Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

 Introducción

Monseñor Guerra Campos.jpgEs tan breve el espacio disponible, para un asunto de tanta mole como la vida de la Iglesia en casi 40 años, que forzoso será contentarse con una síntesis panorámica. Salir del aprieto reduciendo esta síntesis a un alegato o un juicio nos parece inadmisible, y más lo es cuando se hace desde supuestos extraños a la iglesia. Queremos ofrecer un panorama estrictamente histórico, en la perspectiva de la vida interior de la Iglesia: desde dentro de ésta y desde dentro del periodo contemplado. La extemporánea proyección de ideas de nuestros días sobre el pasado, no satisfecha con emitir valoraciones quizá arbitrarias, su planta, a veces, la misma historia.

La historia de la Iglesia tiene su propio centro. No puede tratarse solo en función de un régimen político. Aunque vive en un determinado contexto -que este volumen es el «Gobierno de Franco 1939-1975»-, la Iglesia es una comunión institucional bimilenaria, con una misión trascendente, que Franco era el primero en reconocer como hijo. El marco jurídico de las relaciones con el Estado tiene una gran importancia instrumental, en cuanto proporcione condiciones propicias para la vida religiosa; pero no es lo primero ni lo es todo hola hola qué tal. Y menos son las vicisitudes de las relaciones diplomáticas, cuyos papeles son golosa tentación de historiadores: pueden ser tensas o agitadas, e incluso no existir, el momento es muy favorables, y ser reposadas en situaciones adversas. El núcleo histórico de la Iglesia está en ser, como diría Bossuet, «Jesucristo pagado y comunicando», y, por tanto, en la multiforme vivencia de la comunión con Dios, de la irradiación Apostólica, del Apertura servicial a los necesitados. Lo cual solo ocasionalmente se registra en los grandes archivos. Si amamos la verdad, nos ha de alentar el que una historia hecha según los archivos y la «opinión» pública de la Roma del siglo I no capta la acción de Jesucristo, y Jesucristo sigue siendo corazón de la Iglesia y de la historia.

El autor de esta síntesis panorámica opina ni juzga. Sólo expone hechos y sus motivos. Como las expresiones generales, a qué obliga la angustiosa falta de espacio, podrían dar la apariencia de opinión a lo que es narración, hacer timos al lector que el autor no escribiera ni una sola línea que no se funden testimonios y documentos primarios, históricamente fehacientes.