GREGORIO VII

Recapitulada por el P. Cano

– LA INVESTIDURA LAICA

Desde antiguo los obispos y los abades desempeñaban cargos civiles de mucha importancia. Poco a poco, se fue introduciendo la costumbre de que, en recompensa de estos cargos, recibieran ciertos derechos de grandeza, llamados regalías; incluso los títulos de duques o príncipes.

El emperador Otón I favoreció sistemáticamente esta elevación de los obispos y abades. Así intervenía en sus nombramientos y hacía que los prelados estuvieran bajo su dependencia.

Con el paso del tiempo, Emperadores y reyes se atribuyeron el derecho de nombrar o elegir a los obispos y abades, con lo cual impedían la elección canónica auténtica. A esta elección de prelados que oficialmente consistía, desde Otón I, en la entrega simbólica del báculo y después el anillo, se le llamaba investidura laica.

La investidura laica se convirtió en un abuso secular. Emperadores y reyes ponían muchas veces al frente de las diócesis y de los monasterios a personajes políticos, sin ningún espíritu religioso.

– GREGORIO VII

La divina Providencia suscitó al Papa que acabó con la investidura laica. Al morir Alejandro II (1073) el pueblo proclamó Papa al archidiácono Hildebrando, alma de la reforma eclesiástica, que tomó el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Con su indomable energía, su habilidad diplomática y su gran talento emprendió la reforma de la Iglesia. Inició la reforma profunda del clero, como base de todo lo demás.

Muy pronto Gregorio VII demostró su energía en el gobierno de la Iglesia. El año 1075 excomulgó a cinco consejeros reales que ejercían la simonía. Asimismo, depuso a los prelados que no cumplían sus órdenes. Muchos prelados y sacerdotes se rebelaron contra el Papa. El origen del mal estaba en que los prelados no eran dignos porque habían accedido a sus cargos por medio de la investidura laica. El Papa no se acobardó y en el sínodo cuaresmal de 1075 prohibió, bajo pena de excomunión, la investidura laica.

Enrique IV, rey de Alemania, admitió a los consejeros excomulgados por el Papa y nombró nuevos prelados por su cuenta. A éstos y otros atropellos del rey respondió el Sumo Pontífice con la excomunión, que llevaba consigo la deposición del rey. Era la primera vez que el Papa excomulgaba y deponía a un rey. Esta sentencia era la realización práctica de la superioridad del poder espiritual del Pontificado sobre el poder temporal de los príncipes.

– LA PERSECUCIÓN DE ENRIQUE IV

Enrique IV se presentó descalzo y con hábito de penitente, pidiendo misericordia, ante el castillo de Canosa donde se encontraba el Papa. Después de tres días de espera, del 25 al 28 de enero de 1077, y cediendo a los ruegos de la condesa Matilde de Tuscia y del abad Hugón, el Papa le concedió el perdón. Pero Enrique IV volvió a sus atropellos y amenazó al Papa con el nombramiento de un antipapa. En respuesta el Papa proclamó por segunda vez la excomunión y deposición del rey.

En enero de 1081 Enrique IV vuelve a ser el dueño de Alemania y se dirige a Roma para imponer allí su voluntad. Depuso por segunda vez a Gregorio VII. El Papa se refugió en el castillo de Santángelo, después en Montecasino y luego en Salermo. Allí, a fines de 1084, renovó la excomunión contra Enrique IV y el antipapa Clemente III.

Gregorio VII entregó su alma a Dios el 25 de mayo de 1085; murió exclamando: “Porque amé la justicia y odié la iniquidad, muero en el exilio”.

– FIN DE LA INVESTIDURA LAICA

El sucesor de Gregorio VII fue el abad de Monte Casio, hombre indeciso, que tomó el nombre de Víctor III. Murió al año siguiente.

En 1088 fue elegido el cardenal Otto de Ostia, antiguo abad de Cluny, decidido partidario de las reformas gregorianas. Tomó el nombre de Urbano II. Su actividad pastoral representa uno de los puntos culminantes del Papado. Elaboró leyes contra la simonía y el concubinato; se enfrentó a Enrique IV y siguió la reforma, promoviendo concilios que han sido célebres en la Historia; en el de Clermont se inició la primera Cruzada.

Urbano II murió el mes de julio del año 1099, sin tener noticia del éxito de la primera Cruzada, que tomó Jerusalén quince días antes de su muerte.

El rey Enrique V siguió la política de su padre oponiéndose a la reforma gregoriana, sobre todo en la investidura laica. El Papa Pascual II (1099-1118) renueva la prohibición más absoluta de la investidura laica, el rey encarceló a Pascual II y a varios cardenales.