


Oración inicial
Oh, Jesús mío, me preparo en este momento para acompañarte en tu Vía Crucis. En él, te encontraré llagado, sin fuerzas y ensangrentado. Quisiste expiar mi avaricia por medio de tu desnudez, mi orgullo por tus humillaciones, mi deseo de dominar por tu sumisión a los verdugos, mis malos pensamientos por la corona de espinas, mi intemperancia por la hiel que probaste y mis placeres sensuales por los sufrimientos de tu cuerpo.
Orienta, con la luz de tu gracia, nuestros pasos en la Vía Crucis, porque, siguiendo tus pasos, se llega a la morada de la felicidad y gloria eterna.
Recurro, para ello, a la intercesión de la Virgen Dolorosa. Que Ella me cubra con su maternal manto, ayudándome a unirme a Ti y también a abrazar mi cruz. Amén.

I Estación
Jesús condenado a muerte
«Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1, 11). Pueblo mío, ¿Qué te he hecho? Por tí nací entre pajas, trabajé treinta años, he predicado, hecho milagros… ¡Y me condenas a la cruz! Los suyos seguimos rechazándole hoy, le condenamos a muerte: los jóvenes, los matrimonios, los trabajadores, los hombres de negocios, los de su misma Iglesia… ¿Me decidiré de una vez a acompañar a Cristo solo en el camino duro del Calvario?
Meditación
(San Juan María Vianney, Cura de Ars)
¿Qué mal había hecho el Divino Salvador? ¿O qué bien no habrá hecho, viniendo a liberar al género humano, a reconciliarlo con el Padre y a abrirle las puertas del Cielo que el pecado de Adán le había cerrado?
¡Pero bien sabemos de lo que es capaz el hombre que se deja cegar por sus pasiones! Pilatos dejó que el populacho escogiese entre Jesús y Barrabás, que era un conocido ladrón. ¡Prefirieron liberar al salteador cargado de crímenes, y a Jesús, el inocente por excelencia, más aún, su propio Redentor, lo condenaron a muerte! Qué indigna preferencia. Pero hacemos la misma elección cada vez que pecamos.
La malicia del hombre encuentra medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo, no sólo de un modo cruel, como el de sus verdugos, sino de una manera sacrílega y llena de horror. Jesucristo, sobre la tierra, no tenía sino una vida y un calvario donde debería ser crucificado. Entretanto, tras su muerte, el hombre por el pecado le hace encontrar tantas cruces cuantos corazones existen sobre la tierra.
Pidamos en este paso del Vía Crucis no transgredir nunca los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Iglesia por alegrar al mundo, quedar bien en la reputación de los otros o estar a la moda.

II Estación
Jesús toma la Cruz
Gracias, Señor, si no ¿Qué hubiera sido de nosotros? ¿Cómo hubiéramos salido del pecado? Todos los cristianos tenemos que parecernos a Ti, seguirte a Ti. Y todos tenemos que tomar parte en nuestra redención, en la expiación de los pecados. Por eso, todos tenemos nuestra cruz. Señor, enséñame a aceptar el sufrimiento, a verlo como venido de tu mano (Lumen Gentium, 41) para mi bien.
Meditación
(San Agustín)
Caminaba hacia el lugar donde iba a ser sacrificado llevando su Cruz.
Gran espectáculo; pero si lo mira la impiedad, gran burla; si lo mira la piedad, gran misterio; si lo mira la impiedad, prueba de ignominia enorme; si lo mira la piedad, gran fundamento de nuestra fe; si lo mira la impiedad, se reirá viendo al Rey llevar un leño en lugar de un cetro; si lo mira la piedad, verá que el Rey lleva el madero donde ha de ser clavado, el mismo madero que después será colocado en la frente de los reyes. Despreciado ante los ojos de los impíos en lo mismo que se glorían después los corazones de los Santos.
Pablo habrá de decir: “Lejos de mí gloriarme como no sea en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6, 14). Cargaba sobre sus hombros la misma Cruz y llevaba en alto el candelero de esa antorcha que ha de arder sin que se coloque debajo del celemín.

III Estación
Jesús cae por primera vez
Señor, ¡Cómo pesa tu cruz!… ¡Son tantos los pecados nuestros por los que estás padeciendo! Señor, que no haga yo tu cruz más pesada, y en el andar difícil de la vida, cuando esté caído en el suelo, cuando no pueda más, que tu caída me dé fuerzas para levantarme, que acuda a Ti, alivio de todos los que sufren y están agobiados.
Meditación
(San Alfonso María de Ligorio)
Jesús no rechaza la cruz, la abraza con más amor, pues es el altar destinado para la consumación del sacrificio de su vida, por la salvación de los hombres. ¡Oh espectáculo que causó admiración al cielo y a la tierra!: Ver al Hijo de Dios que camina hacia la muerte por esos mismos hombres que a ella le condenan.
Por los merecimientos de tu primera caída, dame la fuerza de llevar con paciencia mi cruz. Acepto todos los dolores y desprecios que me destinas a sufrir; Tú los tornaste amables y dulces abrazándolos por tu amor.
Contemplemos al Salvador; ved cómo, de sus llagas aún frescas, chorrea la sangre, cómo está coronado de espinas y cargado con la cruz. Con cada movimiento se renuevan los dolores de todas sus llagas. La cruz comienza a atormentarlo ya antes de tiempo, hollando sus hombros llagados y martilleándole las espinas de la corona. ¡Oh Dios, cuántos dolores a cada paso!
Con qué amor Jesús retoma la Cruz tras la primera caída y va subiendo hacia el Calvario, donde lo aguarda la muerte.
Oh, Jesús mío, vas a morir por nosotros. Yo te di la espalda en el pasado y querría morir de dolor, pero en el futuro no soy capaz de abandonarte más.
Oh María, Madre mía, alcánzame la gracia de llevar siempre mi cruz con toda la paz.

IV Estación
Jesús encuentra a su Madre
La Madre se entera de la condena. Sale de prisa, acorta, y en una bocacalle se encuentra frente a su Hijo. ¡Cómo iba! Su niño de Belén y Nazaret, el Hijo del Altísimo que se le había entregado a Ella, la Gracia Plena, como un regalo maravilloso y divino. ¡Cuántas cosas le diría Jesús al cruzarse sus miradas!: es por ellos, por Él; esta cruz es el último asidero para quienes la corriente del pecado arrastra al infierno.
Meditación
(Beata Isabel de la Trinidad)
María partió con San Juan, y la sangre que encontraba en el suelo le indicaba que su Hijo ya había pasado por allí. Tomando un atajo, esta afligida Madre se coloca en un lugar de la vía dolorosa por donde Jesús iría a pasar.
¡Qué tremenda visión para sus ojos son aquellos clavos, martillos y cuerdas, instrumentos de la muerte de Jesús! Qué gladio para su corazón las palabras anunciando la sentencia pronunciada contra su Hijo.
Una vez hubieron pasado los instrumentos del suplicio, los verdugos, los jueces, he aquí que se apercibe de un hombre cubierto de sangre y llagas de la cabeza a los pies, con el pesado madero de la cruz sobre los hombros. Ellos se miran. El Hijo, retirando un poco de sangre que le ofuscaba la vista, mira a su Madre y la Madre mira a su Hijo.
Allí estaba la Reina de los Mártires, hermosa en su prolongado martirio. ¡Cuán serena y recubierta de una especie ele majestad que revela, al mismo tiempo, mansedumbre y fortaleza! María había aprendido de su propio Hijo cómo deben sufrir aquellos a los que el Padre escogió y determinó como víctimas para que se asociaran a la obra de la redención.
Más tarde, Ella estará de pie, junto a la Cruz, con valor y fortaleza. Será entonces que oiremos a su Divino Hijo mostrarnos: “He ahí a tu madre”.
Este paso de la Pasión nos enseña que, para ser dignos hijos suyos, es necesario aprender de Ella a amar y a sufrir.

V Estación
El cirineo ayuda a llevar la Cruz a Jesús
Estaba agotado. No podía seguir. El centurión mira quien le ayude. Nadie. “Busqué quien se compadeciese de mí, y no lo hubo” (Sal 68, 21). A uno de los espectadores, un hombre de Cirene, le obligan que tome la cruz de Cristo. ¡Cuántas veces yo también me he negado a ayudarte a llevar la cruz, me he revelado contra tu plan! Señor, aunque sea a la fuerza, como aquel hombre, haz que te ayude a llevar la cruz.
Meditación
(San Juan Pablo II)
Simón de Cirene, llamado a cargar con la cruz (cf. Mc 15, 21; Lc 23, 26), no la quería llevar ciertamente. Hubo que obligarle. Caminaba junto a Cristo bajo el mismo peso. Le prestaba sus hombros cuando los del condenado parecía no poder aguantar más. Estaba cerca de Él: más cerca que María o que Juan, a quien, a pesar de ser varón, no se le pide que le ayude. Le han llamado a él, a Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, como refiere el evangelio de Marcos (Mc 15, 21). Le han llamado, le han obligado.
¿Cuánto duró esta coacción? ¿Cuánto tiempo caminó a su lado, dando muestras de que no tenía nada que ver con el condenado, con su culpa, con su condena? ¿Cuánto tiempo anduvo así, dividido interiormente, con una barrera de indiferencia entre él y ese Hombre que sufría? “Estaba desnudo, tuve sed, estaba preso” (cf. Mt 25, 35-36), llevaba la cruz… ¿La llevaste conmigo?… ¿La has llevado conmigo verdaderamente hasta el final?
No se sabe. San Marcos refiere solamente el nombre de los hijos del Cireneo y la tradición sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos allegada a San Pedro (cf. Rom. 16, 13).

VI Estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
¡Cómo camina Cristo! Semejante a un gusano en frase de Isaías. Si hasta se ha hecho pecado, dice San Pablo. El rostro sucio. Sus manos ensangrentadas abrazan la cruz salvadora. Una mujer rompe la fila de soldados y le enjuga el rostro. En el lienzo queda impresa la imagen de Cristo. Es el premio de vencer el respeto humano y confesarle: ser hechos imagen Suya. Señor, que de esta mujer judía aprenda a ser valiente y a enjugar tu rostro.
Meditación
(San Alfonso María de Ligorio)
La devota Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudor y sangre, le ofreció y paño. Y, al secar con el mismo la faz de Nuestro Señor, dejó impreso en él su santa imagen.
Oh, mi amado Jesús, tu rostro es hermosísimo; pero en este doloroso paso de la Pasión, las heridas y la sangre transformaron tu belleza.
¡Ah! , Señor mío, también mi alma quedó hermosa a tus ojos cuando recibí la gracia del Bautismo, mas yo la he desfigurado con mis pecados.
Apenas Tú, Redentor mío, puedes, por los méritos de tu Pasión, restituirle la belleza pasada.
Te amo, Jesús, y me arrepiento de todo corazón por haberte ofendido. No permitas que vuelva a separarme de Ti otra vez. Haz que te ame siempre y dispón de mí como te agrade.

VII Estación
Jesús cae por segunda vez
Áspera es la subida al Calvario, como la vida. ¡Cuántas caídas! Señor, danos constancia. A nosotros, a tus sacerdotes, religiosos, misioneros, a la Jerarquía toda y a todos tus hijos. Cristo no dice basta. Ninguno tenemos derecho a echarnos al surco hasta un segundo después de la muerte. Pero no fiándonos de nuestras fuerzas, sino confiando en Dios, que ciertamente no dejará de darnos lo necesario, el pan de cada día, si se lo pedimos.
Meditación
(San José María Escrivá)
Fuera ya de la muralla, el cuerpo de Jesús vuelve a abatirse a causa de la flaqueza, cayendo por segunda vez, entre el griterío de la multitud y los empujones de los soldados.
La debilidad del cuerpo y la amargura del alma hicieron que Jesús cayese nuevamente. Todos los pecados de los hombres -los míos también- pesan sobre su Humanidad Santísima.
Desfallece Jesús, pero su caída nos levanta, su muerte nos resucita.
A nuestra reincidencia en el mal, Jesús corresponde con su insistencia en redimirnos, con una abundancia de perdón. Y, para que nadie se desespere, vuelve a levantarse, fatigadamente abrazado a la cruz.
Que los tropiezos y derrotas no nos aparten ya más de Él. Como el niño débil se arroja compungido en los brazos recios de su padre, tú y yo nos asiremos al yugo de Jesús. Sólo esa contrición y esa humildad transformarán nuestra flaqueza humana en fortaleza divina.

VIII Estación
Jesús habla a las hijas de Jerusalén
¡Qué bueno eres, Señor! En mitad de tu Pasión te acuerdas más que del castigo que estás sufriendo Tú, del preparado para los leños secos. Y pides que lloremos por nuestros pecados para librarnos de él. Señor, para nuestra conversión y penitencia, envía operarios a tu mies. Operarios santos, desde el de más arriba hasta los de más abajo. Por ellos suplicantes te rogamos e insistimos, ¡Óyenos, Señor!
Meditación
(San Pedro Julián Eymard)
Consolar a los afligidos y perseguidos era la misión del Salvador en los días de su vida mortal, misión a la que quiere ser fiel en el momento mismo de sus mayores sufrimientos. Olvidándose de sí, enjuga las lágrimas de las piadosas mujeres que lloraban por sus dolores y por su Pasión, ¡Qué bondad!
En su Santísimo Sacramento, Jesús no cuenta con casi nadie que le consuele del abandono de los suyos, de los crímenes de que es objeto. Día y noche se encuentra solo. ¡Ah, si pudieran llorar sus ojos, cuántas lágrimas no derramarían por la ingratitud y el abandono de los suyos! Si su Corazón pudiera sufrir, ¡qué tormentos padecería al verse desdeñado hasta por su, mismos amigos!
Y aun siendo esto así, tan pronto como venimos hacia Él, nos acoge con bondad, escucha nuestras quejas y el relato con frecuencia bien largo y harto egoísta de nuestras miserias, y olvidándose de sí nos consuela y reanima. ¿Por qué habré yo, Divino Salvador mío, recurrido a los hombres para hallar consuelo, en lugar de dirigirme a Vos? Ya veo que esto hiere a vuestro corazón, celoso del mío. Sé en la Eucaristía mi único consuelo, mi único confidente: con una palabra, con una mirada de vuestra bondad me basta. ¡Ameos yo de todo corazón y haced lo que os plazca!

IX Estación
Jesús cae por tercera vez
Veamos la escena: Cristo en tierra, derrumbado. ¡Pero no hay nadie que me ayude! El eco de este grito desgarrador resuena hoy también en nuestros oídos. Porque Cristo sigue hoy tirado en los suburbios, en los hospitales, en los marginados del tercer mundo, en las masas sin cultura o sin Dios de los cinco continentes. Señor, quiero echarte una mano, fortalece mi caridad perezosa, inconstante, y falta de fe.
Meditación
(Santa Ángela de Foligno)
¡Oh, Cristo Jesús, caído bajo el peso de la cruz, yo te adoro! ¡Tú, Hijo de Dios, recibiste el mal por bien! te mostraste abatido por la flaqueza para enseñarnos la humildad y confundir nuestro orgullo.
Oh, Sumo Sacerdote, lleno de santidad, que pasaste por nuestras mismas probaciones para ser semejante a nosotros y poder compadecerte de nuestras flaquezas, no me abandones a mí mismo porque soy apenas flaqueza; dame tu fuerza para no caer.
Oh, Dios Hombre, te pido, con toda mi alma, que nunca aparte mis ojos de Ti. Si me mantengo apoyado en Ti, inflamarás todo mi ser. Procuraré con todas mis posibilidades dirigir y fijar en Ti mi mirada.
Quiero volverme continuamente hacia Ti y recorrer contigo el camino de la Pasión y de la Cruz.
¡Oh, Dios Hombre afligido! Sé mi amparo, cuando caiga.

X Estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Sin estar despegados de los bienes terrenos, no podemos practicar el amor a Dios y al prójimo. Pero qué costosa de aceptar es la lección de la pobreza. Por eso el ejemplo de Cristo es total: el pesebre, el no tener dónde reclinar la cabeza, el morir desnudo, y esos terribles tirones para arrancarle la ropa pegada a las heridas de la flagelación. Señor, que tus ejemplos de pobreza nos graben a fuego en el corazón la desestima de cuanto hemos de abandonar algún día.
Meditación
(San Gaspar Bertoni)
Jesús, despojado ya de todo, se despoja aún de sus vestiduras delante de un gentío innumerable, al mediodía, sobre lo alto de una colina.
¡Ah, esto bien es ser “saciado de oprobios y estar cubierto de confusión”! Su vergüenza Lo magulla aún más vivamente que todas las heridas y punzadas que tiene en el cuerpo. ¿Dónde está la belleza, el decoro, la purísima candidez de aquellos miembros?
Está todo lívido, es todo una llaga. Nuestras culpas son el único origen del sufrimiento de Jesucristo. Nosotros, la causa de la muerte de este Justo. Nosotros lo traicionamos con el pecado. ¿Cuántas veces? ¿Y a qué vil precio? Por un sórdido lucro, por un sucio placer. Infieles a las promesas, ingratos a los dones, ingratos a su amor.
Perdón, Jesús mío, perdón. ¡Nunca más pecar, nunca más pecados!

XI Estación
Jesús es clavado en la Cruz
Es la entrega total y heroica del cuerpo. Entrega cruenta, como la castidad es entrega incruenta. Por eso la castidad perfecta con voto se compara al martirio. Cristo es modelo de mártires y de vírgenes. Su crucifixión es compendio y símbolo de ambos. Cristo padece para expiar nuestras deshonestidades y fortalecer nuestra pureza. Señor perdona mis pecados, y haz que mi castidad sea testimonio auténtico de tu gracia, sin la cual es imposible mantenerla.
Meditación
(San Agustín)
¡Cuánto me amaste, Padre bueno, que no perdonaste a tu único Hijo, entregándolo a los impíos para morir por nosotros! ¡Cuánto me amaste! Por nosotros, Él no se vanaglorió de su categoría de Dios, igual a Ti, si no que asumió la condición de esclavo hasta la muerte en la cruz, Él, que era el único libre entre los muertos.
Por nosotros, victorioso y víctima a tus ojos, y sacerdote por el sacrificio, transformó nuestra condición de siervos en hijos tuyos; nació de Ti para servirnos. Con toda razón se fundamenta en Él mi esperanza, porque curará todas mis enfermedades, Él que está sentado a tu derecha e intercede por nosotros delante de Ti. Sin Él, caería en la desesperación. En verdad, mis enfermedades son muchas y grandes, pero es mayor y más abundante tu remedio.

XII Estación
Jesús muere en la Cruz
«Todo se ha cumplido» el «Haberte hecho obediente hasta la muerte en cruz» (Flp. 2, 8). Formidable obediencia a la voluntad de Dios, que todo cristiano ha de imitar, y que constituye la finalidad del voto religioso de obediencia a una regla, a unos superiores, que representan la voluntad de Dios, por aprobación de la Iglesia. Señor, muerto por mí, que mi amor a ti sea tanto como para aceptar siempre tu voluntad y plan sobre mí.
Meditación
(San Gaspar Bertoni)
¡Qué inmenso dolor en un corazón que se compadecía de todos y de cada uno en particular, pero en especial del horrendo crimen que se practicaba!
A pesar de ello, Jesús rezaba por los que lo crucificaban y también los disculpa: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
Así muere el Justo en un suplicio de lo más tormentoso, condenado por la sentencia más injusta, por una traición, la más pérfida. Así es como Jesús termina de padecer. Pero sus enemigos se ensañan con su propio cadáver. Con una lanza le abren una amplia herida en el costad derecho, atravesándole el corazón.
¡Oh, Santa Cruz, aún caliente y humeante por la sangre de este Justo! Oh Cruz, que debo adorar, pues sólo tú fuiste digna de cargar la augusta Víctima que en Ti fue sacrificada por nuestras culpas.
Ruego que, en tu contemplación, venga a nuestros corazones una tristeza y un dolor más vivo por aquellas penas que ocasionaste a nuestro Jesús cuando, por nuestro amor, se estrechó a ti.

XIII Estación
Jesús en los brazos de su Madre
Señora, ¡Qué Hijo se te quitó y qué Hijo se te entrega! Por fin lo han matado, cruelmente, con saña. Señora, yo también he tenido la culpa. Y ahora que has perdido a tu Hijo, te da Dios otro hijo: yo mismo. Madre, desde ahora no quiero que Cristo tenga que sufrir más por mis pecados. Quiero en lo posible reparar por ellos, ser siempre hijo Tuyo a Tu gusto. ¡Madre de Dios, sé también de verdad Madre mía!
Meditación
(San José María Escrivá)
Nicodemo y José de Arimatea no eran conocidos públicamente como discípulos del Maestro; no se habían hallado en los grandes milagros, ni le acompañaron en su entrada triunfal en Jerusalén. Ahora, en el momento malo, cuando los demás han huido, no temen dar la cara por su Señor. Entre los dos toman el cuerpo de Jesús y lo dejan en brazos de su Santísima Madre. Se renueva el dolor de María.
Nuestro Señor vino a salvar al mundo, y los suyos le han negado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar, y -sin motivo- le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía Amor, y le pagan con odio. Vino para ser Rey, le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. Tomó carne para darnos la Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte.
No admitas el desaliento en tu apostolado. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz.
¡Ánimo!… Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora: mi refugio y mi fortaleza. Si quieres ser fiel, sé muy mariano.

XIV Estación
Jesús es puesto en el sepulcro
«Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto» (Jn 12, 24). Señor, nada más morir, se abrió tu corazón, como semilla fecunda. Y nació la Iglesia, en la cual florece tu vida escondida en millones de hostias. Yo quiero recibirte como grano de trigo para que des fruto en mí, y contigo quiero morir al mundo para dar fruto en tu cuerpo místico. Luego será la recolección olorosa de los frutos alegres sin fin.
Meditación
(San Pedro Julián Eymard)
Ya se consumó el gran misterio de amor. Jesús ha cumplido lo que había prometido. Nada le queda por dar, mejor dicho, sólo le queda por dar su vida mortal en la Cruz, y así lo hará, resucitando luego para poder hacerse nuestra Hostia perpetua. Hostia de propiciación, de comunión y de adoración.
El cielo todo contempla atónito la obra de Jesús. La Santísima Trinidad ha puesto en este misterio todas sus complacencias. Los ángeles, arrobados en éxtasis, lo adoran. El infierno… ruge furioso con horridos estremecimientos de satánica rabia. ¡Sí, Jesús mío!… Todo está consumado; ya no tienes nada más que dar al hombre para demostrarle tu amor.
¡Oh Padre celestial! En adelante los hombres pueden estar seguros de vuestro amor, poseyendo como poseen para siempre a Jesucristo. Ya no habrá tempestades que asolen la tierra, ni se verá ésta anegada por más diluvios, pues la Eucaristía es nuestro arco iris. Amaréis a los hombres, puesto que Jesucristo, vuestro divino Hijo, tanto los ama.
Es lo cierto, ¡cuánto nos ha amado el buen Salvador! ¿No será bastante para merecer nuestra correspondencia? ¿Qué más hace falta para que nos decidamos a consagrarle nuestra vida y todos los afectos de nuestro corazón? ¿Tenemos algo más que desear?
¡No, no, Salvador mío, tu caridad me apremia, me acosa y me subyuga! ¡Quiero, a fuerza de amor, hacerte olvidar mí pasada ingratitud y, a fuerza de abnegación, conseguir que me perdones el haber vivido tanto tiempo sin amarte!

Oración final
En Ti, oh Virgen Dolorosa, recuerdo la síntesis de todos los episodios meditados por mí. ¡Qué gracias místicas no deben haberte sido concedida en medio de aquella angustia! Gracias para sentir en Ti misma los propios dolores del Redentor. No es sin razón que, bajo cierto ángulo, Tú puedes ser llamada Co-Redentora.
Es a Ti que recurro y de Ti que me valgo, gimiendo bajo el peso de mis pecados, en la inconmovible convicción de que “jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorado tu asistencia, reclamado tu socorro, haya sido desamparado de Ti”.
Madre Dolorosa, es a Ti a quien recurro, imploro y reclamo perdón por mis pecados, por mi salvación eterna y por la santificación de mi alma.
Y mucho te pido aún por la sociedad en general, y por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para que lleguen a la plenitud de su esplendor y gracia, y pueda, así, ser realizada la proclamación universal del triunfo de tu Inmaculado Corazón prometido y anunciado en Fátima.