Obispo José Guerra Campos (13)

HABITAVIT IN NOBIS

Tal fue el lema que nuestro Obispo D. José escogió para su pontificado. Son palabras del Prólogo del Evangelio de San Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

En la homilía de la última Santa Misa de ordenaciones que celebró D. José, en la que tuve la dicha de ser incorporado al ministerio del Lectorado, explicó cuáles fueron los móviles de su actividad pastoral. En primer lugar: «Nada vale en la Iglesia a no ser aquello que remite a Cristo Jesús». En segundo lugar: «Obispos y presbíteros estamos consagrados […] a servir la presencia salvadora de la persona de Jesucristo». Y, por último, «en relación con los hermanos, estamos no para ser servidos, sino para servir, al igual que Jesús». Qué claro tenía nuestro Obispo el centro de su vida: Jesucristo, el que habitó entre nosotros y a quien D. JOSÉ Guerra preparó el terreno para que habitase también ahora entre su rebaño. Rebaño tan amado de D. JOSÉ que, en esa misma homilía, le hizo derramar lágrimas, no de dolor, sino de esperanza.

Las palabras de San Juan tienen, además, un significado especial para nosotros,

si las aplicamos a la figura de D. JOSÉ. Él quiso habitar entre nosotros, en la casa de la Sociedad Misionera de Cristo Rey, los últimos días de su vida, dándonos continuos ejemplos de virtudes cristianas y elevando nuestro pensamiento siempre a Nuestro Señor. Quisiera dar un testimonio de esta virtud, que pude contemplar durante el período de su última enfermedad. Unas semanas antes de su muerte hubo de ser trasladado al hospital. Allí tuve la dicha de pasar dos noches a su lado. En teoría yo iba al hospital a cuidarle, pero el que salía cuidado era yo. Durante la noche yo dormía en un sofá. Cuando D. JOSÉ necesitaba ir al lavabo, miraba donde yo dormía y sólo cuando tenía los ojos cerrados con sumo cuidado se incorporaba para no despertarme y, sin hacer ruido se levantaba de la cama. No quiso nunca molestar.

Que este ejemplo nos empuje a imitar su santa vida hasta en los más pequeños detalles, pues será el mejor fruto que podremos recoger de D. JOSÉ, en su imitar a Cristo, tras su estancia entre nosotros.

P. Miguel Acosta Elías, m.C.R.