Yerran los que creen que España necesita importar nada del extranjero. Muchos siglos antes de que otras naciones naciesen a la civilización España asombraba al mundo con sus instituciones políticas y los principios del Derecho internacional público que practicaba.
Francisco Franco y Carmen Polo, con su nieto de Primera Comunión y resto de familia
Los veintiséis puntos del Movimiento
Yo os aseguro que así como mi voluntad, inspirada en mi conciencia del futuro de España, convirtió en norma los veintiséis puntos del Movimiento, genuina expresión actual de la Tradición Española, cuya interpretación constante es imperativo indeclinable y exclusivo del caudillaje, esa misma voluntad hará también que se cumplan, por cuanto constituyen el fundamento inviolable del nuevo orden constitucional y la empresa histórica a que el Estado debe servir.
Los esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II; aquella España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y católica, un imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas otras etapas posteriores se hicieron para recobrar momento tan sublime y perfecto de nuestra Historia».
Unificación en el Movimiento. Significación histórica de Falange Española Tradicionalista y de las
J. O. N. S.
El Movimiento que hoy nosotros conducimos es justamente esto: un movimiento más que un programa. Y como tal, está en proceso de elaboración y sujeto a constante revisión y mejora, a medida que la realidad lo aconseje. No es cosa rígida ni estática, sino flexible. Y que—como movimiento—ha tenido, por tanto, diferentes etapas.
La primera de estas etapas, a la que podríamos llamar ideal o normativa, es la que se refiere a todos los esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II; aquella España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y católica, un imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas otras etapas posteriores se hicieron para recobrar momento tan sublime y perfecto de nuestra Historia.
La segunda etapa la llamaríamos histórica o tradicionalista. O sea, cuantos sacrificios se intentaron a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX para recuperar el bien perdido sobre las vías que nos señalaba la tradición imperial y católica de los siglos XV al XVII. La mayor fatiga para restaurar aquel momento genial de España se dio en el siglo pasado, con las guerras civiles, cuya mejor explicación la vemos hoy en la lucha de la España ideal —representada entonces por los carlistas— contra la España bastarda, afrancesada y europeizante de los liberales. Esa etapa quedó localizada y latente en las breñas de Navarra, como embalsando en un dique todo el tesoro espiritual de la España del XVI.
La tercera etapa es aquella que denominaremos presente o contemporánea, y que tiene a su vez diferentes esfuerzos sagrados y heroicos, al final de los cuales está el nuestro, integrador.
Primer momento de la tercera etapa fue el régimen de don Miguel Primo de Rivera. Momento puente entre el pronunciamiento a lo siglo XIX y la concepción orgánica de esos movimientos que en el mundo actual se han llamado nacionalistas.
El segundo momento —fecundísimo porque arrancaba de una juventud que abría puramente los ojos a nuestro mejor pasado, apoyándose en la atmósfera espiritual del tiempo presente— fue la formación del grupo llamado J. O. N. S. (Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas), el cual fue pronto ampliado e integrado con la aportación de la Falange Española, y todo él asumido por la gran figura nacional de José Antonio Primo de Rivera, que continuaba así dándole vigor y dimensión contemporánea al noble esfuerzo de su padre, e influyendo en otros grupos más o menos afines de católicos y de monárquicos que permanecieron hasta el 17 de julio, y aun hasta hoy, en agrupaciones también movidas por un noble propósito patriótico.
Esta era la situación de nuestro Movimiento en la tradición sagrada de España al estallar el 17 de julio, instante ya histórico y fundamental, en que todas esas etapas, momentos y personas influyeron para la lucha común.
Ante todo, Falange Española y de las J. O. N. S., con un martirologio no por reciente menos santo y potente que el de los mártires antiguos históricos, aportaba masas juveniles y propagandas recientes que traían un estilo nuevo, una forma política y heroica del tiempo presente y una promesa de plenitud española.
Con la conciencia clara y el sentido firme de mi misión ante España, en estos momentos, de acuerdo con la voluntad de los combatientes españoles, pido a todos una sola cosa: Unificación.
Unificación para terminar en seguida la guerra. Para acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de nuestra Revolución Nacional.
Esta unificación que yo exijo en nombre de España y en el sagrado nombre de los caídos por ella, no quiere decir conglomerado de fuerzas, ni concentraciones gubernamentales, ni uniones más o menos patrióticas y sagradas. Nada de inorgánico, fugaz ni pasajero es lo que yo pido.
Pido unificación en la marcha hacia un objetivo común. Tanto en lo interno como en lo externo. Tanto en la fe y en la doctrina como en sus formas de manifestarlas ante el mundo y ante nosotros mismos.
—Desde la muerte de Stalin se viene diciendo que el comunismo soviético se ha hecho más tolerante y- civilizado. ¿Qué opina Su Excelencia de esto?
—El avance y extensión cultural que el pueblo ruso ha tenido en el medio siglo transcurrido tiene que repercutir notablemente en su acción política interior. No es lo mismo gobernar un pueblo de analfabetos que una comunidad ilustrada. El hecho de que Kruschev haya puesto al descubierto los crímenes bajo el Gobierno de Stalin acusa una importante evolución interior. Las reformas que en la nación rusa tienen lugar serán para mejorar su situación y no por amor al Occidente. Sin duda, la opinión de Hungría, o de Checoslovaquia sería más interesante y decisiva que la mía; pero, en todo caso, no puede perderse de vista que ha de diferenciarse el comunismo en el proceso interno de sus regímenes y en sus actividades sobre el exterior frente a otros países. En este aspecto, el que lógicamente más debemos atender, y en tal sentido he de subrayar que lo inquietante es la pérdida de valores de oposición intensiva que caracteriza la situación actual de muchos sectores del mundo libre. Ahí está la clave del peligro, pues es indudable que hasta para la moral puramente individual de la familia o de la juventud hoy se presta mayor atención y cuidado por las instituciones rectoras soviéticas que por no pocas de sus paralelas en países occidentales que incluso se califican de cristianos.