El día 5 de julio de 1962, mi mujer Carmen y yo dijimos que sí, en la Iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, de Barcelona. El día era esplendoroso, el convite de bodas fue bastante modesto, mi suegro, para buscar aparcamiento dejó a la novia sola vestida con su traje blanco a la puerta de la Iglesia… cosas normales.
Si aquel día alguien me hubiera dicho: ¡vas a tener 11 hijos!, me hubiera llevado una gran sorpresa, porque nunca, en nuestro noviazgo, se nos había ocurrido hablar del número de hijos que íbamos a tener. Y eso por una cosa muy sencilla: porque hay cosas que no se pueden pla nificar. Yo no le podía decir a mi novia mientras le cogía una mano en un banco de la Diagonal: «Te querré con una intensidad de 9,27 de la Escala de Romeo», y ella tampoco podía contestarme: «Pues yo te querré a ti con una intensidad de 9,30 homologada por los amantes de Teruel», No. Esas memeces no las podíamos decir. Jamás se nos ocurrió hablar de niños. Sabíamos que tendríamos, pero sabíamos que a lo mejor no los tendríamos. Sabíamos que Dios los envía o no, según le parece. Y por eso nunca hablamos Y si alguna vez hablamos fue muy de pasada.
¿Se pasa mal en las familias numerosas? ¿Se sufre mucho? ¿Se amarga la existencia? ¿Se mueren las madres? ¿Lloran con frecuencia? ¿Se esropea la belleza? ¿Se mata la madre a trabajar? Como no quiero que dure este artículo más de cinco meses, responderé solamente con un hermoso monosílabo: NO. No pasa nada. Mi mujer aparenta menos años de los que tiene, nos han confundido con recién casados varias veces este verano pasado en Galicia – y no se muere nadie; es más: todo es bueno en las familias numerosas, no hay disgustos idiotas, no hay traumas, la mayor parte de las cosas se resuelven por sí solas -lo que para un varón celtíbero es maravilloso, ya que le ahorra enormes esfuerzos-. Por ejemplo: este verano pasado tuvimos que irnos a Galicia por cuestiones de trabajo; pues bien, ni hubo de llamar canguros, ni cuñadas, ni suegras -porque cuando las llamamos, a la vuelta las solemos encontrar internadas en cualquier unidad de cuidados intensivos de la mejor clínica de Barcelona presas de ataques de nervios, que luego les repiten periódicamente hasta llegar a la ancianidad-. Sencillamente, dejamos a los 11 solos en casa, sin problemas. Las dos mayores se bastan y se sobran para llevar toda la casa, desde la cocina hasta los pañales. Diré más todavía, dando el triple salto mortal del padre satisfecho: la tercera, que se llama Susana -sí, las otras dos se llaman Gema y Begoña-, ella sola se ha quedado ya muchas veces, a sus 14 años, al frente de la casa, con 8 niños más pequeños a su cuidado y a la vuelta la hemos encontrado tranquilamente sentada, leyendo Supermán -estoy harto del tipo ése-, y con toda la vajilla lavada y recogida, la casa en silencio y hasta a veces nos ha preparado la cama, como en los hoteles, de forma elegante. Luego, al darnos un beso, nos ha acabado de hundir diciendo: «Bah, no sé porqué os preocupabais tanto. He tardado media hora en total» …
Un lector: -¿Y el dinero?
Yo: -¡Ah, pillín! ¡Sabía que iba a decirlo! Pues… normal. Quiero decir que se gasta un poco más que en otras familias, pero no mucho más. Y en muchos casos gastando bastante menos. El secreto es tener pocos caprichos y confiar en Dios. El ya va mandando el dinero que necesitamos de las formas más misteriosas aunque normalmente se vale de mi trabajo, pero ¡jamás me habría imaginado que haya tanta gente que regale ropa a los niños!, pero el caso es que nos regalan cantidades ingentes de ropa, que incluso nosotros podemos ayudar a otras familias más necesitadas. Hasta ahora, nunca nos ha faltado lo necesario.
Nosotros no cambiamos de coche cada año, ni cada dos, ni cada nueve. Tenemos coche, porque hemos podido tenerlo, pero nos dura la tira de años y funciona bien. El primero duró 10 años y era un Seat 1400 adquirido ya usado. El de ahora un Seat 1500 familiar, en el que, a pesar de que se enfade alguna alta autoridad de la Jefatura de Tráfico, cabemos todos perfectamente y sin problemas.
En mi familia cuando oímos hablar del divorcio nos da mucha pena, porque creemos lo que Dios ha ordenado: que el matrimonio es indisoluble, y porque hemos comprobado en nuestra propia vida que la crisis del matrimonio es un cuento como una casa. Es lógico que una casa, cuando no se usa para lo que ha sido creada, se oxida y estropea: pues eso mismo le sucede al amor. Por eso viene el divorcio, porque la gente habla mucho de amor, películas de amor, novelas de amor, pero Amor, Amor de verdad, eso se ve muy poco. Eso demuestra que es cierto lo que dice la Biblia de que «el número de tontos es infinito».»
Muchas veces, cuando vemos una boda, una boda normal, de las de ahora, cuando vemos a una pareja a la que no conocemos, solemos hacer el siguiente comentario más o menos: «Mira, ahí va una chica llena de ilusión a la que probablemente hayan llenado la cabeza de estupideces. Que si los niños estropean… que si la píldora… que si tiene que vivir su vida … Es posible que ella sea tonta y se lo crea y así ella misma cavará la sepultura donde quedará enterrado el amor, ese amor que todos nos han cantado, al que ella llega llena de ilusión y que es muy posible que nunca alcance a saber ni siquiera lo que es, porque ella misma lo ha matado, ni ha dejado que crezca».
Anoche vi una de las más bonitas películas en color y tres dimensiones que se pueden presenciar. Una película APTA PARA TODOS LOS PÚBLICOS, cosa rara, ya que lo corriente en nuestros cines es la pornografía. La película, que vengo viendo todas las noches sin cansarme del argumento, se titula «Los 4 durmientes de los ronquiditos». La proyectan en una habitación de mi casa ocupada por cuatro camas. Por el suelo suele haber juguetes, un perrito de trapo, una pistola de plástico, una muñeca con las tripas al aire, un cinturón y un pañuelo diminuto. Los protagonistas se llaman, Pablo, Mari Carmen, César y Miguel, que son los de los ronquiditos. Son hijos míos, los cuatro últimos que hemos tenido, que viven en la misma habitación. Algunos de mis amigos me llaman el «Rey de las Literas», ya que en mi casa es ésa la forma normal de dormir los chavales. También somos los «Reyes de los Sacos de Dormir» -para evitar trabajo- , los «Reyes de los Equilibrios del 25 al 30 de Cada Mes»… ¡Por reyes que no quede!, pero a lo que íbamos. Resulta que les estaba hablando de mi superproducción estereofónica a todo color «Los 4 durmientes de los ronquiditos». Ésa es una de las grandes alegrías que me llevo cada día, cuando al final de la jornada me doy una vuelta por la casa vigilando a mis huestes y veo a los más pequeños durmiendo como quieren, en las posiciones más inverosímiles, naturalmente destapados -suerte que un benéfico señor ha inventado el pijama-manta salvando miles de vidas infantiles, supongo-. Eso me suele llenar los pulmones de aire, el corazón de alegría; me olvido de lo difícil que suele ser llegar al final de cada mes y digo: «Bueno, Señor, gracias por este espectáculo… Ayúdame, Señor… A ver si mañana las cosas me salen mejor… No te olvides de la quiniela…, ya sé que es difícil, pero si Tú quisieras… Danos un empujoncito, Señor… Pero gracias, Dios mío, por este espectáculo de los pequeñajos, que me da nuevas fuerzas para seguir luchando… » Y con el corazón alegre me duermo. Pero, ¿cómo me metí en el lío de una familia numerosa? Mejor dicho, ya que no hay que ser machista -dicen ahora lo que se sabía de siempre-, ¿cómo nos metimos en este maravilloso lío?
El mundo necesita amor. El mundo necesita familias numerosas. El mundo necesita la sonrisa de los niños y la alegría de los padres. Para caras amargadas, traumas, histeria, cuidados del cutis que nadie besa nunca, para preferir antes una parcela que un niño… para eso siempre, hay voluntarios, desgraciadamente. Pero para ser felices, ya aquí en la tierra, ¡inexplicablemente!, para eso se encuentran muy pocas personas disponibles. A los que como nosotros han encontrado ese yugo suave y esa carga ligera del matrimonio con familia numerosa, no les decimos nada, porque esos nos comprenden. A los otros… que si de verdad desean la felicidad, desean el amor … sigan el camino que Dios nos ha marcado: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra». Que sean valientes y se atrevan a ser felices. Que sean ellos mismos, no se dejen influir por nadie y que dejen fluir libremente los sentimientos de novios que hay en su corazón. ¡Qué absurdo pensar que en nuestra época hay que decirle a la gente que SE ATREVA a ser feliz!
José-Fernando Silva Santos
«SI ESTOY BAJO LA PROTECCIÓN DE MARÍA, NADA DEBO TEMER», dice San Antonio de Padua. Y acude a Ella y es ciertamente escuchado el que cada mañana y cada noche reza con fe y con amor las TRES AVEMARÍAS por su salvación eterna. No las olvides.
