Obispo José Guerra Campos (5)

NO A LA CONFERENCIA EPISCOPAL

Tenía muchas cosas que comentar con mi obispo Don José, pero el Señor se lo llevó al Cielo. No se me hubiera ocurrido preguntarle nunca el motivo de su ausencia en las reuniones de la Conferencia Episcopal. Sin embargo, después de una larga conversación en el bosquecito del Colegio Corazón Inmaculado de María, no tengo reparo en decir, aunque admito la posibilidad de equivocarme, que una de las causas fundamentales es la que sigue:

Ante el proyecto de la ley del aborto, mi obispo advirtió al Jefe del Estado, al Presidente del Gobierno y a su Consejo de Ministros y a los parlamentarios que votasen afirmativamente la Ley, la gravísima responsabilidad en que incurrían.

Promulgada la Ley, mi obispo proclamó valientemente que los responsables directos eran pecadores públicos. Los pilatos de siempre se lavaron las manos y los fariseos de ahora se rasgaron las vestiduras hipócritamente. Hasta el periódico de la Conferencia Episcopal Española salió a la palestra con un artículo que intentaba desacreditar al obispo de Cuenca. Don José defendió su honor de Príncipe de la Iglesia enviando un artículo razonando su postura a la luz de la doctrina de la Iglesia. La dirección del periódico “Ya” se negó a publicarlo. El periódico de la Conferencia Episcopal Española se niega rotundamente a publicar la réplica del que fue Secretario de la Conferencia Episcopal Española. Y los obispos españoles, tan tolerantes con las denuncias proféticas publicadas en sus medios de comunicación social en los últimos años del Régimen de Franco, no se adhieren a su sangrante denuncia profética. Así las cosas, ¿qué podía hacer mi obispo?

ARZOBISPO DE VALLADOLID

Nos lo contó don Domingo (si mal no recuerdo) a las puertas de la catedral de Cuenca. Acabábamos de dar sepultura a los restos mortales de don José Guerra Campos. Hace años don José le llamó por teléfono para pedirle el favor de acompañarle aquella tarde, pues quería enseñar los lugares típicos de Cuenca a un ilustre visitante. También le advirtió que nunca les dejara solos, aunque lo solicitase explícitamente el visitante. El ilustre visitante era el Nuncio de Su Santidad en España quien, efectivamente, intentó varias veces quedarse sólo con D. José. Pero el Sr. Nuncio se vio en el aprieto de decir ante D. Domingo el motivo de su visita que era éste: Sr. Obispo, ha sido Ud. designado para ser Arzobispo de Valladolid.  A lo que don José contestó: Sr. Nuncio, si el nombramiento viene del Vaticano, transmita Ud. mi deseo de quedarme en Cuenca; y si viene directamente de Su Santidad, dígale Ud. que mi promesa de obediencia no incluye necesariamente ser Arzobispo de Valladolid. Transmítale Ud. mi pensamiento.

PADRE DEL PUEBLO

Dada cristiana sepultura al cuerpo de Monseñor José Guerra Campos en la catedral, junto a la lápida que cubre los restos mortales del Obispo Cruz Laplana, mártir de nuestra última cruzada y su antecesor en la diócesis de Cuenca, acompañé a los hermanos y sobrino de Guerra Campos al restaurante al que nos había invitado a comer una comunidad religiosa de la ciudad. Bajamos por la calle Palafox y, a cada instante, nos paraban para dar el pésame a los familiares y decirles al mismo tiempo que D. José era un santo.

En un recodo de la calle, cerca de una iglesia, se nos acercó un señor de mediana edad quien, dirigiéndose a uno de los hermanos del Sr. Obispo, le dijo sensiblemente emocionado: Yo soy sacerdote. Mi línea pastoral era muy distinta de la de su difunto hermano y seguí por mi camino.  Cuando me enteré de que D. José dejaba el cargo por haber llegado a la edad reglamentaria, me presenté en el obispado para despedirme. 

Él me abrazó y, llorando, me pidió perdón varias veces, aunque yo intentaba impedírselo. Quedé anonadado. Nunca olvidaré aquello.

No sé si fue en la sobremesa, pero lo cierto es que lo contó un hermano de nuestro Obispo. Viajaba de Andalucía a Cuenca para ver a su hermano. Ya en la provincia de Cuenca, se despistó infligiendo una norma de tráfico. La Guardia Civil le dio el alto. Multa proporcionada. Al entregar su carné, el guardia civil le pregunta: ¿Es Ud. pariente del Sr. Obispo? Y, ante la respuesta afirmativa de que era su hermano, el agente de tráfico rompe el impreso de la multa y le dice: Su hermano quiere mucho a la guardia civil. Siempre que nos ve, para ante nosotros y nos pregunta cómo va el servicio, se interesa por nuestra familia y hablamos un poco. Nosotros también queremos a su hermano.

P. Manuel Martínez Cano, mCR.