ma lourdes vilaMaria Lourdes Vila Morera

En el plano de formación y apostolado es nuestro deber trabajar por el reino de Cristo con todo lo que esté en nuestra mano, pues si no respondemos dándonos a los demás, Dios Padre nos pedirá cuentas de lo que hemos recibido, de nuestros talentos, y como los hemos usado. Nuestro querido padre José Mª Alba, nos decía siempre “dad gratis, lo que habéis  recibido gratis” (Mt 10, 7,13)

Cada persona tiene que hacer valer los talentos que Dios le ha dado, en el sitio donde Dios ha querido que esté, el maestro en la escuela con sus alumnos, el medico en el hospital con los enfermos, la madre de familia en su casa con su esposo e hijos, y así cada uno, en el lugar donde le corresponde.

Creer, confiar y amar me llevará a vivir en plenitud mi vocación cristiana, a vivirla con pasión y entrega generosa porque sólo tengo una vida y no debo perder el tiempo buscando placeres pasajeros y egoístas. Basta con querer vivir nuestro compromiso bautismal con generosidad, sabiendo que Cristo está siempre a nuestro lado.

Estamos llamados a ser testigos de Cristo, signo de contradicción, en esta época en donde se nos invita a vivir solo para sí, y en no pensar en los demás, en este mundo que muchas veces nada quiere tener que ver con Él.  Ser fiel a este camino, que es el único camino a la Plenitud, a la realización de nuestras inquietudes, es una tarea que no admite mediocridades en la entrega. Es necesario ser generosos.

La misión a la que hemos sido convocados por el Señor Jesús exige de nosotros esta generosidad como respuesta a los dones recibidos de Dios. Nadie puede decir que su entrega no vale la pena o que es muy poca cosa para responder. Nadie puede decir tampoco que su entrega es la mejor. A cada uno le toca responder desde su corazón según el máximo de su capacidad y sus posibilidades. Se trata de dar toda la vida, nunca menos “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por mi causa, la salvará” (Mt 10, 39). La generosidad con que nos entreguemos al Plan de Dios determina nuestro crecimiento: nadie cosecha donde no siembra.

Todo lo que nos sostiene, todo bien del que disfrutamos, empezando por la vida, es una muestra de la amorosa generosidad de Dios. Una de las maneras de corresponder a esta generosidad es darse a los demás. Esto lo hacen, de una manera admirable, los “Jóvenes de San José”. Unos  jóvenes que entregan parte de su tiempo, en la noche de los sábados, en atender a los más necesitados en las calles de Barcelona. Lo primero y lo más necesario e importante,  la ayuda espiritual, acercando los pobres a Cristo, y después en lo material en todo lo que ellos puedan ayudar en sus necesidades, como es el comer y el vestir. Y yo como madre, estoy muy orgullosa de que mis hijos, Gabriel, Jesús, José y Antonio, estén entre estos jóvenes, realizando  esta humilde labor. Y nosotros, los padres y familiares, los que nos quedamos en casa, nos toca rezar para que este gesto de caridad que realizan hacia los más necesitados, dé su fruto, pues ellos lo hacen todo por amor a Dios, viendo a Cristo en los demás.

Contrariamente a lo que el mundo afirma, la generosidad en la entrega es la raíz de la alegría verdadera. Generosidad y alegría son inseparables. No solo el compartir cosas  hace feliz al otro. Una demostración de afecto y de cariño es, regalar abrazos y sonrisas, también tiene sus beneficios, sobre todo en los niños y la gente mayor, y ellos te devuelven este cariño con una gran sonrisa.

Un apostolado muy bonito, es el que realizan el grupo de baile “Inmaculada” -al que yo pertenecí cuando era joven, y ha estado bailando mi hija Anna-, y la rondalla ”Corazón de María”, de la Unión Seglar de San Antonio María Claret, -a la que pertenecen dos de mis hijas, María y Elisabet-. Ambos grupos visitan residencias de niños y de ancianos y con su humilde presencia, sus cantos y los bailes, hacen pasar un rato agradable a los pequeños y a la gente mayor. La mayor recompensa es ver la sonrisa, la alegría, y el agradecimiento en sus  caras.

Tomemos como ejemplo a la Virgen María; toda su vida fue de servicio. La ayuda que prestó a su prima Isabel, a los novios de Caná y a los temerosos discípulos reunidos en el Cenáculo. Con esta actitud de servicio, María nos enseña que a Dios lo encontramos en el hermano que tiene necesidad de ayuda. Ella es modelo de disponibilidad absoluta al amor de Dios y a lo que Él nos pide para la construcción del Reino de Cristo en nuestra sociedad.

Estamos llamados a “instaurar todas las cosas en Cristo” bajo la guía de María. Esto sólo lo lograremos si nos entregamos a nuestra misión con todo el entusiasmo y generosidad de nuestros corazones.