guerra-camposAteísmo-Hoy
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Fe Católica-Ediciones, Madrid, 1978

  1. Testimonio acerca de Dios. Exposición adecuada de la: doctrina. Dios y el protagonismo del hombre.

En virtud de lo dicho, la Iglesia en su relación con los ateos no puede contentarse con la supuesta “fe anónima”, con los buenos sentimientos o intenciones que puedan tener, pensando: como no tienen mala intención, ya basta.

Según la Iglesia, la falta de relación con Dios es un vacío, objetivamente pernicioso, prescindiendo ahora de “responsabilidades”, como lo es la orfandad. El que haya hombres de buena fe que no conocen a Dios no les libra de la falta de luz, alegría y esperanza, dadas en el conocimiento de Dios; y su situación tiende a empeorarse, deslizándose unos hacia la idolatría y otros hacia la desorientación y la desesperación (75).

Por eso la Iglesia se considera obligada a dar testimonio de la presencia de Dios, un testimonio que comprende: la doctrina iluminada por la fe, la convicción irradiante llevada hasta el martirio, y todas las formas del amor fraterno y del amor a todos los hombres.

“El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan pre-claro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta manifestación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad” (76).

Dentro de este testimonio y esta manifestación de Dios, el Concilio ha enunciado la necesidad de que la exposición de la doctrina sea adecuada (77): para superar los equívocos que, ya como pretexto ya como factor de desviación, influyen en las posturas ateas. Entre los equívocos más perniciosos están los relacionados con el protagonismo mundano del hombre. Los humanistas ateos piensan que la esperanza en la otra vida o la comunión con Dios, el sentido de la interioridad y la trascendencia, debilitan o impiden la entrega del hombre a su acción transformadora en el orden temporal, cuando la querencia del humanista es acentuar el protagonismo del hombre en la historia. Por eso en el Concilio Vaticano II abundan los textos que reafirman con toda claridad, sin equívoco alguno, la conexión inseparable entre la auténtica fe religiosa y los deberes del hombre en el orden temporal. Sería sabroso leerlos todos, pero no es posible. Leamos algunos:

“La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación de su felicidad.”

“Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia. de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio.”

“Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas… y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación” (78).

“Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (79).

  1. Responsabilidad del creyente.

La Iglesia recuerda, por consiguiente, que en la desorientación o en la falta de oportuna orientación de los ateos no falta a veces la responsabilidad de los creyentes. “Los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad… porque a veces han velado, más que revelado, el genuino rostro de Dios y de la Religión”. Con un triple velo: “el descuido de la educación religiosa, la exposición inadecuada de la doctrina, e incluso los defectos de su vida religiosa, moral y social” (80).

Notas

(75) Lumen gentium, n. 16.

(76) GS 21, 5º.

(77) GS 21, 5º.

(78) GS 21, 3º.

(79) GS 34.

Otras afirmaciones del Concilio en el mismo sentido: “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra” (GS 39).

“El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo…, para con Dios y pone en peligro su eterna salvación” (GS 43).

“La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello de “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín, Confesiones, I, I, 1)”. (GS 21, párr. final.)

(80) GS 19, 3º.