El Jefe de Estado Francisco Franco y Dña. Carmen Polo arrodillados en la Santa Misa
Tareas y frutos del Movimiento
Liberar al país y a los españoles de la condena que parecía gravitar inexorablemente sobre su alma y sobre sus espaldas; reconquistar su arquitectura económica y social; poner en pie su voluntad y su conciencia nacional; elevar su nivel de vida en lo personal, en lo familiar y en lo comunitario, y adecuar un orden jurídico internacional a las exigencias de la hora actual y de cara a los tiempos futuros, no ha sido fruto de la improvisación y necesita de la vigencia permanente y estable del Movimiento que fundamos, integrando en unidad de destino, jefatura y disciplina, a todas las fuerzas y energías políticas, sociales, auténticamente enraizadas en la entraña de lo nacional y de lo católico.
Yo me atrevo a proponer a los españoles, como modelo para el futuro, a estas generaciones que en estos veintiún años no se sintieron jamás débiles en medio de las dificultades y la pobreza de medios en que nos debatíamos; lo mismo en los tiempos primeros de nuestra Cruzada, cuando nuestra fe obraba milagros, sino más tarde, en los días de prueba, cuando la guerra universal rondaba nuestras fronteras terrestres y marítimas, en los que la confianza y el señorial sosiego del pueblo español ayudó sustancialmente a conllevar la situación y alejar los peligros que la guerra mundial nos ofrecía. Y al terminar la contienda, en los momentos en que en el río revuelto de la paz surgió la conjura contra nosotros, la hostilidad de fuera se estrelló contra la unidad y la fría tranquilidad de los españoles. Ni uno solo de los planes y trabajos nacionales a largo y corto plazo se alteraron lo más mínimo. Gracias a esto, nuestras grandes necesidades han podido ser conllevadas. Desde entonces, todos esos pequeños intentos de perturbación de nuestra unidad y de nuestra paz que desde fuera se promovieron, y que en otras épocas hubieran llenado la crónica del tiempo, pasaron sobre nosotros como modestísimas incidencias del quehacer cotidiano de las que nadie se acuerda.
Solo después de este reconocimiento de los bienes qué por nuestra fe, nuestra unidad y nuestra disciplina el cielo nos ha deparado, es lícito examinar y tratar las cuestiones que tenemos pendientes y que nos preocupan en el momento o para el porvenir, porque tan mala o peor que la táctica de pretender ignorar los problemas es la de abultarlos o inflarlos, y sobre todo desconocer, para un juicio de conjunto, los motivos de satisfacción, de fe y de esperanza que tenemos ante nosotros.
El Movimiento Nacional es la unidad entre los hombres y las tierras de España para la empresa política de su resurgimiento y grandeza, representada por cuantos, inasequibles al desaliento, voluntariamente aceptan la disciplina de su servicio.
En el Movimiento están, pues, todos los españoles, aunque lo encuadren y administren quienes voluntaria y disciplinadamente se adscriben a su servicio.
Nuestro Movimiento político nace con la Unificación, proclamada en abril de 1937, cuando con la Falange y los Requetés se convocó a todos los españoles a construir la unidad política de la nación.
Los principios comunes a cuantos a la Cruzada se unieron y los puntos programáticos que entonces se establecieron constituyeron la base de partida para su quehacer político.
Cuando un movimiento político se hace nacional, tiene que desprenderse de los antiguos exclusivismos, de los partidos que le precedieron. Bien está el honrarse con los servicios prestados en la brecha en los tiempos en que el mejor servicio de la Patria exigía para salvarla de nuestra beligerancia; pero terminada la guerra, nuestra tarea no es ya la de vencer, sino la de convencer.
El que por algunos años tengamos que arrastrar los matices que las viejas luchas políticas acabaron imprimiendo en los hombres es humano, sobre todo en pueblo tan particularista como el nuestro, y aparece, por otra parte, natural que en un Movimiento Nacional que a todos abarca, dentro de la unidad en lo esencial, puedan acusarse matices en lo secundario; pero lo que no podría aceptarse es el que por afanes exclusivistas convirtiésemos, aunque sólo fuese aparentemente, las diferencias de matiz en divisiones entre nosotros, que el enemigo, al acecho, explotaría para sus propagandas.
(24-X-1957: Audiencia al Consejo Provincial de Barcelona.)
Originalidad y diferenciación del Movimiento español
A ello contestan los textos de José Antonio Primo de Rivera, de nuestros pensadores tradicionalistas y cuanto venimos diciendo y practicando nosotros desde el año 1936 a nuestros días. En todo régimen nuevo existe la inquietud de buscar para la nación, por caminos políticos distintos de los ya trillados y agotados, un sistema que asegure la felicidad de los gobernados por las vías de la autoridad, del orden y de la eficacia. Si el fin perseguido puede ser análogo, los caminos suelen ser muy distintos.
Que nuestro problema era viejo lo demuestra el clamor de las principales inteligencias españolas contra el mal durante el medio siglo que nos tocó vivir. La Dictadura del General Primo de Rivera, en 1923, ya intentó, con su Asamblea Nacional, dar solución al problema político, en España tan agudizado. Y siete años antes, en 1916, don Antonio Maura, aquella inteligencia prócer entre los políticos de su tiempo, en un discurso pronunciado el 20 de febrero de 1916 con ocasión del cuarto centenario de la muerte del Gran Capitán, definía, con palabra certera, los males de la democracia inorgánica, liberal y parlamentaria, que había venido a subvertir, desgarrar y destruir cuanto constituía un nexo social y tradicional entre los españoles, y don Antonio Maura anhelaba soluciones de civismo que permitiesen en alguna forma superar los males que, según él mismo acusaba, estaban en la raíz del propio sistema. En los veinte años que le siguieron, los males no hicieron sino agravarse; por encima y por debajo de la ficción de los partidos políticos venían hasta ayer predominando los intereses religiosos, sociales y económicos. La Iglesia, los Sindicatos obreros y las Asociaciones patronales se esgrimían por los caciques como instrumentos en aquellas contiendas políticas que dividían y arruinaban a la nación. La hipocresía y la falsedad del sistema de partidos que Maura confesaba lo veía claramente la agrupación carlista española cuando rechazaba la palabra «partido», que dividía y enfrentaba-a los españoles, por la más expresiva de «comunión».
El Movimiento Nacional, con originalidad indiscutible, ha venido a darles solución, encauzando la colaboración a las tareas públicas a través de las organizaciones naturales en que el hombre se encuadra: Familia, Municipio y Sindicato; piedras básicas de nuestra sociedad moderna.
(2-X-1957: Declaraciones al Director de la Agencia EFE.)
El Movimiento surgió por un encuentro vitalmente necesario y absolutamente espontáneo de unas fuerzas nacionales que, interpretando el sentir de nación, se movían fundamentalmente por un sentido superior para salvar aquellos valores que forman y configuran el auténtico ser y la verdadera esencia de España. Todos los hombres y todas las fuerzas moralmente sanas: encontraron con el Ejército, la Falange y los tradicionalistas en el punto: confluencia al que era preciso llegar sin más dilaciones. Nadie pensó entonces en negociar para su matiz o peculiaridad el sacrificio que cada uno imponía, ni en condicionar sus esfuerzos en orden a la victoria a dichos atices o peculiaridades. Todo se ofrecía por la unidad, la grandeza y la libertad de España, por la Patria, que se quería una, grande y libre, para darse a sí misma la forma y la configuración política más adecuada a sus propias tradiciones y a los imperativos de nuestro tiempo. Una España y un estado para todos los españoles, sin distinciones, que aceptaran la victoria: nuestra Cruzada y los principios fundamentales del Movimiento Nacional.
(2-1V-1957: Declaraciones al diario «ABC».)
5. Unificación
El decreto de Unificación del año 37 vino a dar pública sanción a lo que nación demandaba y venía ya elaborándose desde hacía varios meses por los dirigentes de las dos organizaciones políticas que en su totalidad se habían unido al Movimiento: Falange y Tradicionalismo.
(2-X-1957: Declaraciones al Director de la Agencia EFE.)