Una Epopeya misionera

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Es un hecho innegable que la Historia de España ha sido adulterada en su misma esencia por los caciques del mundo del saber. Historiadores antiguos y modernos la han convertido en blanco preferido de sus impactos. Han descargado contra ella toda su furia. Los hechos más gloriosos de sus páginas han sido denigrados. Las más absurdas calumnias han sido levantadas. Los más ridículos bulos han recorrido a su costa las universidades, los libros, las revistas y las tertulias de los círculos y ateneos.

¿En qué se ha convertido la Historia de España después de tan universal desfiguración? En una verdadera caricatura de la nación ibérica.

El amasijo de tantos bulos y calumnias ha sido llamado, con razón, la Leyenda Negra.

Pues bien: el hecho patente e indiscutible de esta leyenda, tan encarnizado, tan constante, tan descarado, aparece incomprensible si no se admite esta otra realidad, no menos cierta, señalada por Pío XII: que el pueblo español ha recibido de Dios “la gracia singular de ser por muchos siglos el defensor de la fe y de la religión”.

La nación española, en efecto, se ha distinguido -según el mismo Pío XII-por una “constante tradición de adhesión a la fe y a la cátedra de San Pedro”; o, en frase de León XIII, por “su primitiva y casi hereditaria firmeza en la fe católica”.

Por la defensa de esta fe expulsó España a los mahometanos y a los judíos de su solar, e hizo la guerra -dentro y fuera de su territorio- a la herejía protestante. Por la defensa de esta fe supo resistir largo tiempo al Enciclopedismo y a la Revolución. Por la defensa de esta fe, finalmente, “acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que, encima de todo, están los eternos valores de la Religión y del espíritu”.

Los enemigos de Dios lo saben bien, y no lo olvidan. Así, por ejemplo, cuando en 1931 se proclamó en España el nuevo gobierno, de fondo y forma masónicos, el delegado español que acudió al “convento” anual de la masonería francesa, exclamaba con orgullo delante de sus “hermanos” transpirenaicos: “El Vaticano ha perdido la última trinchera que tenía en el mundo”.

En su odio satánico a la nación que combatió contra su religión o contra su raza, contra su secta o contra su logia, los secuaces de Satanás no han perdonado medios para hundir material y moralmente a España católica: la leyenda negra es una de las, pruebas más evidentes.