Historia sencilla de la Iglesia (24)

Recapitulada por el P. Cano

– LA ORDEN BENEDICTINA

Las distintas órdenes monacales que surgieron en la Iglesia se circunscribían a un territorio más o menos extenso; la nueva Orden de San Benito (siglo VI) consigue extenderse tanto que fueron considerados como los monjes por antonomasia. Su lema era Ora et labora.

San Benito nació en Nursia el año 480. De familia ilustre, fue educado en Roma. De joven sintió la llamada a la soledad y se retiró a una cueva de Subiaco para vivir eremíticamente. Unos monjes vecinos, atraídos por su fama de asceta, le pidieron que fuera su abad. Disgustados por el rigor de vida que les organizó, quisieron envenenarlo, pero el vaso se rompió al hacer sobre él la señal de la cruz.

Benito se retiró a otro lugar solitario, donde pronto se le unieron otros monjes, que le eligieron como superior y con ellos formó pequeñas colonias parecidas a las de los ermitaños de Oriente. En el año 529 se estableció definitivamente en Monte Casino en el Lacio, después de convertir a los paganos de los alrededores y destruir el templo de Apolo. Fundado y bien organizado el monasterio, mandó el santo discípulos a Terracina, donde fundaron otro monasterio.

San Benito murió el año 543. Desde el Cielo pudo ver cómo su Orden se propagaba por toda Europa de una manera maravillosa. Desde el siglo VIII se puede decir que la Regla de San Benito es la Regla monástica por excelencia. Los monasterios benedictinos se habían propagado por toda la Iglesia.

– EL MONACATO EN ESPAÑA

Tenemos datos ciertos de que en el siglo IV había arraigado en España la vida monástica. El Concilio de Elvira (300) se ocupó de las »vírgenes consagradas a Dios», y el de Zaragoza (380) lanza la excomunión contra los clérigos que, para disimular sus malas costumbres, visten hábitos de monjes.

La invasión de los bárbaros paraliza la vida eclesiástica. Con la conversión del pueblo visigodo en el siglo VI florece de nuevo la vida monástica, que en el siglo VII será muy próspera.

Tenemos noticias históricas del monasterio Servitano de Valencia, fundado por Donato; del de San Victoriano, cerca del Cinca; del de San Félix, cerca de Toledo; del de San Millán de la Cogolla.

San Martín de Braga, San Fructuoso, San Valerio y Santo Toribio de Liébana propagaron la vida monástica por Portugal, la comarca del Bierzo y los picos de Europa. De los datos que han llegado hasta nuestros días, podemos deducir que a mediados del siglo VI existía en el noroeste de España una red completísima de monasterios.

Conocemos las Reglas de San Fructuoso, San Martín de Braga y San Isidoro de Sevilla.

De manera semejante se extendieron por España los monasterios de mujeres.

– VIDA RELIGIOSA Y SOCIAL CRISTIANA

Los monjes no sólo vivieron y difundieron la fe cristiana, sino que también proporcionaron a la Humanidad muchos otros bienes. Los pobres encontraban ayuda y cobijo en los monasterios; los obreros, trabajo; los colonos, hacienda, y los ignorantes, cultura.

La civilización debe a los monjes los primeros centros de enseñanza (escuelas monacales) en los que los niños recibían una esmerada educación cristiana. La cultura se conservó y transmitió gracias a la dedicación de los monjes al estudio, a su celo por adquirir libros y códices antiguos y, sobre todo, a su paciente laboriosidad al transcribir preciosos manuscritos.

Como norma general, las parroquias destinaban parte de sus bienes para ayudar a los pobres y así organizaron centros especiales de beneficencia y protección para enfermos y huérfanos.

– LOS PRIMEROS INVASORES

Los primeros invasores bárbaros del Imperio Romano fueron los godos occidentales, llamados visigodos. Ya lo intentaron el año 402 bajo la dirección de Alarico, pero fueron rechazados; dos años después también fueron vencidos por los romanos. Por fin, Alarico entró en Italia y sitió Roma, pero se retiró; poco después volvió y entró a saco, produciendo el pánico. Dejó destrozada la Cristiandad.

Alarico murió el año 410. Le sucedió Ataulfo, que se casó con la hermana del emperador Honorio, Gala Placidia. Como súbdito del Emperador, conquistó la Narbonense, al sur de las Galias. Pasó los Pirineos y llegó a Barcelona, donde fue asesinado. Le sucedió Walia, que se declaró rey independiente de Honorio, fundando así el reino visigodo de España y sur de las Galias. Los visigodos introdujeron el arrianismo en la Península.

El nacimiento de la España moderna 43

JEAN DUMONT, Historiador francés

ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA

LA LEYENDA NEGRA (V)

Un escritor francés representativo

Las cosas han llegado hasta tal punto en Francia que un prolijo escritor demócrata-cristiano, muy representativo de la opinión intelectual comun, Stanislas Fumet, puede escribir en 1972, en una biografía del santo peruano de la pos-conquista, Martín de Porres, unas frases dignas de la peor «Leyenda «Negra» del siglo XVI. Son estas: “Ninguna autoridad superior protegía a la pobre raza (india) que era diezmada por (la masacre y la esclavitud. Y que sólo podía ofrecer una mediocre resistencia a esta inundación de malos cristianos en una tierra prometida a Dios y que en realidad se entregaba al Diablo”.

El pobre escritor católico francés ignora que entonces el arzobispo de Lima no era otro que Santo Toribio, familiar y protector de los indios, por los cuales hasta se desposeía totalmente. Ignora también que los virreyes españoles, que garantizaban en Perú, como en otra parte, la prohibición. absoluta de la esclavitud de los indios, acababan de fundar en las parroquias de indios hospitales y escuelas de música. De igual modo desconoce que el mismo San Martín de Porres no era, sino uno de los seis santos del “Siglo religioso” peruano, modelo de Cristiandad. Por último, que las vocaciones sacerdotales eran tan numerosas en ese país “entregado al Diablo” que la pequeña Lima de entonces llegó a contar con 300 sacerdotes sobrantes, llamados en sentido propio extra-vagantes (que vagan fuera). Lo que el gran París de hoy del señor Fumet es del todo incapaz.

Miguicas 289

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA
BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Padre Martínez m.C.R.

* «El Sagrado Corazón está más cerca de ti cuando sufres que cuando gozas» (Santa Margarita María).

* «Ese enfermo de lepra, ese enfermo de la enfermedad que sea, ese borracho: todos son hermanos y hermanas nuestros» (Santa Teresa de Calcuta).

* «Aquellos triunfos españoles se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. Por lo tanto, más que como usurpadores, los ibéricos fueron saludados en mucho lugares como liberadores» (Vicctori Messori).

* Jean Dumont, historiador francés ha escrito: «Si por desgracia España y Portugal se hubiera pasado a la reforma protestante, se hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte (lo dice la Biblia): «el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás».

* La verdad y la mentira. Hay que reconocer que muchas veces la mentiras se presenta ante nosotros con apariencia de verdad. También es necesario discernir para reconocer la verdad, la palabra que viene de Dios y responder a las tentaciones que viene del «padre de la mentira» (San Juan Pablo II).

* En la primera aparición del Ángel de Portugal, dijo a los tres niños de Fátima: No temáis. Soy el Ángel de La Paz. Orad conmigo, y postrado en tierra dijo: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran no esperan y no Os adoran». El Ángel nos dijo: Orad así. Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

El octavo día 84 – DIÁLOGO SOBRE LA LIBERTAD RELIGIOSA, SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II (IV)

Tiene el Estado la obligación, aunque las concepciones liberales la hayan olvidado, no solamente de respetar la libertad y de tutelarla, sino de favorecer positivamente y facilitar la vida religiosa.

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

P.: Luego, ¿la función del Estado en ese menester consiste en tutelar la libertad de todos los ciudadanos sin excepción?

R.: Consiste en tutelar la libertad de todos los ciudadanos sin excepción: Acepto la pregunta como respuesta, siempre que se entienda la libertad en la plenitud de su sentido: no sólo como posibilidad indiferenciada de hacer lo que se quiera, sino como instrumento para hacer el bien, para hallar la verdad, para perfeccionarse. Por tanto, diría que la auténtica misión del Estado en materia religiosa comprende estos tres puntos:

Primero: tutelar el derecho de todos los ciudadanos, sin excepción, a no ser coaccionados. Esta tutela comprende a todos, hasta a los ateos; incluso a las personas insinceras, a las que obran contra su       propia conciencia y con mala voluntad. En principio, ni el Estado ni persona alguna tienen derecho a inmiscuirse desde fuera en esta decisión íntima.

Segundo: el Estado tiene obligación de tutelar la libertad protegiendo la libertad de los demás contra el abuso de algunos; con lo cual hay ya un comienzo de limitación aparente de la libertad.

Tercero: y esto corresponde a la dimensión positiva de la libertad:  tiene el Estado la obligación, aunque las concepciones liberales la hayan olvidado, no solamente de respetar la libertad y de tutelarla, sino de favorecer positivamente y facilitar la vida religiosa.

Semillicas 291

SAN AMBROSIO, obispo y doctor de la Iglesia

Padre Cano, m.C.R.

* Es un lugar común leer la falta de obediencia de nuestros tiempos. Añadamos la falta de autoridad.

* Me han dicho que el cambio climático convertirá el agua en plata. Es un cuento que nunca se acaba.

* El Corazón de Jesús a Santa Margarita María: «Satanás no tiene poder alguno sobre los obedientes».

* «Si el mundo odia al cristiano; por qué amas al que te odia y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama» (San Cipriano).

* «Mucho te ama Jesús cuando te envía tales pruebas. A quien ama más le da más pruebas, y a quien ama menos, le da unos» (Santa Teresa del Niño Jesús).

* «Hay persona que critican la «indiferencia» ignaciana. Le atribuyen la despersonificación. ¡Dios mío! qué equivocadas están. «La indiferencia ignaciana cristiana es la suprema libertad del amor» (Venerable María Félix).