Marcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941
No pudo alcanzar, por tanto, el inesperado florecimiento que siguió a estos tan humildes principios, y que si no arrebató a Lérida el monopolio de los Estudios jurídicos que tenía desde el tiempo de D. Jaime II, ni a Valencia, verdadera Atenas de la corona de Aragón, la palma que siempre tuvo en Humanidades, en Filosofía y en Medicina, produjo, sin embargo, en todos estos ramos del saber un número de hijos ilustres capaces de envanecer a cualquier Academia, y vio ennoblecidas sus cátedras por insignes profesores forasteros, como el aragonés Juan Costa, autor del Gobierno del ciudadano, y el peripatético helenista de Valencia Pedro Juan Núñez, y por discípulos tan famosos como el sevillano Juan de Mal-Lara. Este período de esplendor universitario comienza para Barcelona en la segunda mitad del siglo XVI, y acompañó dignamente al movimiento arqueológico e histórico que en Tarragona se amparaba bajo el manto arzobispal de Antonio Agustín. El verdadero restaurador de la Universidad de Barcelona, el que a despecho de la tacañería concejil la hizo vivir en los fastos de la ciencia, fue el teólogo humanista Cosme Damián Hortolá, abad de Vilabertrán, nombrado Rector en 1543; helenista y hebraizante; alumno de las Universidades de Alcalá, París y Bolonia; discípulo de Vatablo; protegido del cardenal Contareno; teólogo asistente al Concilio de Trento; versado en el estudio de los padres griegos y en la filosofía de Platón; émulo de Melchor Cano en la pureza de la dicción latina.
Apenas dejó más fruto impreso de su profesorado de veinte años que la bella exposición simbólica del Cantar de los Cantares, digna de citarse al lado de la d. fray Luis de León; pero su influencia fue tan profunda, que transformó los métodos, y en toda las oraciones inaugurales posteriores a la suya se encuentra la huella de su espíritu. Entonces prosperó la disciplina gramatical en manos de Bernardo Andreu, del ciceroniano Antonio Jolis, de los lexicógrafos Antich Roca y Onofre Pou. Entonces escribieron Juan Cassador, Jaime Cassá y Pedro Sunyer sus elegantes comedias latinas. Entonces el valenciano Francisco de Escobar, comentador de Antonio y traductor de la Retórica de Aristóteles, lanzó la semilla de los estudios helénicos; y la activa propaganda de Núñez en favor del texto puro del Stagirita dió por resultado los notables comentarios aristotélicos de Antonio Jordana, de Antonio Sala y de Dionisio Jerónimo Jorba. Entonces renació la doctrina luliana modificada por el Renacimiento en las obras filosóficas del doctor Luis Juan Vileta, el más célebre de los profesores barceloneses después de Hortolá. Entonces el médico Antich Roca, fecundo polígrafo y editor de Ausías March, compuso en lengua vulgar un tratado de Aritmética. Entonces florecieron aquellas famosas literatas Isabel losa, a quien el Maestro Matamoros comparó con la Diótima de Platón, y Juliana Morell, asombro de Francia. Entonces, finalmente, llegó la Universidad a aquel apogeo que nos muestra tan al vivo Dionisio Jorba en su libro de las Excelencias de Barcelona, impreso en 1589 (1).
(1) Antología de Poeta s líricos castellanos. Tomo XIII, páginas 20 a 25.