Marcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941
Ni se tengan estos por encarecimientos retóricos, de que poco necesitaba el orador que tan dignamente supo ensalzar la conquista de Granada. Los documentos públicos y privados, que dan fe del miserable estado del reino en tiempo de Enrique IV, abundan de tal suerte, que casi parece un lugar común insistir en esto. Hasta los embajadores extranjeros, por ejemplo, los del duque de Borgoña, en 1473 unían su voz al clamor general contra el menosprecio de la justicia y la licencia de los poderosos para abatir a los que no lo eran, y la desolación de la república, y los robos que se hacían del patrimonio real, y la licencia que se concedía a todos los malhechores, «y esto con tanto atrevimiento como si no hubiera juicio entre los hombres». Bien conocido es, y quizá puede juzgarse apasionado, aunque por su misma insolencia sea notable testimonio del escándalo a que las cosas habían llegado, el terrible memorial de agravios que los próceres alzados contra Enrique IV formularon en Burgos en 29 de septiembre de 1464. Pero no puede negarse entera fe a lo que no con vagas declamaciones, sino enumerando casos particulares, nos dejó escrito Hernando del Pulgar en la 25.ª de sus Letras dirigida en 1473 al obispo de Coria, documento doblemente importante por su fecha, anterior en un año sólo al advenimiento de los Reyes Católicos. Allí se encuentran menudamente recopilados «las muertes, robos, quemas, injurias, asonadas, desafíos, fuerzas, juntamientos de gentes, roturas que cada día se facen abundanter en diversas partes del reino». «Ya vuestra merced sabe (dice el cronista) que el duque de Medina con el marqués de Cádiz, el conde de Cabra con D. Alonso de Aguilar, tienen cargo de destruir toda aquella tierra de Andalucía, e meter moros cuando alguna parte destas se viere en aprieto. Estos siempre tienen entre sí las discordias vivas e crudas, e crecen con muertes e con robos, que se facen unos a otros cada día. Agora tienen treguas por tres meses, porque diesen lugar al sembrar; que se asolaba toda la tierra, parte por la esterilidad del año pasado, parte por la guerra, que no daba lugar a la labranza del campo. Del reino de Murcia os puedo bien jurar, señor, que tan ajeno lo reputamos ya de nuestra naturaleza como el reino de Navarra; porque carta, mensajero, procurador ni cuestor, ni viene de allí ni va de acá más ha de cinco años. La provincia de León tiene cargo de destruir el Clavero que se llama maestre de Alcántara, con algunos alcaides e parientes que quedaron sucesores en la enemistad del maestre muerto. El clavero sive maestre, siempre duerme con la lanza en la mano, veces con cient lanzas, veces con seiscientas… ¿Qué diré, pues, señor, del cuerpo de aquella noble cibdad de Toledo, alcázar de emperadores, donde grandes y menores todos viven; una vida bien triste por cierto y desventurada? Levantóse el pueblo eón D. Juan de Morales é prior de Aroche, y echaron fuera al conde de Fuensalida é a sus fijos, é a Diego de Ribera que tenía el alcázar, é a todos los del señor maestre. Los de fuera echados han fecho guerra a la cibdad, la cibdad también a los de fuera; é como aquellos cibdadanos son grandes inquisidores de la fe, dad qué herejías fallaron en los bienes de los labradores de Fuensalida, que toda la robaron e quemaron, é robaron a Guadamur y otros lugares. Los de fuera con este mismo celo de la fe, quemaron muchas casas de Burguillos, é ficieron tanta guerra a los de dentro, que llegó a valer en Toledo sólo el cocer un pan un maravedí por falta de leña… Medina, Valladolid, Toro, Zamora, Salamanca, y eso por ahí está debajo de la cobdicia del alcaide de Castronuño. Hase levantado contra él el señor duque de Alba para lo cercar; y no creo que podrá, por la ruin disposición del reino, e también porque aquel alcaide… allega cada vez que quiere quinientas o seiscientas lanzas. Andan agora en tratos con él, porque dé seguridad para que no robe ni mate. En Campos naturales son las asonadas, é no mengua nada su costumbre por la indisposición del reino. Las guerras de Galicia de que nos solíamos espeluznar, ya las reputamos cevies é tolerables immo lícitas. El condestable, el conde de Trevifio, con esos caballeros de las Montañas, se trabajan asaz por asolar toda aquella tierra hasta Fuenterrabía. Creo que salgan con ello, según la priesa le dan. No hay más Castilla; si no más guerras habría… Habemos dejado ya de facer alguna imagen de provisión, porque ni se obedece ni se cumple, y contamos las roturas e casos que acaescen en nuestra Castilla, como si acaesciesen en Boloña, o en reinos do nuestra jurisdicción no alcanzase… Certificoos, señor, que podría bien afirmar que los jueces no ahorcan hoy un hombre por justicia por ningún crimen que cometa en toda Castilla, habiendo en ella asaz que lo merescen, como quier que algunos se ahorcan por injusticia… Los procuradores del reino, que fueron llamados tres años ha, gastados é cansados ya de andar acá tanto tiempo, más por alguna reformación de sus faciendas que por conservación de sus consciencias, otorgaron pedido é monedas; el qual bien repartido por caballeros é tiranos que se lo coman, bien se hallará de ciento é tantos cuentos uno solo que se pudiese haber para la despensa del Rey. Puedo bien certificar a vuestra merced que estos procuradores muchas é muchas veces se trabajaron en entender é dar orden en alguna reformación del reino, é para esto ficieron juntas generales dos o tres veces: é mirad quan crudo está aún este humor é quan rebelde, que nunca hallaron medicina para le curar; de manera que, desesperados ya de remedio, se han dejado dello. Los perlados eso mismo acordaron de se juntar, para remediar algunas tiranías que se entran su poco a poco en la iglesia, resultantes destotro temporal; é para esto el señor Arzobispo de Toledo, é otros algunos obispos, se han juntado en Aranda. Menos se presume que aprovechará esto.»