros franciscanos que recibieron bien pronto la palma del martirio en Marruecos. En 1223 el Papa Honorio III envió misioneros dominicos a estos mismos territorios; más tarde llegaron los minoristas a Aguellas (1237) y Lupus (1246).
Durante todo el siglo XIII franciscanos y dominicos trabajaron en la evangelización de Marruecos. Merece especial mención el Beato Raimundo Lulio, que fundó un colegio misionero en Palma de Mallorca y predicó en Túnez en el año 1292. Raimundo Lulio murió el año 1315, apedreado por los muslimes.
El entusiasmo religioso de la época y el prestigio del Pontificado hicieron posible aquellas expediciones religioso-militares llamadas Cruzadas.
Se inician a fines del siglo XI y se prolongan durante los siglos XII y XIII. Su fin era, la conquista de los Santos Lugares en poder de los turcos, y asegurar así el respeto y la libertad de la Iglesia y de los cristianos en Tierra Santa.
Las Cruzadas se predicaban en nombre de la Iglesia. Sus principales promotores fueron los Papas, quienes concedían indulgencias a los cruzados. El primer Papa que concibió la idea de organizar un ejército para liberar los Santos Lugares fue Gregorio VII, pero no lo pudo realizar.
El hombre destinado por la divina Providencia para entusiasmar a los cristianos occidentales y organizar los ejércitos de los cruzados fue Urbano II. Las victorias logradas por la Cristiandad contra los musulmanes en España fueron un detonante definitivo.
Ante la amenaza del turco, Alexio (Emperador de Bizancio) mandó mensajeros al concilio de Piacenza (1095) pidiendo ayuda. Urbano II se conmovió y promovió la Cruzada. El gran concilio de Clermont, del mismo año, encauzó el entusiasmo que habían despertado los predicadores de la Cruzada, Pedro el Ermitaño y el mismo Papa.
A las ardorosas palabras de Urbano II doscientos prelados, el pueblo y la nobleza, respondieron con el grito “Dios lo quiere” que sería la consigna de los cruzados. Innumerables príncipes se alistaron inmediatamente en el ejército de los libertadores de los Santos Lugares: el obispo Ademare de Puy, Godofredo de Bouillón y sus dos hermanos Balduino y Eustaquio, Roberto de Flandes Roberto de Normandía, Raimundo de Tolosa, Bohemundo de Tarento, Tancredo. El Papa les dio como distintivo una cruz roja sobre los hombros.
Los cruzados marcharon hacia los Santos Lugares el año 1096. Los diferentes ejércitos se unieron en Constantinopla; de allí pasaron a Antioquía, que tomaron a los turcos. En Pentecostés de 1099 el ejército estaba ya ante Jerusalén. El 15 de julio de aquel mismo año entran los Cruzados en la Ciudad Santa, al mando de Godofredo. Se había constituido el reino cristiano de Jerusalén.
Godofredo no quiso ceñirse la corona de rey, allí donde Cristo la llevó de espinas, sino que tomó el título de “Defensor del Santo Sepulcro”.
En Navidad de 1099 se celebró un concilio en el que se tomaron diversas medidas para la organización eclesiástica del nuevo reino. También quedaron establecidos los Estados cristianos de Edessa, Antioquía y Trípoli de Siria.
26 martes Abr 2022
25 lunes Abr 2022
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Saturados de lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad y apenas conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de Oriente y Occidente hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en Trento el dogma que asegura a todos los hombres la posibilidad de salvación, y por tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda hablarse con fundamento de la unidad moral del género humano. Por consiguiente, la Hispanidad creó la Historia Universal, y no hay obra en el mundo, fuera del Cristianismo, comparable a la suya. A ratos nos parece que después de haber servido nuestros pueblos un ideal absoluto, les será imposible contentarse con los ideales relativos de riqueza, cultura, seguridad o placer con que otros se satisfacen. Y, sin embargo, desechamos esta idea, porque un absolutismo que excluya de sus miras lo relativo y cotidiano, será menos absoluto que el que logre incluirlos. El ideal territorial que sustituyó en los pueblos hispánicos al católico, tenía también, no sólo su necesidad, sino su justificación. Hay que hacer responsable de la prosperidad de cada región geográfica a los hombres que la habitan. Mas, por encima de la faena territorial, se alza el espíritu de la Hispanidad. A veces es un gran poeta, como Rubén, quien nos lo hace sentir. A veces es un extranjero eminente quien nos dice, como Mr. Elihu Root, que: «Yo he tenido que aplicar en territorios de antiguo dominio español leyes españolas y angloamericanas y he advertido lo irreductible de los términos de orientación de la mentalidad jurídica de uno y otro país». A veces es puramente la amenaza de la independencia de un pueblo hispánico lo que suscita el dolor de los demás.
Entonces percibimos el espíritu de la Hispanidad como una luz de lo alto. Desunidos, dispersos, nos damos cuenta de que la libertad no ha sido, ni puede ser, lazo de unión. Los pueblos no se unen en la libertad, sino en la comunidad. Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en el espíritu donde hallamos al mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la Historia quien nos lo descubre. En cierto sentido está sobre la Historia porque es el catolicismo. Y es verdad que ahora hay muchos semicultos que no pueden rezar el Padrenuestro o el Ave María, pero si los intelectuales de Francia están volviendo a rezarlos, ¿qué razón hay, fuera de los descuidos de las apologéticas usuales, para que no los recen los de España? Hay otra parte puramente histórica, que nos descubre las capacidades de los pueblos hispánicos cuando el ideal los ilumina. Todo un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes; todo un sistema que parecía sepultarse entre las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del liberalismo, en el desprestigio de Rousseau, en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante nuestras miradas y nos hace decir que nuestro siglo XVI, con todos sus descuidos de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el porvenir. Y aunque es muy cierto que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Herriot recientemente ha querido distinguir, diciendo que era la una la del Greco, con su misticismo, su ensoñación y su intelectualismo, y la otra de Goya, con su realismo y su afición a la «canalla», y que pudieran llamarse también la España de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la materia, la verdad es que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar quién debe gobernarla, si los suspiros o los eruptos. Aquí ha triunfado por el momento, Sancho; no me extrañará, sin embargo, que nuestros pueblos acaben por seguir a Don Quijote. En todo caso, su esperanza está en la Historia: “Ex proeterito spes in futurum”.
24 domingo Abr 2022