mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Paciencia en los sufrimientos. –Ya hemos dicho y estamos convencidos, de que no podemos vivir sin sufrimientos… La cruz nos espera dónde y cuando menos lo esperamos. –Es inútil y ridículo, el tratar de huir…, el querer arrojarla de nuestro lado…, en empeñarnos en evitar el dolor y el sufrimiento… Penas, dolores, angustias; humillaciones, contratiempos, etc., sin cesar nos aguardan. – Por tanto, lo único racional…, lo único cristiano, es saber sufrir…, buscar el modo de convertir el dolor en fuente de merecimientos… en causa y principio de grandes y verdaderas, alegrías…

Y todo esto ya está buscado…, ya está enseñado prácticamente por Jesús y por Ma­ría… esto es, la paciencia y resignación… Mira a Jesús cómo lleva los rigores de su pobreza…, la fatiga de su trabajo…, la persecución de sus enemigos. –Llovieron sobre Él las calumnias, las acusaciones las envidias…; todos los males cayeron sobre ÉL…, todos los dolores y sufrimientos del cuerpo y del alma hicieron presa en Él… el cielo, la tierra, el infierno…, hasta su mismo Padre…, todo parecía que se había conjurado contra Él…, y, sin embargo, ¿cómo sufre todo esto?… Admira su, silencio… su resignación…. ¡su paciencia inalterable!

¿Y la Santísima Virgen?.. Recuérdala en el día de su viaje a Belén…, el viaje áspero…, la estación cruda… su situación delicada… Ella sin recursos, sufriendo las privaciones de la indigencia posadas y casas cerradas para los Santos esposos ¡sólo un establo desabrigado e inmundo ha de ser el palacio real para su Hijo!… ¡Qué dolor…, qué sufrimiento para su corazón!… Y, no obstante, tranquila…, resignada…, paciente…, abraza lo que Dios la envía. ¡Qué lección para nuestras quejas e impaciencias!

Mírala en la noche triste del destierro… Todo hay que dejarlo…: su casita…, sus parientes…, sus amistades…, la tranquilidad y dulzura de aquella vida…; todo…, todo… y de repente… y de noche… y huyendo ¿Qué hace Ma­ría? ¿Te imaginas que se disgustó…, que dijo ni una palabra de asombro o de inquietud…, de temor…, de enfado? ¿Tú no la hubieras dicho? ¿No dices, no una sino muchas por motivos infinitamente menores? –Piensa…, medita y avergüénzate de tus impaciencias…, de tu falta de resignación. –Y eso que tú eres culpable y, por lo mismo, todo lo que sufres es muy merecido… ¿Por qué, pues, quejarse, si siempre mereces más…, mucho más de lo que Dios te castiga?…

En su trato con el prójimo. – He aquí otra fuente de nuestras impaciencias. -¡Qué mal solemos llevar las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo! -Queremos que nos toleren a nos -otros… que nos aguanten en nuestras geniadas o rarezas…, pero qué poco nos gusta tolerárselas a los demás…, como queremos que disimulen nuestros defectos y nosotros no sufrimos los del prójimo…Más aún, creemos que nosotros no somos así., que no hacemos eso…, que no obramos de esa manera como obran los demás…, es decir, que no vemos la viga atravesada en nuestros ojos, aunque veamos la pajita más pequeña en los del prójimo. – ¿No es ésta la razón muchas veces de nuestros enfados, de nuestras inquietudes de nuestros disgustos?

Compárate con la Santísima Virgen, en su trato con los demás… ¿Cómo trató a aquellos parientes y amigos que la cerraban las puertas en Belén? ¿Qué quejas, qué insultos, qué palabras de desprecio o, de venganza o de Ira rencorosa les dijo? y ella, en el Calvario…, ¿qué dijo a los verdugos cuando atormentaban y crucificaban a su Hijo?… Se quejó de su crueldad…, de su barbarie…, de su ingrata e injusta conducta?… ¡Cuánto no tuvo que sufrir la Santísima Virgen con la ignorancia de aquellos discípulos…, con la grosería de aquellas gentes…, con la dureza y terquedad de los mismos Apóstoles…, con las envidias de los judíos y de los sacerdotes que no descansaban en su persecución contra Cristo!.. ¡Qué paciencia con todos!… ¡Qué dulzura en su trato con todos!… ¡Cuánta bondad…¡cuánta condescendencia tan maternal y Cariñosa!…. En alguna ocasión, hasta su mismo Hijo parece que la contesta fría y desdeñosamente. « ¿Para qué me buscabais»? la dice cuando se queda en el templo… «Mujer, y a ti y a mí, ¿qué nos importa de esto?», así la contesta en las bodas de Caná « ¿Quién es mi madre y mis hermanos? El que hace la voluntad de Dios, ese es mi madre», etc., así dice a los que le advierten que su Madre le está esperando… ¡Qué respuestas!… Por mucho, menos, tú te has resentido y disgustado con tus prójimos… En cambio, Ma­ría, con la serenidad y dulzura de su rostro demuestra que no se enfada, ni se disgusta…; todo lo guarda en su corazón para luego a solas meditarlo y aprovecharse del sentido misterioso de esas respuestas.

¡Ah!, si tú en todo vieras también ese misterio…, el de la voluntad de Dios que te quiere probar o castigar, ¿cómo recibirías las respuestas que te dan?… ¿No trabajarías mas para santificarte en tu trato con el prójimo? ¿Cómo respondes a tus superiores…, iguales… e inferiores?–Recuerda aquello de San Agustín: «si tú no sufres a los demás, ¿quién te sufrirá a ti?… Por eso san Pablo nos dice: «Sed pacientes con todos» ¡Cuantos disgustos te ahorrarías si fueras humilde con los que te rodean y llevaras con espíritu de caridad y con paciencia todo lo que en los demás te desagrada!…

Paciencia en el fervor. -Hasta en el fervor y en el celo entra la paciencia… Has de ser paciente contigo…, no queriendo hacer todas las cosas enseguida y de repente…; no podrás vencer una tentación…, dominar una pasión…, evitar una caída, como tú quieras… No te apures, ten paciencia…; no te desalientes Sigue trabajando, cada vez con nuevos bríos…, con mayor desconfianza en ti…, pero confiando en la gracia de Dios.

Tampoco seas precipitado en tus obras de apostolado… Nunca podrás igualar en fervor a la Santísima Virgen, y, no obstante, mírala a Ella con qué paciencia va trabajando en las almas de los primeros discípulos…, de los primeros hijos de la naciente Iglesia… ¡Qué de pequeñeces y miserias!… ¡Qué de durezas e ignorancias no encontró en ellos!… Y, sin embargo, con paciencia les va preparando y formando poco a poco… Al fin, había sido Ella la discípula más aprovechada de Aquel que dijo: «Aprended de mí» precisamente esto, la mansedumbre…, la paciencia…

¡Qué paciencia la de Jesús con sus enemigos mismos… y hasta contigo y con todos!… ¿No está años y años aguardando…, esperando… a las puertas de los corazones? ¿No se debía ya haber cansado y habernos abandonado a todos?…_ Aprende esta paciencia…, practica en la vida espiritual contigo y con los demás, esa paciencia; de la que dice el apóstol «que es la que perfecciona la obra»… –Toda obra sin paciencia, por buena y hermosa que sea, queda con eso completamente estropeada… Las obras de Dios no se hacen con precipitación… Da tiempo al tiempo y espera a que llegue el momento dispuesto por el Señor… Examínate mucho en esta materia y suplica a la Santísima Virgen te dé parte de su paciencia, para que así la imites en aquella paz inalterable de que Ella siempre gozó, aun en medio de las mayores pruebas y tribulaciones.