La situación está pintada por el hecho de que Morillo, el general de Fernando VII, era volteriano, y Bolívar, en cambio, aunque iniciado en la masonería cuando joven, proclamaba en Colombia el 28 de septiembre de 1827, que: «La unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza». Y en su mensaje de despedida dirigió al nuevo Congreso esta recomendación suprema: «Me permitiréis que mi Último acto sea el recomendaros que protejáis la Santa Religión que profesamos, y que es el manantial abundante de las bendiciones del cielo». Esta historia no se parece a la que los españoles e hispanoamericanos hemos oído contar. Pero André la ha sacado del Archivo de Indias y de documentos originales, y ello no muestra sino que la historia está por rehacer. Durante los largos años de la revolución por la independencia, algunos políticos y escritores hispanoamericanos, propagaron, como arma de guerra la leyenda de una América martirizada por los obispos y virreyes de España. Como su partido resultó vencedor, durante todo el siglo XIX se continuó propalando la misma falsedad y haciendo contrastes pintorescos entre «Las tinieblas del pasado teocrático y las luminosidades del presente laico». Lo más grave es que un historiador tan serio como César Cantú, había escrito sobre la conquista de Nueva Granada, no obstante existir, desde 1700, la curiosísima historia, ahora reeditada del dominico Alonso de Zamora, que: «Los pocos indígenas que sobrevivieron se refugiaron en las Cordilleras, donde no les podían alcanzar ni los hombres, ni los perros, y allí se mantuvieron muchos siglos hasta el momento -momento que la Providencia hace llegar más pronto o más tarde- en que los oprimidos pudieron exigir cuentas de sus opresores». Verdad que en otro tomo de su historia se olvida de su bonita frase y reconoce que en Nueva Granada había a principios del siglo XIX unos 390.000 indios y 642.000 criollos, además de 1.250.000 mestizos, que no vivían seguramente fuera del alcance de los hombres y de los perros.
Escultura original de la Virgen de El CisneBasílica de El Cisne
Virgen de El Cisne es una advocación mariana de la Iglesia católica, cuya imagen tiene su principal centro de culto en la Basílica de El Cisne, en la parroquia El Cisne, provincia de Loja – Ecuador. La Virgen de El Cisne tiene aproximadamente 5 millones de fieles por todo el país. Por iniciativa de Simón Bolívar, cada año, el 15 de agosto, se reúnen devotos de todas partes para rendir culto a María «la madre de Dios», que hizo una aparición por primera vez en El Cisne en el año 1594. Los testigos de la aparición, unos indígenas de la región, decidieron rendir culto a tal virgen en el auge del catolicismo de la época y decidieron hacer una imagen de ella, viajando desde Chayalama – Loja a la ciudad de Quito capital de la Real Audiencia en ese entonces.1 En el lugar esculpiría por primera vez la imagen de la virgen el escultor Diego de Robles, tallando la imagen en un tronco de madera tomando como ejemplo a la Virgen de Guadalupe. Desde entonces muchos fieles aseguran que la Virgen María a través de la imagen ha cumplido sus milagros y paulatinamente se ha convertido en la advocación más venerada en el Ecuador.
Etimología
La Orden de los Caballeros de El Cisne, bajo la supervisión de frailes franciscanos, llegó a la región en tiempos de la colonia española en compañía de Alonso de Mercadillo, fundador de la ciudad de Loja. El fraile López de Solís obispo de Quito, quien era miembro de la orden de caballeros, visitó la región cuando iba de paso entre Guayaquil a Quito y a al ver que el lugar se parecía a su país, tomó aprecio a la región y denominó a la imagen con el nombre Virgen de El Cisne en alusión a su orden de caballeros.
La Orden de los Caballeros de El Cisne
Es la orden más antigua de la casa prusiana, fundada el 29 de septiembre de 1440 por Federico II el Grande, perpetuando la leyenda del Caballero del Cisne, en un principio la función de la orden era mantener disciplina entre los electores y feudales de Brandemburgo, posteriormente su función se tornó en las obras de caridad y la veneración a la Virgen María, su sede se encontraba en Brandemburgo, en la montaña Harlungberger, donde su iglesia fue construida en los cimientos del templo Triglaw por el príncipe Prioslaw en el año 1140, el lugar atrajo varios devotos cristianos en su época.
Desde antiguo los obispos y los abades desempeñaban cargos civiles de mucha importancia. Poco a poco, se fue introduciendo la costumbre de que, en recompensa de estos cargos, recibieran ciertos derechos de grandeza, llamados regalías; incluso los títulos de duques o príncipes.
El emperador Otón I favoreció sistemáticamente esta elevación de los obispos y abades. Así intervenía en sus nombramientos y hacía que los prelados estuvieran bajo su dependencia.
Con el paso del tiempo, Emperadores y reyes se atribuyeron el derecho de nombrar o elegir a los obispos y abades, con lo cual impedían la elección canónica auténtica. A esta elección de prelados que oficialmente consistía, desde Otón I, en la entrega simbólica del báculo y después el anillo, se le llamaba investidura laica.
La investidura laica se convirtió en un abuso secular. Emperadores y reyes ponían muchas veces al frente de las diócesis y de los monasterios a personajes políticos, sin ningún espíritu religioso.
– GREGORIO VII
La divina Providencia suscitó al Papa que acabó con la investidura laica. Al morir Alejandro II (1073) el pueblo proclamó Papa al archidiácono Hildebrando, alma de la reforma eclesiástica, que tomó el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Con su indomable energía, su habilidad diplomática y su gran talento emprendió la reforma de la Iglesia. Inició la reforma profunda del clero, como base de todo lo demás.
Muy pronto Gregorio VII demostró su energía en el gobierno de la Iglesia. El año 1075 excomulgó a cinco consejeros reales que ejercían la simonía. Asimismo, depuso a los prelados que no cumplían sus órdenes. Muchos prelados y sacerdotes se rebelaron contra el Papa. El origen del mal estaba en que los prelados no eran dignos porque habían accedido a sus cargos por medio de la investidura laica. El Papa no se acobardó y en el sínodo cuaresmal de 1075 prohibió, bajo pena de excomunión, la investidura laica.
Enrique IV, rey de Alemania, admitió a los consejeros excomulgados por el Papa y nombró nuevos prelados por su cuenta. A éstos y otros atropellos del rey respondió el Sumo Pontífice con la excomunión, que llevaba consigo la deposición del rey. Era la primera vez que el Papa excomulgaba y deponía a un rey. Esta sentencia era la realización práctica de la superioridad del poder espiritual del Pontificado sobre el poder temporal de los príncipes.
– LA PERSECUCIÓN DE ENRIQUE IV
Enrique IV se presentó descalzo y con hábito de penitente, pidiendo misericordia, ante el castillo de Canosa donde se encontraba el Papa. Después de tres días de espera, del 25 al 28 de enero de 1077, y cediendo a los ruegos de la condesa Matilde de Tuscia y del abad Hugón, el Papa le concedió el perdón. Pero Enrique IV volvió a sus atropellos y amenazó al Papa con el nombramiento de un antipapa. En respuesta el Papa proclamó por segunda vez la excomunión y deposición del rey.
En enero de 1081 Enrique IV vuelve a ser el dueño de Alemania y se dirige a Roma para imponer allí su voluntad. Depuso por segunda vez a Gregorio VII. El Papa se refugió en el castillo de Santángelo, después en Montecasino y luego en Salermo. Allí, a fines de 1084, renovó la excomunión contra Enrique IV y el antipapa Clemente III.
Gregorio VII entregó su alma a Dios el 25 de mayo de 1085; murió exclamando: “Porque amé la justicia y odié la iniquidad, muero en el exilio”.
– FIN DE LA INVESTIDURA LAICA
El sucesor de Gregorio VII fue el abad de Monte Casio, hombre indeciso, que tomó el nombre de Víctor III. Murió al año siguiente.
En 1088 fue elegido el cardenal Otto de Ostia, antiguo abad de Cluny, decidido partidario de las reformas gregorianas. Tomó el nombre de Urbano II. Su actividad pastoral representa uno de los puntos culminantes del Papado. Elaboró leyes contra la simonía y el concubinato; se enfrentó a Enrique IV y siguió la reforma, promoviendo concilios que han sido célebres en la Historia; en el de Clermont se inició la primera Cruzada.
Urbano II murió el mes de julio del año 1099, sin tener noticia del éxito de la primera Cruzada, que tomó Jerusalén quince días antes de su muerte.
El rey Enrique V siguió la política de su padre oponiéndose a la reforma gregoriana, sobre todo en la investidura laica. El Papa Pascual II (1099-1118) renueva la prohibición más absoluta de la investidura laica, el rey encarceló a Pascual II y a varios cardenales.