Padre Manuel Martínez Cano, mCR
El padre Alba decía que no perdiéramos el tiempo leyendo libros buenos. Que por muchos años que viviéramos no nos daría tiempo a leer los mejores. Debemos leer a los grandes maestros de la vida espiritual. Escritos y vidas de santos. Ellos son los maestros que enseñan los principios sobrenaturales que nos guían por el camino de la perfección cristiana, nos exhortan y nos animan a seguir a Jesús como ellos le siguieron.
La lectura espiritual nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. Al ponernos delante el ideal que debemos alcanzar nos muestran el estado de nuestras almas y sus limitaciones. La lectura es un espejo espiritual para ver nuestros defectos y cualidades, nos enseña el camino recorrido y lo que falta para llegar a conseguir nuestro ideal. Nos facilita nuestro propio conocimiento y nos empuja a tomar generosos propósitos.
Hombres y mujeres increyentes alcanzaron las grandes cimas de la santidad, por la lectura de vidas y escritos de santos. Entre ellos, la patrona de Europa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, San Ignacio de Loyola, San Agustín.
La lectura espiritual es alimento que fortalece el espíritu de oración, de hablar con Dios. Antes de la lectura, se reza una oración fervorosa, en la que se pide al Señor la gracia de que el Espíritu Santo le hable al corazón. Leer detenidamente haciendo reflexiones y actos de fe, esperanza y caridad.
Para sacar el mayor provecho de la lectura espiritual, hay que tener el deseo sincero de ser santo. Tener hambre y sed de perfección y leer con la mete y el corazón aplicándose a sí mismo poniendo por obra lo que le inspire el Espíritu Santo. La lectura espiritual nos fortalece contra futuras tentaciones y nos prepara para ser prudentes en el tiempo presente.
San Juan de Eudes nos dice que debemos leer despacio “poniéndote a considerar, rumiar, pensar y saborear las verdades que te tocan más de cerca, para grabarlas más ordenadamente en tu alma, y sacar de ellas actos y afectos”. Así, la lectura se convierte en oración. Santa Teresa de Jesús oró durante muchos años con un libro en sus manos.
En la parábola del sembrador, nuestro Señor Jesucristo dice que la semilla que cayó en tierra buena “son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia”. (San Lucas 8, 15). Demos frutos de santidad.