Oh Cristo Jesús, yo os reconozco por Rey universal. Todo cuanto ha sido hecho, ha sido creado para vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos. Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y particularmente me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia. Corazón divino de Jesús, os ofrezco mis pobres acciones para obtener que todos los corazones reconozcan vuestra sagrada realeza, y así se establezca en todo el universo el reino de vuestra paz. Así sea.
Santuario de la Virgen del Rosario, San Nicolás – Buenos Aires (Argentina)
Un 25 de septiembre de 1983 la Virgen se aparece a Gladys Quiroga de Motta, en su habitación, mientras rezaba el rosario. Nuestra Madre estaba vestida de azul, tenía el Niño en brazos y un rosario en la mano. La Santísima Madre hizo un gesto, como para darle el rosario a Gladys. La aparición fue muy breve, como una especie de anunciación.
Esta primera aparición se dio después de que, Gladys, una mujer de pueblo, esposa y madre de dos hijas, viera iluminarse el rosario que tenía colgado en su habitación. También otros vecinos vieron esto. Durante algún tiempo, en varios lugares de Buenos Aires varias familias atestiguaron este fenómeno en sus propias casas.
El 13 de octubre, día de la última aparición de Fátima, la Virgen habla por primera vez: “Has cumplido. No tengas miedo. Ven a verme. De mi mano caminarás y muchos caminos recorrerás”.
A partir de allí comienza a recibir otros mensajes en forma frecuente. El 19 de octubre le dijo: “Rebeldes son los injustos y humildes los servidores del Señor. Buscad ayuda, se te dará. No temáis. Nada te pasará. El Señor nada deja librado al azar”.
El 25 de octubre Gladys va por segunda vez, desde que comenzaron las apariciones, a la ciudad de Rosario, sede del arzobispado, ciudad consagrada a Nuestra Señora del Rosario. Ese día, exactamente a un mes de la primera aparición, la Virgen se le aparece y le tiende un rosario blanco: “Recibe este rosario de mis manos y guárdalo por los siglos de los siglos. Contenta estoy porque eres obediente. Y alégrate porque Dios está contigo”.
En noviembre la Virgen le da varios mensajes, donde recuerda su cercanía, su protección y ayuda:“Cuando lo necesitéis, acudid a mí, yo te responderé. Feliz estoy contigo, digna eres de mi confianza. Gloria al Señor. De mi presencia tenéis sed, de mis manos comerán. Tened paciencia, todo a su debido tiempo llegará. Tu espíritu, del Espíritu Santo alimentado está”.
Gladys siente entonces un gran aroma a rosas, una de las frecuentes manifestaciones marianas. La Virgen le dice: “Aquél que huele el perfume de mis rosas, conmigo camina. Gloria al Señor”.
El 15 de noviembre de 1983, Jesús le habla a Gladys por primera vez: “Soy el sembrador, la cosecha será grande” El mismo día la Virgen dice: “Soy patrona de esta región. Haced valer mis derechos”.
En 1983, el 27 de noviembre, día de la Medalla Milagrosa y primer día de la Novena a San Nicolás, el Padre Pérez, confesor de Gladys y párroco de la catedral, se dio cuenta de que la imagen de Nuestra Señora del Rosario que por largo tiempo había estado en la catedral y se encontraba ahora en el campanario, coincidía con la descripción de Gladys.
Entonces condujo a Gladys hasta el campanario, quien reconoció inmediatamente la imagen de la aparición, aunque le faltaba una mano y el rosario. En ese momento se le apareció la Virgen María frente a la imagen: “Me tienen olvidada, pero he resurgido. Ponedme allí, porque me ves tal cual soy. No os apenéis, ya me tendrán. Quiero estar en la ribera del Paraná. Poneos firmes. Allí viste mi luz. Que no flaqueen tus fuerzas. Gloria al Altísimo Padre”.
El Padre Pérez hizo reparar la imagen y colocó en sus manos y en las del Niño Jesús un nuevo rosario. Nuestra Madre ha elegido un lugar de bendición, cerca del río. Allí quiere recibirnos: Cerca de ti quiero estar. El agua es una bendición. Quiero poder recibiros en un día no muy lejano en la casa que he elegido.
Ante la pregunta de Gladys, de si debía ser capilla o santuario, la Virgen le da una respuesta a través de las Sagradas Escrituras. Le dice que lea Éxodo, capítulo 25, versículo 8º que dice: “Me harán un santuario y habitaré en medio de ellos”.
En la noche del 24 de noviembre, unos días antes del reconocimiento de la imagen que estaba en el campanario, Gladys se dirigió con un grupo de personas al lugar que la Santísima Madre eligiera para construir su Templo. Y al tiempo que les mostraba el sitio donde veía la aparición, un fuerte rayo de luz cayó sobre el lugar pareciendo hundirse en el suelo. Una niña de nueve años vio también ese rayo.
Al día siguiente la Virgen dijo a Gladys: El Espíritu Santo es tu guía. Debes obedecer. Elegido está el lugar de mi morada. Todo queda en vuestras manos. Aproximadamente a los tres meses de la primera aparición, un rayo de luz iluminó por segunda vez el lugar del Santuario.
“Vuestra Madre os pide su morada. No quiero esplendores. Quiero sí una casa espaciosa. No olvidéis el santuario, ya que será el santuario del Señor. El tiempo pasará más esto perdurará”.
Una vez aprobado el proyecto del Templo, por la Santísima Virgen, y comenzada su construcción, la imagen fue trasladada al nuevo Santuario en 1989.
Ante la pregunta de Gladys si le gustaría que la llamaran María del Rosario de San Nicolás, la Virgen le responde:“Así debe ser. Mi anhelo es estar entre vosotros, colmarles de bendiciones, de paz, de alegría, y acercarles al Señor Nuestro Dios”.
La Virgen hizo acuñar a Gladys una medalla con la advocación de María del Rosario de San Nicolás, y en el reverso la Santísima Trinidad con siete estrellas. “Hija mía, el significado de las siete estrellas son siete gracias que mi Hijo Jesucristo concederá a quien la lleve sobre su pecho. Alabado sea el Señor”.
Gladys recibió más de mil ochocientos mensajes, desde el 13 de octubre de 1983 hasta el 11 de febrero de 1990, día del último mensaje.
Tenía muchas cosas que comentar con mi obispo Don José, pero el Señor se lo llevó al Cielo. No se me hubiera ocurrido preguntarle nunca el motivo de su ausencia en las reuniones de la Conferencia Episcopal. Sin embargo, después de una larga conversación en el bosquecito del Colegio Corazón Inmaculado de María, no tengo reparo en decir, aunque admito la posibilidad de equivocarme, que una de las causas fundamentales es la que sigue:
Ante el proyecto de la ley del aborto, mi obispo advirtió al Jefe del Estado, al Presidente del Gobierno y a su Consejo de Ministros y a los parlamentarios que votasen afirmativamente la Ley, la gravísima responsabilidad en que incurrían.
Promulgada la Ley, mi obispo proclamó valientemente que los responsables directos eran pecadores públicos. Los pilatos de siempre se lavaron las manos y los fariseos de ahora se rasgaron las vestiduras hipócritamente. Hasta el periódico de la Conferencia Episcopal Española salió a la palestra con un artículo que intentaba desacreditar al obispo de Cuenca. Don José defendió su honor de Príncipe de la Iglesia enviando un artículo razonando su postura a la luz de la doctrina de la Iglesia. La dirección del periódico “Ya” se negó a publicarlo. El periódico de la Conferencia Episcopal Española se niega rotundamente a publicar la réplica del que fue Secretario de la Conferencia Episcopal Española. Y los obispos españoles, tan tolerantes con las denuncias proféticas publicadas en sus medios de comunicación social en los últimos años del Régimen de Franco, no se adhieren a su sangrante denuncia profética. Así las cosas, ¿qué podía hacer mi obispo?
ARZOBISPO DE VALLADOLID
Nos lo contó don Domingo (si mal no recuerdo) a las puertas de la catedral de Cuenca. Acabábamos de dar sepultura a los restos mortales de don José Guerra Campos. Hace años don José le llamó por teléfono para pedirle el favor de acompañarle aquella tarde, pues quería enseñar los lugares típicos de Cuenca a un ilustre visitante. También le advirtió que nunca les dejara solos, aunque lo solicitase explícitamente el visitante. El ilustre visitante era el Nuncio de Su Santidad en España quien, efectivamente, intentó varias veces quedarse sólo con D. José. Pero el Sr. Nuncio se vio en el aprieto de decir ante D. Domingo el motivo de su visita que era éste: Sr. Obispo, ha sido Ud. designado para ser Arzobispo de Valladolid. A lo que don José contestó: Sr. Nuncio, si el nombramiento viene del Vaticano, transmita Ud. mi deseo de quedarme en Cuenca; y si viene directamente de Su Santidad, dígale Ud. que mi promesa de obediencia no incluye necesariamente ser Arzobispo de Valladolid. Transmítale Ud. mi pensamiento.
PADRE DEL PUEBLO
Dada cristiana sepultura al cuerpo de Monseñor José Guerra Campos en la catedral, junto a la lápida que cubre los restos mortales del Obispo Cruz Laplana, mártir de nuestra última cruzada y su antecesor en la diócesis de Cuenca, acompañé a los hermanos y sobrino de Guerra Campos al restaurante al que nos había invitado a comer una comunidad religiosa de la ciudad. Bajamos por la calle Palafox y, a cada instante, nos paraban para dar el pésame a los familiares y decirles al mismo tiempo que D. José era un santo.
En un recodo de la calle, cerca de una iglesia, se nos acercó un señor de mediana edad quien, dirigiéndose a uno de los hermanos del Sr. Obispo, le dijo sensiblemente emocionado: Yo soy sacerdote. Mi línea pastoral era muy distinta de la de su difunto hermano y seguí por mi camino. Cuando me enteré de que D. José dejaba el cargo por haber llegado a la edad reglamentaria, me presenté en el obispado para despedirme.
Él me abrazó y, llorando, me pidió perdón varias veces, aunque yo intentaba impedírselo. Quedé anonadado. Nunca olvidaré aquello.
No sé si fue en la sobremesa, pero lo cierto es que lo contó un hermano de nuestro Obispo. Viajaba de Andalucía a Cuenca para ver a su hermano. Ya en la provincia de Cuenca, se despistó infligiendo una norma de tráfico. La Guardia Civil le dio el alto. Multa proporcionada. Al entregar su carné, el guardia civil le pregunta: ¿Es Ud. pariente del Sr. Obispo? Y, ante la respuesta afirmativa de que era su hermano, el agente de tráfico rompe el impreso de la multa y le dice: Su hermano quiere mucho a la guardia civil. Siempre que nos ve, para ante nosotros y nos pregunta cómo va el servicio, se interesa por nuestra familia y hablamos un poco. Nosotros también queremos a su hermano.
Obispo José Guerra Campos, en el día Domingo de Ramos
Obispo José Guerra Campos 4
SANTO, SABIO, VALIENTE
Sucedió el día 15 de julio, festividad de San Buenaventura. Me revestía con los ornamentos sagrados para celebrar la Santa Misa, cuando entró rápidamente en la sacristía el diácono Miguel. Mientras abría cajones, nerviosamente me dijo: Busco los santos óleos, D. José se está muriendo o quizás ya está muerto. Aplico la Santa Misa por mi obispo. Y, segundos antes de dar la bendición final, se me acerca Antonio María, alumno de nuestra escuela apostólica, para decirme que el Sr. Obispo ha muerto. Dada la bendición, pido a los fieles que recen por el eterno descanso del alma de D. José Guerra Campos. Abrevio la acción de gracias de la comunión, subo a la habitación donde dormía y beso la frente y las manos, todavía calientes, de mi santo obispo.
Doce horas antes de entregar su alma a Dios, lo había visto en la capilla de rodillas, estático, preparándose fervorosamente para recibir la Comunión. Era su Viático. Después rezamos las letanías de los Santos y subimos al comedor. Durante la cena leímos la semblanza de Madre Dolores de Jesús, carmelita descalza, alma gemela de Madre Maravillas y santa como ella. Don José comentó aspectos de la vida carmelitana y se retiró a su habitación, con su sonriente «hasta mañana, si Dios quiere». Pero el Señor lo quería en su gloria. Ha muerto el obispo de España. Mi obispo que fue santo, sabio y valiente.
Santo. Su fidelísima prima, que se desvivió por cuidar a D. José, hasta que se lo permitieron sus fuerzas, decía que nuestro obispo conservaba la pureza angelical de la infancia y la ilusión apostólica de un recién ordenado. Y su primer chófer, al que conocí casualmente en un departamento del tren, me dijo: Todo el mundo dice que mi obispo es muy sabio, pero lo que no sabe la gente es que mi obispo es santo. Yo lo quiero como un hermano, más que si fuera uno de mi familia.
Todos los que hemos tratado a D. José, sabemos de su bondad, pobreza, caridad, sencillez, humildad, mortificación, alegría, generosidad, santidad… La Iglesia tiene la última palabra.
Sabio. Ya en vida de mi obispo, dos cardenales españoles habían manifestado que don José era el obispo más inteligente que ellos conocían, y los purpurados añadían que conocía a casi todos los obispos del mundo.
Un amigo sacerdote me contaba que cuando el presbítero José Guerra Campos, durante sus estudios en Roma, daba una conferencia, despertaba una expectación extraordinaria; los locales se llenaban de gente para oírle ensimismados. Cuando era otro el conferenciante, asistían muy pocos oyentes.
Dos meses antes de morir mi obispo, en el último retiro de la Asociación Sacerdotal de San Antonio María Claret, un venerable sacerdote nos contaba que a él le había dicho un obispo español lo siguiente: Si, desde el punto de vista intelectual, ponemos a todos los obispos de la Conferencia Episcopal Española en el platillo de una balanza y en el otro platillo de la balanza, ponemos solo a Guerra Campos, los platillos quedarían nivelados.
Valiente. A) Valiente en la guerra. A sus 18 años se fue al frente a luchar por su Dios, su Iglesia y su Patria. Más de una vez nos dijo, el frío y el hambre que pasó en los campos de batalla y en los traslados de un lugar a otro. En Valencia le oí decir, que cuando el ejército nacional liberó a la ciudad del Turia del azote comunista, el capitán no les dejó ni que cogiesen una sola naranja de aquellos campos cuajados de jugosos frutos.
B) Valiente en la paz de Franco. Nos lo contaba con sencillez encantadora pocos días antes de morir. Ocurrió que en un año compostelano o en una fiesta tradicional importante por los años cincuenta la policía desalojó la catedral por motivos de seguridad. Franco participaba en la procesión. Los maquis podían matarlo escondidos entre las columnas. Tal atropello irritó mucho al pueblo sencillo y a los señores canónicos, quienes presentaron su enérgica protesta ante las autoridades civiles.
Al siguiente año, el cabildo catedralicio delegó en el canónico José Guerra Campos la organización de los actos. Tres veces viajó a Madrid para advertir a las autoridades civiles que las puertas de la catedral tenían que estar abiertas al público. Y él nos decía que se daba cuenta que le daban largas al asunto, que querían tomarle el pelo.
Llegó la víspera de la gran fiesta y el canónigo Guerra Campos se encerró en la sacristía para preparar todos los detalles, cubierto con un guardapolvo. Sin darse cuenta, pasó la noche y vio cómo la luz del sol penetraba tímidamente. Salió para abrir las puertas de la catedral y se encontró que junto a cada una de ellas había un policía. Se dirigió a la puerta principal y le dijo al guardia que la abriera. Se negó, alegando órdenes de sus superiores. Tres veces pidió que abriera las puertas y tres veces se negó. Entonces el canónigo cogió al policía por el brazo y le hizo rodar hacia el centro de la catedral. Abrió las puertas y entraron los fieles.
Dos policías cogieron de los brazos al canónigo y le dijeron que quedaba detenido. Él les pidió que le dejaran dejar el guardapolvo en la sacristía. Accedieron, y cuando lo vieron salir revestido de canónigo los policías desaparecieron.
La historia terminó con una carta del Generalísimo felicitando al canónigo por haber defendido los derechos de la Iglesia y de otra carta del canónigo al policía pidiéndole perdón por las molestias causadas.
C) Valiente en la democracia atea. Sólo mi obispo, como San Juan Bautista, les ha dicho a los grandes de la tierra que, con la legalización del aborto, se han convertido en pecadores públicos.
Ante el proyecto de ley de la autorización civil del aborto, mi obispo afirmó, el 28 de enero de 1983, fiesta de San Julián, patrón de Cuenca que: «Es enorme la responsabilidad de los propagandistas y sembradores de confusión. Pero la responsabilidad se concentra en los autores de la ley, a saber:
A) El Presidente del Gobierno y su Consejo de Ministros.
B) Los parlamentarios de las Cortes.
C) El Jefe del Estado que la sancione. Realmente la decisión gubernamental coloca en una situación límite al Rey, que no puede moralmente participar en esa agresión a los inocentes».
Y mi obispo se quedó solo. Ningún hermano en el episcopado se solidarizó con su denuncia profética. Para ello se necesitaba ser valiente como D. José Guerra Campos.
No sé por qué estoy aplicando unas misas gregorianas por el eterno descanso de su alma, pues estoy convencido de que está en el Cielo.