mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

El mandamiento nuevo. -Él amor al prójimo es la segunda parte del mandamiento primero de la Ley de Dios: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. -Más bien se puede decir, que es un reflejo del amor de Dios…, pues no es posible amar a Dios, sin amar al prójimo. -La medida del amor a Dios es este amor al prójimo… Mira cómo le amas y así sabrás los grados de tu amor a Dios. -Son muy conocidas las palabras de San Juan: «Si alguno dijere que ama a Dios y a la vez aborrece a su prójimo, ese es un mentiroso»… Y da la razón: «Porque si al prójimo a quien ve, no ama, ¿cómo amará a Dios a quien no ve?»… ¡Qué grabado tenía en su corazón este amor el discípulo que mejor entendía de amor!… Por eso, su predicación se reducía a inculcar siempre este amor… y si le preguntaban por qué no variaba de tema, contestaba: «Porque el amor al prójimo es un precepto del Señor, y si se cumple bien, ese sólo basta.»

Efectivamente, es un precepto del Señor… promulgado por Él en forma totalmente nueva… En la Antigua Ley, se decía: «Ama al prójimo como a ti mismo», pero ahora Cristo, dice: «Amaos unos a otros como yo os he amado»… ¡Qué intensidad tan distinta de amor! Hemos de amar al prójimo hasta el sacrificio…, hasta la muerte… Así nos amó Cristo… ese es el grado de su amor, que nos mandil imitar en ese precepto. -Con razón dice, que es un mandamiento nuevo pues aunque ya antes se preceptuaba ese amor…; pero es nuevo en el modo…, en la intensidad…, en el grado de amor.

Por consiguiente, es imposible separar el amor sobrenatural del prójimo, del amor de Dios, porque quien ama verdaderamente a Dios, no puede menos de amar todo lo que Él ama… y ¿cuánto no ama Dios al hombre, si por él ha sufrido… y ha muerto… y ha derramado toda su sangre? Así se explica, que en todos los santos, cuanto más crecía el amor de Dios, más aumentaba su amor al prójimo. Cristo quiso poner este amor como distintivo a sus discípulos: «En esto conocerán que lo sois, si os amáis unos a otros»… y tan perfectamente entendieron esto los antiguos y fervorosos cristianos, que todos les conocían por eso y los mismos gentiles exclamaban: «Mira cómo se aman mutuamente… hasta querer morir unos por otros»…

Cómo nos ama Ma­ría. -Piensa ahora cómo será el amor de Ma­ría a los hombres… Sí así era el amor de los cristianos, ¿cómo sería el suyo?… ¿Cómo nos seguirá actualmente amando?… No se puede comprender su amor, sino comparándole con el del mismo Cristo. -Después de Él… y de manera más parecida a la de Él, nadie como Ma­ría nos ha amado. -Es un amor de madre…ya está dicho todo con esto, pues no hay amor como el de las madres…, pero una madre que reúne en su corazón todas las ternuras, maternales que Dios repartió entre las demás. -Cristo mismo, nos hizo hijos suyos al pie de la Cruz… Somos hijos de sus dolores y sufrimientos, pues tanto la costamos y tanto la hacemos sufrir. -Somos hermanos de Cristo, ¿cómo, pues, no nos ha de amar a la vez… y del mismo modo que a su Hijo? -María no puede menos de ver cuánto nos ama Dios… Recorre en compañía de Ella los beneficios que nos da: naturales y sobrenaturales…; la gracia…, la participación de su vida…, la adopción que hace de nosotros como hijos de Dios…, como templos del Espíritu Santo…; la obra de Cristo en la Encarnación y Redención…, su vida…, su sangre…, su divinidad los Sacramentos…, la Iglesia…, la Eucaristía la Santa Misa…, ¡todo para nosotros!…. ¡Únicamente y exclusivamente lo hizo para nosotros! -¡Todo, todo lo hacía pensando en mí!, podemos decir cada uno… ¡Qué amor el suyo!

Pues así es el de Ma­ría… Ella no puede ser con indiferencia una cosa tan amada y querida de Dios…; eso solo bastaba, pero mucho más cuando Él se lo manda… ¿Qué va a hacer la obedientísima Ma­ría, sino abrazarse con esta cruz de nuestra maternidad y empezar a amarnos con todo su corazón…, como había amado a su Hijo?… ¡La Madre de Dios es mi Madre!… luego me ama a mí como ama a Jesús. -Una buena madre no hace distinciones entre sus hijos…, ama a todos por igual…, si acaso hace alguna distinción, es con el hijo enfermo…, desgraciado…, miserable…, con aquel que más la ha hecho sufrir. -¿Podremos decir algo semejante de María? entonces sus predilecciones serán por nosotros y así es en verdad, aunque parezca mentira. En cierto modo, podemos decir que nos ama aún más que amó a su Jesús -Mira a la Virgen al pie de la Cruz, y al verla cómo sacrifica a su Hijo…, dime si no será verdad esa afirmación… No duda en autorizar…, en consentir la muerte de Jesús con tal de que nosotros vivamos. -Dios, hizo el corazón de la Virgen con una ternura especial, cual convenía para amar a su Hijo… Esa misma delicada ternura de Ma­ría es para ti…, se emplea en amarte a ti… ¡Qué dicha la tuya!, ¡qué suerte, qué felicidad! -¿Qué más puedes desear ni anhelar?…

Tu amor al prójimo. -Esa es tu obligación…, amar al prójimo como Jesús y Ma­ría te han amado a ti… y te aman sin cesar. -Este amor, ha de ser un amor sobrenatural, es decir, no has de amar precisamente por simpatías…, ni rechazar a nadie por antipatías… Esa razón es muy baja y rastrera…, eso es buscar en el amor tu gusto…, tu complacencia…, tu agrado…; eso es, buscarte a ti mismo…; eso, por tanto, no es amor…, porque amor es darse y comunicarse desinteresadamente.

Por consiguiente, has de amar al prójimo en Dios, es decir, porque es algo de Dios…, imagen viva de Dios. -Has de amarle por Dios, porque Él te lo manda y te lo enseña con su ejemplo, para así obedecerle y para mejor imitarle. -Has de amarle para Dios, buscando su bien, espiritual y tratando de llevarle por el camino que asegure su posesión en el Cielo.

Además, ha de ser un amor universal, esto es, que no excluya a nadie…, a buenos y a malos…, a los que te quieren y a los que te odian…, a los conocidos y amigos, y a los extraños y desconocidos. -un amor sacrificado, como el de Jesús…, como el de Ma­ría…, por el bien del prójimo… especialmente por su bien espiritual has de sacrificarlo todo…, debe todo parecerte muy poco…, no has de contentarte con hacer lo menos costoso, sino lo que creas más provechoso…; has de pedir y orar por él, y si puedes, debes hacer más debes buscarle…, hablarle…, corregirle…, atraerle…, etcétera; en fin, debes practicar aquello de «hacerte todo para todos, para llevarlos a todos a Cristo».

Así entendieron esta lección los santos. -¿Qué no hizo un Javier…, un Claver…, una Teresa de Jesús…, etc., por el prójimo…, por los pecadores…, por los herejes y cismáticos y hasta por los mismos infieles?… Oye a San Pablo, que dice: «quería ser anatema por el bien de sus hermanos»… A San Francisco de Sales, que escribe estas dulcísimas palabras: «Aprendamos de una vez a amarnos en este mundo, como luego nos hemos de amar en el Cielo… ¡Oh, cuándo llegará el día en que estemos todos penetrados de dulzura y caridad ton el prójimo!… Amemos a nuestros hermanos con todo el ensanche de nuestros corazones». -Estas palabras y estos afectos se aprenden únicamente mirando a Jesús y en la escuela de Ma­ría.