guerra camposAteísmo-Hoy
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Fe Católica-Ediciones, Madrid, 1978

Tercera parte
OBSERVACIONES DEL CREYENTE AL ATEO
I ACTITUD DE LA IGLESIA CATÓLICA

¿Cuál es la actitud de la Iglesia Católica en este momento ante el ateísmo? Parece que la respuesta debe buscarse en el manantial caudaloso del Concilio Vaticano II. ¿Cuál es la posición de la Iglesia, según la enseñanza exacta y completa del Concilio? Sabemos todos demasiado bien que no hay cosa más irritante y entristecedora que ver cómo se manipula, a veces por gentes que no lo han leído, el contenido de los documentos conciliares; y cómo algunos se atreven a echarlo en cara al que los ha leído o al que, a lo mejor, ha ayudado a redactarlos.

La respuesta es sencillísima; porque en este punto el Concilio Vaticano U, aunque breve y conciso, es perfectamente diáfano. Su posición se puede expresar de modo esquemático en los cinco puntos siguientes:

  1. Atención respetuosa a las personas; apostolado humilde.

Para empezar, atención respetuosa a las personas de los ateos. No los encasillemos a priori. Consideremos lo peculiar de cada uno. Tratemos de conocer “las causas de su negación”; por amor a ellos y por amor a la verdad y para poder satisfacer la necesidad de solución de los problemas que el ateísmo suscita, estudiemos seriamente “los motivos del ateísmo” (65). Es aplicable aquí el principio cristiano en relación con los disidentes y los adversarios: distinguir “entre el error que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa” (66).

Esto conlleva un amor humilde. Nosotros no miramos de arriba abajo al ateo, desde el trono del que está “en posesión de la verdad”, como suelen decirnos. Lo miramos como copartícipes de la misma situación de necesidad y oscuridad, pero conocedores de que hay una Luz, haciéndole notar fraternalmente la presencia de esa Luz, el llamamiento de una Verdad, todo lo oscura que se quiera, pero que está ahí insinuándose y se ofrece a todos y a todos nos ha de juzgar. Y, como añade el Concilio, “la caridad y benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien; más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable” (67).

  1. Reprobación del ateísmo.

Punto capital: la Iglesia reprueba y rechaza en forma absoluta el ateísmo. “Piel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado”, y lo “rechaza en forma absoluta” (68). Lo cual significa que, sea lo que quiera de la estimación de las personas e incluso de los valores que haya en ellas, la doctrina y la conducta y, por tanto, el planteamiento social del ateísmo la Iglesia no los reconoce como valiosos, sino como negación del valor: es “contraria a la razón y a la experiencia humana universal, y priva al hombre de su innata grandeza” (69). “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (70).

El ateísmo, pues, es una situación mala. Deja al hombre sin fundamento para afirmar su propia dignidad, y sin meta para su esperanza. Por eso, frente a la pretensión reciente de que se reconozcan “dos tipos de humanismo” igualmente válidos (un humanismo ateo, otro humanismo religioso), la Iglesia proclama que el ateísmo, si es tal, si se encierra en sí mismo, excluyendo toda clase de apertura o de búsqueda o de invocación respecto a Dios, es antihumano. Esta es la tesis, “escandalosa” para algunos, de la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, que produjo reacciones de disgusto en ciertos sectores, incluso católicos (71). Y en el Mensaje del Concilio a los Jóvenes, del año 1962, se dice simplemente que el ateísmo es un “fenómeno de cansancio y de vejez” (72).

Consecuencia importante, descuidada o ignorada por tantas plumas: la Iglesia en los textos conciliares estima oficialmente que, no ya imponer, sino propagar el ateísmo daña a la dignidad y libertad del hombre, es algo incompatible con una sociedad moral. Según la Declaración sobre Libertad religiosa, el respeto a la libertad del ateo es sólo el de la no coacción (aspecto negativo de la libertad); mas el aspecto positivo de la libertad obliga a todos los gobernantes -sin excepción, creyentes o no-a crear condiciones propicias para una vida religiosa (73), no para cualquier forma de vida. Añade más el Concilio: es un derecho inviolable de todos los educandos (de todos, no sólo de los hijos de padres católicos) -derecho al que corresponde un deber en todos los responsables de la sociedad, de la cultura, de la enseñanza-el ser incitados al aprecio de los valores religiosos y morales y a su asimilación y al conocimiento y amor de Dios. Con la proclamación de este derecho y deber comienza el Decreto sobre la Educación del Concilio Vaticano II (74).

Notas

(65) Gaudium et spes (GS) 21, párr. 2º.

(66) GS 28.

(67) GS 28.

(68) GS 21, párr. 1º y 6º.

(69) GS 21, 1º

(70) GS 19, 1º

(71) Encíclica Populorum Progressio, n. 42.

(72) Mensaje del Concilio Vaticano II a los Jóvenes, año 1962 (en Documentos del Vaticano II, BAC, edición de bolsillo, Madrid, 1967, pág. 628).

(73) Conc. Vat. II, Dignitátis humanae, n. 3, n. 6.

(74) Conc. Vat. II, Gravissimum educationis, 1.