+Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Hoy, cuarto domingo de Pascua, es el Día del Buen Pastor, fecha en la que celebramos la Jornada de Oración por las Vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. Esto quiere decir que todos los cristianos somos responsables de pedir a Dios que sean muchos los que den su sí a esta vocación, porque enriquecen a la Iglesia y hacen un servicio magnífico a la sociedad. Pensemos por ejemplo en la tarea maravillosa que realizan tantos misioneros y misioneras en circunstancias muy difíciles.

Nuestra sociedad sería muy distinta sin el servicio y el acompañamiento que hace la Iglesia. A pesar de las limitaciones de las personas y de las instituciones, creemos que la aportación de las obras cristianas es altamente positiva. Y esta aportación está en entredicho si faltan las vocaciones que aseguran el relevo generacional, tanto las sacerdotales como las vocaciones a la vida religiosa.

Bajo el lema «Empujados por el Espíritu: “Aquí estoy, envíame”», la Jornada de este año es una buena ocasión para dar gracias a Dios por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y al mismo tiempo para pedirle que siga llamando a muchos jóvenes a la misión.

Los religiosos son hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Jesucristo para dedicarse al servicio a Dios y a los hermanos. Es magnífico el testimonio que dan los misioneros en los países más pobres del mundo. Pero hoy la misión también se encuentra aquí, en nuestra sociedad occidental e industrializada, en nuestra archidiócesis de Barcelona.

«El compromiso misionero -dice el papa Francisco en su mensaje para esta Jornada- está en el corazón mismo de la fe. La relación con el Señor implica ser enviado al mundo como testigo de su amor.» Y añade: «En virtud de su bautismo, todo cristiano es portador de Cristo para los hermanos.» (cf. Catequesis del 30-1-2016)

Desde el inicio de la Iglesia, siempre ha habido cristianos que, movidos por el Espíritu, se han consagrado totalmente a Dios escuchando aquellas palabras de Jesús: «Ven y sígueme». La vocación es un fruto que madura en el corazón de aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia para descubrir cuál es su vocación.

Haciendo mías las palabras del Papa, os invito a volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. María, Madre de Jesús y madre nuestra, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión ayude nuestra disponibilidad para decir «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.