Reyes Católico y la expulsión de los judíos

JEAN DUMONT, Historiador francés

ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA

Respecto a los moros de Granada

Hablando hoy en España, añadiré dos análisis de asuntos muy polémicos, para algunos, en la vida de Isabel: su actitud referente a los moros de Granada, su expulsión de los judíos.

Y después dos precisiones y una constatación.

Primero, su actitud referente a los moros de Granada.

Su rechazo a la conversión forzosa, de la que ya hemos hablado, fue reiterada por Isabel de nuevo poco antes de su muerte, después de las sublevaciones armadas de los musulmanes en 1500 y 1501, que anularon de hecho la rendición de los moros y, en consecuencia, las garantías de libertad religiosa dadas por Isabel en 1492, como consecuencia de esta rendición. Ella dirigió entonces instrucciones al comendador López de Avalos, exigiendo se rechazase toda presión o violencia para la conversión de los musulmanes, conversión que realmente debe ser —escribe ella— “por su propia voluntad”. Para convertirles, precisa Isabel, los musulmanes deberán ser “muy bien tratados”, solamente con “muchas amonestaciones”. Si añade que los musulmanes no deseen convertirse “han de ir fuera de nuestros reinos porque non avemos de dar lugar que en ellos haya infieles”, es porque ella se rindió a la evidencia. Frente a un Islam, por todas partes entonces ofensivo en el Mediterráneo bordeando Granada y que se había levantado en armas en el reino de Granada, era evidente la imposibilidad de mantenerlo en adelante, como lo había aceptado y ciertamente querido por caridad en 1492, un Islam enquistado dentro de las fronteras de España.

Isabel entonces no hace más que volver a encontrar en la Andalucía oriental de Granada la evidencia que se había impuesto respecto a sus antepasados, el rey de Castilla San Fernando y su hijo Alfonso el Sabio, en la Andalucía occidental, Sevilla y Cádiz. Después de haber ellos mismos acordado con los musulmanes la libertad de su religión, tuvieron que hacer frente también ellos, en 1264, a un levantamiento armado musulmán, sostenido por el Islam exterior. Y, después de haber dominado con dificultades esta sublevación, se vieron obligados a ordenar, como única solución que garantizara la justa seguridad de la España cristiana, la expulsión total de los musulmanes. Una expulsión total que convirtió la Andalucía occidental en despoblado, en desierto, que hizo falta repoblar con cristianos venidos del norte. Hecho que ha estudiado profundamente el especialista sevillano González Jiménez a partir de 1975.

Isabel, en 1502-1503, no solamente reconoce esta primera evidencia histórica del siglo XIII, sino que presiente la segunda evidencia que se impondrá en el siglo XVII con su descendiente Felipe III: la inevitable expulsión general de España de los ex-musulmanes restantes, convertidos en apariencia, que tramaban sublevarse de nuevo con la ayuda exterior. En una forma de mesianismo islámico invencible, parecido al movimiento integrista de hoy en muchos países islámicos. La expulsión se llevó a cabo entre 1610 y 1614 por petición general, a destacar la de San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, donde los ex-musulmanes eran también numerosos.

Además, y, en definitiva, gracias a Isabel, que no cesa de hacer allá numerosas fundaciones, Granada tiene el derecho de volver a ser la metrópoli cristiana que dejó de ser solamente como consecuencia de la ocupación musulmana impuesta del exterior. Porque fue en Granada, llamada entonces Elvira (Illiberis), donde tuvo lugar en los años 300 el primer Concilio cristiano de Occidente, con la notable participación del obispo andaluz Osio, que fue poco después el presidente del Concilio ecuménico de Nicea. Esta ciudad cristiana de Elvira no hay que olvidar que fue destruida, ciudad y diócesis, por los almohades islamitas en el siglo XII. Es ridículo oír o leer que Isabel debiera haber mantenido esta destrucción, conservando la hipoteca del islamismo impuesta sobre Granada. Ella tenía que levantar esta hipoteca, tenía que borrar uno de los mayores expolios espirituales de la historia. Estaba en su pleno derecho, y en su honor, ser la reparadora. Y así fue. Efectivamente y directamente por medio de las fundaciones de Isabel, Granada volvió a ser un centro de irradiación cristiana casi de repente, en la teología pastoral y en la caridad, con estos dos grandes nombres del siglo XVI: Luis de Granada, que salió del convento de Santa Cruz fundado por Isabel en Granada con Torquemada en abril de 1492, y San Juan de Dios, del que hablaremos más adelante. Una cristiandad asesinada al fin había resucitado.