Una Epopeya misionera

La evangelización

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Hispanoamérica - Cruz en las américasPara el Faro de la Verdad la evangelización de América es “la mejor página del testamento recibido de la Madre Patria”, “la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas”; y fruto de esta evangelización es “la robusta y la sólida piedad de la católica comunidad hispánica”.

¿Y para los propagadores de la Leyenda Negra? “Fanatismo”, “medio de dominación” o, todo lo más, “un cristianismo de forma”, de resultados mediocres, “una cristiandad exclusivamente española”.

“No menos funesto para los americanos fue el sistema de colonización y administración que los españoles plantaron en sus nuevos dominios, del que no podía originarse más que la pobreza, la corrupción y el fanatismo religioso”.

(Historia constitucional del medio siglo, 1853.)

“Encontramos en este capítulo (de la colonización) los mismos defectos que tuvieron tan nefasta influencia en la exploración. Ninguna preparación, ningún método; el régimen del favoritismo, de la imprevisión, de la no adaptación; la lucha continua entre los violentos conquistadores; el clero sectario o lleno en demasía de un celo apostólico inoportuno; los exploradores, gente de pocos escrúpulos; los oficiales reales, menos preocupados de los intereses del rey que de los suyos propios…

La intransigencia religiosa, sobre todo en la América latina, se añadió a los métodos abominables (la esclavitud). Las instrucciones de los reyes de Portugal o de España se asemejan, bien a menudo, a las de los Directores de Congregaciones a sus misioneros. Hubiera resultado sublime si las personas encargadas de aplicarlas hubieran podido y querido penetrar el alma india, pero los conquistadores no se preocupaban demasiado de análisis sicológicos. El indio aceptó la tiranía material, la esclavitud, aceptó incluso, como un rasgo sin importancia para él, erigir la cruz. Pero cuando se tocó a sus ídolos, cuando se chocó con su concepto místico-religioso, se sublevó. Los conquistadores de la primera época no comprendieron jamás por qué…”

(Coronel Langlais: ob. cit.)

“Guerra al usurpador. ¿Qué le debemos?

¿Luces, costumbres, religión o leyes?…

¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,

feroces, y por fin supersticiosos!

¿Qué religión? ¿La de Jesús? ¡Blasfemos!

Sangre, plomo veloz, cadenas fueron

los Sacramentos Santos que trajeron”.

(José J. Olmedo (1780-1847), poeta ecuatoriano de bello estilo, llamado el “padre de la literatura americana”: La victoria de Junín, Canto a Bolívar, Londres, 1826. “No hay en La victoria de Junín -dice Menéndez Pelayo- versos mal construidos, porque Olmedo tenía excelente oído; pero hay, sobre todo en el razonamiento del inca, versos prosaicos, desgarbados, pedestres, indignos del lenguaje de las Musas, y son, por castigo providencial, todos aquellos en que el autor se desata en injurias contra los conquistadores españoles”. Y después de aducir unos cuantos de los versos en cuestión, concluye el gran crítico literario: “Estas y otras miserables aleluyas (que prueban que lo mal pensado sale siempre mal dicho) estropean la obra capital de Olmedo”.

“Se tuvo por legítima cualquier invasión en que la cruz se enarbolara al lado del estandarte real: “¡Hazte cristiano, o muere!” -se le dijo al indio-, y no podrás serlo sino despojándote de tu libertad”.

(F. Depons: Viaje a la parte Oriental de Tierra firme).

“Los es españoles discurrieron una proclama, según la cual todos los indígenas quedaban obligados, son las más graves penas, a abrazar el cristianismo y admitir la soberanía del Rey de España, a quien el Pontífice había constituido amo y señor de las tierras y de sus habitantes, con la condición de conquistarlas a la fe cristiana. Si los indios se mostraban reacios, podían prepararse a ser degollados sin piedad”.

(C. Carminatti: Manuale di Storie delle Missioni Cattoliche, Milán, 1928.)

“¿No era más bien el oro que la religión el móvil de los que iban a las Indias?…

Si se predica el cristianismo es como consecuencia de la conquista; aun cuando a la primera intimación de los conquistadores, los indios se hubieran sometido a la Iglesia, no por ello hubieran dejado de sufrir el yugo de España; el único beneficio que los invasores prometían a los desgraciados indios, en recompensa de una conversión voluntaria, era que no serían sometidos a la esclavitud. Tal es, en todo su horror, el modo de conquista inaugurado al principio de la era moderna por los Reyes Católicos, bajo los auspicios del Pontificado. ¿No es esto santificar el bandolerismo, porque se ejerce en nombre de Dios y por su causa?”.

(F. Laurent (1810-1887), librepensador belga: Estudios sobre la Historia de la Humanidad. Esta extensa obra, intento de filosofía histórica, está cuajada de ataques contra la Iglesia católica.)

“La religión cristiana es santa, quién lo duda; es la expresión de la civilización moderna, y lleva en sí la simiente de la democracia. La lengua española es hermosa… Pero en la religión y en la lengua que la España enseñó a la América no hay nada de eso, sino esclavitud, fanatismo y una civilización soñolienta… la religión no fue más que un instrumento de dominación”.

(J. V. Lastarria: ob. cit.)

“Nada se, podía prestar mejor que este estado de espíritu a la absoluta sumisión que la Corona deseaba imponer a sus súbditos americanos, y en la cual el clero procuraba mantenerles. Se había considerado, desde el principio, que el mejor medio de asegurar la obediencia de los indígenas era hacer de ellos cristianos. Una vez convertidos -y demasiado a menudo sucedió que, con una horrible desenvoltura, algunos de los monjes de la Conquista enviaban a sus ovejas, recalcitrantes al paraíso- lo importante era que los supervivientes, y más tarde sus descendientes, quedasen penetrados “de la divinidad del poder real” y no fuesen tentados de investigar su condición de súbditos sometidos a leyes indiscutibles. El sistemático mantenimiento de la ignorancia era el resultado de esta política. Los sacerdotes se entregaron con grandísimo ahínco a esta tarea, la cual favorecía a sus intereses personales al mismo tiempo que al de la metrópoli…”


“Los jesuitas apoyaban, es verdad, el derecho de que se percibiera una piastra por cabeza de catecúmeno, pero ellos guardaban para la Compañía el producto casi total del trabajo de los neófitos”.

(Julio Mancini: Bolivar et l’Emancipation des colonies Espagnoles, París, 1912.)

“Los españoles se preocupaban bien poco de llevar al Nuevo Mundo la luz de la fe. Se limitaban a sacar de allí todo el oro y plata que podían, y, por lo demás, hacían todo lo necesario para convenir en algo odioso, a los ojos de los indios, la religión cristiana. Se los trataba, no sólo como esclavos, pero aun como bestias brutas. De suerte que gran número de ellos morían a causa de los malos tratos que recibían de sus amos”.

(Abrégé d’Histoire Ecclésiastique, 1752).

“Esta Iglesia se contentaba con conversiones muy superficiales que permitían subsistieran entre los indios, amalgamados con un cristianismo de forma, muchas de aquellas antiguas creencias que los sacerdotes tachaban de superstición, de parodia demoníaca y de brujería. Bautizados, obligados a oír Misa todos los domingos, a confesarse y a aprender la doctrina, los indios no tenían más que un puesto subalterno en una Iglesia enteramente española, que los consideraba como una raza “que es de sí misma bárbara, y no guiada por razón”… Lo que se creó fue una Iglesia española en Méjico, no una Iglesia mejicana o peruana respectivamente. Un indio piadoso fue excluido de las Órdenes “porque era indio” y había que mantener a los indios bajo tutela. Los sacerdotes que pensaban de otra manera habían de ser frecuentemente víctimas de su humanidad”.

(Enrique Hauser: La préponderance espagnole, en “Peuples et civilisations”, París-Sorbona 1952.)