Padre Manuel Martínez Cano mCR.

San Juan Pablo II - ceremoniaHablamos varios amigos, recordábamos viejos tiempos. La conversación fue concretándose en peregrinaciones, campamentos, colonias, Jornadas de la Juventud, Ejercicios Espirituales, procesiones y San Juan Pablo II. Muchos españoles recordamos con veneración y cariño al Sumo Pontífice que enarboló la bandera de Cristo Rey. Nos dijo: “No tengáis miedo… meter a Cristo en la vida social y política. Sí, también en la vida social y política”.

En el Bernabéu, oí un “sí” impresionante. Creo que no lo volveremos a oír en la tierra. Fue la respuesta a estas palabras de San Juan Pablo II: “En efecto, alguna vez me había preguntado: los jóvenes españoles, ¿serán capaces de mirar con valentía y constancia hacia el bien? ¿Ofrecerán un ejemplo de madurez en el uso de su libertad o se replegarán desencantados sobre sí mismos? La juventud de un país rico de fe, de inteligencia, de heroísmo, de arte, de valores humanos, de grandes empresas humanas y religiosas, ¿querrá vivir el presente abierta a la esperanza cristiana y con responsable visión de futuro?”. (Tomen nota, señores eclesiásticos).

“País rico de fe”. El Santo nos recordó que: “la obra de España en el mundo es una obra sin par”. Nada de supuesta conquista y crímenes, como dice la Leyenda Negra y sus corifeos.

Y el Papa, venido de la Santa Polonia, lanza a nuestros jóvenes a culminar la obra de nuestros mayores: “Quiero decíroslo: no me habéis desilusionado, sigo creyendo en los jóvenes, en vosotros. Y creo, no para halagaros, sino porque cuento con vosotros para difundir un sistema nuevo de vida. Ese que nace de Jesús, hijo de Dios y de María, cuyo mensaje os traigo”.

En su tercera visita a España, en el marco de la V Jornada Mundial de la Juventud, San Juan Pablo II dijo: “¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo os ha liberado (Gal 5, 1). No como la libertad que prometen con ilusión y engaños los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto creaturas e hijos una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de muestro egoísmo, esclavos del espíritu de este mundo condenados a la “servidumbre de la corrupción” (Rom. 8, 21).

“¿Sentís la fuerza del Señor para haceros cargo de vuestros sacrificios, sufrimientos y “cruces” que pesan sobre los jóvenes desorientados acerca del sentido de la vida, manipulados por el poder, desocupados, hambrientos, sumergidos en la droga y la violencia, esclavos del erotismo que se propaga por doquier…?”

“Sabed que el yugo de Cristo es suave. Y que sólo en Él tendremos el ciento por uno, aquí y ahora y después la vida eterna… ¡No tengáis, miedo a ser santos!”.

San Juan Pablo II, pocos días antes de morir, dijo: “Desde la autonomía y diferencia de sus propios cometidos y en el riguroso respeto a las respectivas competencias, la Iglesia y los poderes públicos tienen una finalidad convergente: promover el bien integral de cada persona y el bien común de la sociedad”.

Es el dogma del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo. Y el santo confiaba en nosotros: “Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano”.