LA MISA… con ojos de niño (3)
18 domingo Jul 2021
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18 domingo Jul 2021
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17 sábado Jul 2021
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Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente. Dame un corazón sencillo que no saboree las tristezas; un corazón grande para entregarse, tierno en la compasión; un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal. Fórmame un corazón manso y humilde, amante sin pedir retorno, gozoso al desaparecer en otro corazón ante tu divino Hijo; un corazón grande e indomable que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse; un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo, herido de su amor, con herida que sólo se cure en el Cielo.
17 sábado Jul 2021
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Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje, en idioma inglés Shrine of Our Lady of Peace and Good Voyage, también conocida como la Virgen de Antipolo. en idioma tagalo Birhen ng Antipolo es una advocación mariana patrona de La Paz (Bayan ng La Paz), municipio filipino situado en la parte central de la isla de Luzón, provincia de Tárlac situada en la Región Administrativa de Luzón Central, también denominada Región III.
La imagen fue traída desde Méjico por el galeón El Almirante a petición del gobernador Juan Niño de Tabora en 1626. La feliz navegación a través el Océano Pacífico se atribuyó a la imagen de la Virgen, por ello se le dio el título de Nuestra Señora de la Paz y Buen Viaje. Buscando su protección fue embarcada como patrona del Galeón de Manila en otros seis viajes de Manila a Acapulco.
La Catedral de Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje se encuentra en la ciudad de Antipolo, famosa por ser un lugar de peregrinación. En su interior se encuentra una estatua de la Santísima Virgen, tallada en madera oscura, traída desde de Méjico (Virreinato de Nueva España) en 1626 y que es venerada por los católicos filipinos.
La primera Iglesia Católica en La Paz fue construido alrededor de 1917, cuando la imagen fue adquirido por los feligreses a través de donaciones. Forma parte de la Vicaría de La Inmaculada Concepción, perteneciente a la Diócesis de Tarlac en la provincia Eclesiástica de San Fernando. Destino favorito de los peregrinos que anhelan milagros.
15 jueves Jul 2021
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Tal fue el lema que nuestro Obispo D. José escogió para su pontificado. Son palabras del Prólogo del Evangelio de San Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
En la homilía de la última Santa Misa de ordenaciones que celebró D. José, en la que tuve la dicha de ser incorporado al ministerio del Lectorado, explicó cuáles fueron los móviles de su actividad pastoral. En primer lugar: «Nada vale en la Iglesia a no ser aquello que remite a Cristo Jesús». En segundo lugar: «Obispos y presbíteros estamos consagrados […] a servir la presencia salvadora de la persona de Jesucristo». Y, por último, «en relación con los hermanos, estamos no para ser servidos, sino para servir, al igual que Jesús». Qué claro tenía nuestro Obispo el centro de su vida: Jesucristo, el que habitó entre nosotros y a quien D. JOSÉ Guerra preparó el terreno para que habitase también ahora entre su rebaño. Rebaño tan amado de D. JOSÉ que, en esa misma homilía, le hizo derramar lágrimas, no de dolor, sino de esperanza.
Las palabras de San Juan tienen, además, un significado especial para nosotros,
si las aplicamos a la figura de D. JOSÉ. Él quiso habitar entre nosotros, en la casa de la Sociedad Misionera de Cristo Rey, los últimos días de su vida, dándonos continuos ejemplos de virtudes cristianas y elevando nuestro pensamiento siempre a Nuestro Señor. Quisiera dar un testimonio de esta virtud, que pude contemplar durante el período de su última enfermedad. Unas semanas antes de su muerte hubo de ser trasladado al hospital. Allí tuve la dicha de pasar dos noches a su lado. En teoría yo iba al hospital a cuidarle, pero el que salía cuidado era yo. Durante la noche yo dormía en un sofá. Cuando D. JOSÉ necesitaba ir al lavabo, miraba donde yo dormía y sólo cuando tenía los ojos cerrados con sumo cuidado se incorporaba para no despertarme y, sin hacer ruido se levantaba de la cama. No quiso nunca molestar.
Que este ejemplo nos empuje a imitar su santa vida hasta en los más pequeños detalles, pues será el mejor fruto que podremos recoger de D. JOSÉ, en su imitar a Cristo, tras su estancia entre nosotros.
P. Miguel Acosta Elías, m.C.R.
15 jueves Jul 2021
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Jesucristo nació de la Virgen María en Belén de Judea. Era Emperador de Roma Octavio Augusto, fundador del Imperio Romano.
Cristo nació el año 753 de la fundación de Roma, según cálculos de Dionisia el Exiguo (526), por lo que este año se tiene como el primero de la Era Cristiana. Recientes investigaciones han descubierto que Dionisio erró en sus cálculos y sitúan el nacimiento de Jesús unos tres o cuatro años antes de la Era Cristiana.
Después de treinta años de vida retirada y oculta, Jesucristo comienza su vida pública. Con sus milagros y profecías demostró que era el Mesías esperado, el Hijo de Dios hecho hombre.
La mayoría de los dirigentes del pueblo judío no aceptaron a Jesús como el Mesías prometido. Más aún, los príncipes de los sacerdotes, los escribas y fariseos, ciegos de odio y rencor le declararon la guerra a muerte, porque Jesús echaba por tierra todos sus sueños de grandeza y ambición. No pararon en sus intrigas y acusaciones contra Jesús hasta que el procurador romano, Poncio Pilato, lo sentenció a muerte en cruz; la muerte más afrentosa y temible que se conocía en aquellos tiempos.
El punto culminante de la actividad pública de Jesús fue la formación y organización de una sociedad espiritual y visible, la Iglesia. Para ello reunió amigos y discípulos, gentes sencillas y pobres. De entre ellos escogió setenta, de los cuales eligió doce Apóstoles. Hombres de pueblo que serán las columnas fundamentales de su Iglesia, continuadores de su misión divina.
Jesús comunicó a sus Apóstoles los poderes necesarios para cumplir su misión fielmente; al frente de ellos puso a Pedro, a quien Jesús dijo: »Simón, Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).
Los hombres que formaron el primer núcleo de la Iglesia fueron: Simón Pedro y su hermano Andrés; Santiago y Juan (hermanos); Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el Menor, Judas Tadeo, Simón Cananeo y Judas Iscariote, el traidor.
Con el sacrificio supremo de la cruz quedó consumada la Redención de la humanidad. Como había prometido Cristo resucitó el tercer día de su muerte. Discípulos y Apóstoles se confirmaron en su fe y la Iglesia quedó sólidamente constituida.
Cuarenta días después de su resurrección, Jesucristo reunió a sus discípulos en el monte Olivete, cerca de Jerusalén. Y en presencia de su Madre y sus discípulos, Jesús se elevó al Cielo hasta que una nube le cubrió.
Al quedar solos los discípulos, se reunían asiduamente en el Cenáculo, junto a María, la Madre de Jesús; eran unas ciento veinte personas. El jefe indiscutible era Pedro. Y Pedro fue el que propuso la idea de sustituir a Judas el traidor por uno de los discípulos que hubiera conocido al Señor; honor que recayó sobre Matías.
A los diez días de la Ascensión, tal y como lo había prometido Jesús, vino el Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. Estaban los Apóstoles con la Virgen María en el Cenáculo y, repentinamente, se produjo un estruendo como de viento impetuoso y vieron aparecer lenguas de fuego que se posaban sobre las cabezas de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas distintas.
La muchedumbre que oía a los Apóstoles estaba desconcertada por tanta maravilla. En el primer sermón de Pedro se convirtieron tres mil personas procedentes de distintos lugares de la tierra. Pronto siguieron otras conversiones, aumentando rápidamente el número de los fieles. Con la curación milagrosa que hizo San Pedro a un cojo de nacimiento (Hch 4, 4), el número de los cristianos aumentó a unos cinco mil.
Los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles narran la vida de la primitiva Iglesia. En un principio los cristianos iban al Templo de Jerusalén para orar, como lo hacían los demás judíos; también se reunían en asamblea en sus casas particulares para la catequesis, la fracción del pan y la oración litúrgica.
Los primeros cristianos vivían en caridad: »La muchedumbre de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Los convertidos ricos daban cuanto tenían a los Apóstoles para que ellos lo distribuyeran entre los pobres (Hch 4, 36-37).
Los primeros cristianos eran todos judíos: unos de lengua y cultura hebrea y otros, originarios de las colonias judías de la diáspora, impregnados de cultura helenista.