Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos
ORACIÓN
23 martes Feb 2021
23 martes Feb 2021
22 lunes Feb 2021
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20 sábado Feb 2021
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JEAN DUMONT, Historiador francés
Es llamativo el desconocimiento que tiene el universitario y en general el pueblo español de su tradición histórica. El pasado parece no interesar, se considera como algo inútil, incluso rémora que dificulta el avance hacia el futuro, hacia el progreso. Sin duda, este menosprecio tiene su origen en la filosofía ilustrada y su intento de romper todos los lazos con la tradición, olvidando que de este modo se destruye a la persona y al pueblo. Hace algunos años el famoso filósofo C. Levi-Strauss hacía esta aguda crítica al pensamiento occidental: “Hemos metido en la cabeza de la gente que la sociedad surgía del pensamiento abstracto, cuando está hecha de costumbres, de imágenes y que, triturando éstas bajo el molino de la razón, pulverizamos unos modos de vida fundados sobre una larga tradición… Una sociedad no se puede mantener sino atada incondicionalmente a unos valores”.
En el caso de España es muy probable que a esta mentalidad ilustrada se añada un complejo de inferioridad, una vergüenza de su pasado histórico. Durante siglos hemos leído nuestra historia con los ojos de aquellos que se oponían o rechazaban la posición cultural, social o política de España. La historia ha sido en manos del poder político y económico triunfador un arma utilísima para derrotar definitivamente a la que era considerada como enemiga y contrincante.
Quizá la época más deformada y difamada de nuestro pasado histórico sean los orígenes de la España moderna. La conmemoración del V Centenario del descubrimiento y la evangelización del continente americano ha sido una nueva ocasión para repetir los tópicos y juicios negativos de aquella gran proeza que llevó a cabo la Iglesia de España. Urge una revisión histórica distante de las posiciones ideológicas dominantes y cercana a los documentos y fuentes que nos ha legado esta época.
Para responder a esta necesidad el AULA DE TEOLOGÍA, una iniciativa de la Delegación de Pastoral Universitaria en colaboración con la Universidad Complutense, organizó un curso semanal dirigido por uno de los mejores especialistas: el profesor francés Jean Dumont. Después de los estudios jurídicos, Jean Dumont ha sido director de grandes editoriales francesas (Amiot-Dumont, Grasset, François Beauval). Se ha especializado en el encargo, la elaboración y la publicación de centenares de libros de historia, antes de escribir sus propios libros, que han marcado la edición histórica de estos diez últimos años. Empedernido conferenciante, ha viajado por toda Europa dando centenares de conferencias. Ha sido amigo y colaborador del “príncipe de los hispanistas”, Marcel Bataillon. Posee documentos originales de la historia de España, inéditos, tales como las Constituciones de la Iglesia de Badajoz por Alonso Manrique (1500), los archivos de la familia política de Cervantes, los Salazar de Esquivias, y ejemplares de Don Quijote (1500-1580), los archivos de familia de los erasmistas Alonso y Juan Valdés (1380-1540).
El curso se impartió en la Universidad Complutense y tuvo lugar en la Facultad de Geografía e Historia los días 29 y 30 de noviembre y 1, 2 y 3 de diciembre de 1993. A lo largo de las sesiones el profesor francés abordó temas tan controvertidos como Isabel la Católica, la Inquisición, la Evangelización de América, La Leyenda negra, la influencia de la Revolución francesa. El interés de las lecciones, la novedad y el realismo de la exposición, la atención y fidelidad a las fuentes con las que desarrolló el curso Jean Dumont son los motivos que nos han llevado a su divulgación. Esperamos que esta publicación, con la que comenzamos la colección Cuadernos del Aula de Teología, sea una ayuda para desvelar toda la verdad histórica de aquellos siglos tan decisivos.
JOSÉ MIGUEL GARCÍA
Delegado de Pastoral Universitaria
28 de enero de 1994,
festividad de Santo Tomás de Aquino
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18 jueves Feb 2021
18 jueves Feb 2021
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Tomás de Kempis
LIBRO PRIMERO
Advertencia útiles para la vida espiritual
CAPÍTULO 1
La imitación de Cristo y el desprecio de todas las vanidades del mundo
1. «Quien me sigue no anda en tinieblas» (Jn 8, 12), dice el Señor. Éstas son palabras de Cristo, con las que se nos exhorta a imitar su vida y costumbres, si de veras queremos ser iluminados y liberados de toda ceguera del corazón. Por eso, ¡sea nuestra máxima preocupación la de meditar en la vida de Jesús!
Su doctrina supera todas las doctrinas de los Santos, y el que tenga su espíritu encontrará allí un maná escondido.
Pero sucede que muchos, aunque oigan con frecuencia el Evangelio, sienten un escaso deseo de ese maná, porque no tienen el espíritu de Cristo. El que quiera entender plenamente y saborear las palabras de Cristo, conviene que procure conformar a Él toda su vida.
2. ¿De qué te sirve discutir sutiles cuestiones de la Trinidad, si careces de humildad y por lo tanto desagradas a la Trinidad? En verdad, los discursos profundos no lo hacen a uno santo ni justo; sino que es la vida virtuosa lo que lo hace agradable a Dios. Conviene más sentir la compunción que saber su definición. Si supieses toda la Biblia y las sentencias de todos los filósofos, ¿de qué te serviría todo eso sin la caridad y la gracia? «Vanidad de vanidades y todo es vanidad» (Qo 1, 2), menos amar a Dios y a Él solo servir. Esta es la máxima sabiduría: a través del desprecio del mundo, tender hacia los reinos celestiales.
3. Vanidad es, entonces, buscar riquezas perecederas y poner en ellas la propia esperanza. Vanidad es también ambicionar honores y envanecerse. Vanidad es seguir los apetitos de la carne y desear aquello por lo cual después hay que ser gravemente castigados. Vanidad es anhelar una larga vida y preocuparse poco de que sea una vida buena. Vanidad es mirar solamente a esta presente vida y no prever las cosas futuras. Vanidad es amar lo que pasa con toda celeridad, y no darse prisa en acudir allá donde la felicidad dura para siempre.
4. Acuérdate frecuentemente de aquel proverbio que dice: «No se sacia la vista de ver ni el oído de oír» (Qo 1, 8). Procura, pues, alejar tu corazón del amor a las cosas visibles y cambiarte a las invisible, porque los que siguen su sensualidad manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.