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Obra Cultural

descargaLa respuesta inmediata es: el Papa es el Sucesor de San Pedro; por tanto, Vicario de Cristo, Cabeza visible de la única Iglesia por Él fundada. En los expresivos términos de la doctora de la Iglesia Santa Catalina de Siena, el Papa es il dofoe Cristo in terra, el dulce Cristo en la tierra. La figura blanca del Santo Padre tiene la dulcedumbre de la Sabiduría y del Amor divinos. El Papa es la piedra angular de la catolicidad: sin él, o de espaldas a él, no hay Iglesia católica, ni fiel católico posible. En cambio -como dice San Ambrosio-, «donde está Pedro, allí está la Iglesia; donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna». A continuación vamos a ver los fundamentos de la autoridad magisterial del Romano Pontífice y el valor de las distintas formas -ordinaria y extraordinaria- que el magisterio del Papa reviste.

El Señor concedió la infalibilidad a la Iglesia

Al enviar a los Apóstoles para que enseñaran les dijo Jesús estas palabras: «El que os escucha a vosotros me escucha a Mí, y el que os desprecia a vosotros a Mí me desprecia» (Lc 10, 16). Y añadió: «El que creyere, se salvará… y el que no creyere será condenado» (Mc 16, 16). Quedaba, pues, fuera de duda: a) que los Apóstoles habían de representarle debiendo ser otros Cristos, y b) que habían de enseñar lo mismo que Jesús había enseñado, sin asomo de error. De otro modo no estaríamos nosotros obligados a dar fe a sus palabras bajo la intimidación de una pena tan grave.

Todo ello viene confirmado en las siguientes palabras del Señor a los Apóstoles: «El Espíritu Santo os lo enseñará todo y os recordará cuantas cosas os tengo dichas» (Jn 1, 26). «Enseñad… Y estad ciertos que Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt 18, 2). Por su parte los Apóstoles sabían que contaban con la asistencia divina y por esto enseñaban, no como quien aconseja, sino como quien tiene autoridad para exigir: «Pero aun cuando un ángel del cielo -dice San Pablo- os anunciara un Evangelio diferente del que nosotros os hemos predicado, ¡sea anatema!» (Gal 1, 8).

Objeto de la infalibilidad de la Iglesia

Esto supone que la Iglesia, en particular, tiene poder:

  1. Respecto a la fe: a) Para interpretar la Sagrada Escritura con autenticidad. b) Para definir las verdades de fe (dogmas). c) Para condenar todos los errores que atenten a la integridad de la fe y a la salud de las almas.
  2. Respecto a las costumbres: a) Para interpretar la ley moral natural, pues su cumplimiento fiel es necesario para salvarse. b) Para juzgar con autoridad suprema sobre determinadas cuestiones sociales, económicas, etc., pues aunque tienen su ámbito y leyes propias, no son ajenas al orden moral.

La infalibilidad reside en la Iglesia docente

La Iglesia docente está constituida por el Romano Pontífice y los obispos unidos con Él que enseñan con autoridad. Cuando la Iglesia se reúne en Concilio con su Cabeza, que es su Sumo Pontífice, es infalible si define verdades de fe o costumbres reveladas por Dios. Pero también es infalible la Iglesia cuando, esparcida por el mundo, universalmente enseña y predica alguna verdad como revelada al menos implícitamente por Dios. Así, por ejemplo, la verdad de fe en la Inmaculada Concepción de la Virgen, estaba presente en la fe y maniflesta en la devoción del pueblo cristiano, antes de ser declarada como dogma de fe por Pío IX en 1854.

La infalibilidad del Papa

Era inevitable que a lo largo de los siglos surgieran en la Iglesia graves discusiones religiosas en torno a puntos incluso esenciales de la fe. Había que interrogar a la Iglesia, ya difundida por gran parte de la tierra. Y hay muy antiguos testimonios de que los obispos y los mismos herejes tenían por costumbre dirigirse al pontífice de Roma, quien proponía con autoridad sus decisiones, que eran acatadas y seguidas. Así, por ejemplo, San Agustín, en la controversia pelagiana, expresó el sentir de la Iglesia cuando comentó así la decisión del Obispo de Roma: «Roma ha hablado, la causa está fallada».

Ha sido siempre corriente en la Iglesia la opinión de que el Papa, como sucesor de San Pedro y suprema cabeza de la Iglesia, es infalible en las cosas de fe, y sabemos ya que cuando la Iglesia enseña y cree universalmente una verdad, no puede equivocarse. Era; pues, un dogma no definido, pero sí definible. Y la definición vino en el año 1870, en el Concilio Vaticano I, con una solemne declaración que incluye los fundamentos evangélicos en los que se apoya la verdad definida. Doctrina que ha sido repetida por el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, número 18.

Qué es la infalibilidad y cuáles son sus límites

  1. El Papa es infalible, no impecable. Hubo Papas menos santos y no por eso carecieron del don de la infalibilidad para enseñar. 2. El Papa es infalible con la infalibilidad de la Iglesia. En consecuencia, su infalibilidad se limita a las verdades reveladas que se refieren a la fe y a las costumbres. 3. Es infalible el Papa, personalmente, no algún otro organismo de la Iglesia, como por ejemplo la Congregación para la Defensa de la Fe -antes llamada Congregación del Santo Ofico-. 4. Es infalible el Papa en cuanto Papa, no en cuanto doctor privado, es decir, es infalible cuando define una verdad ex cathedra.

La infalibilidad es una preservación del error, fruto de la acción de Dios llamada «asistencia», por la que el Papa -o en su caso los obispos, o la Iglesia Universal- propone -o cree- sin error la Palabra de Dios contenida en la Revelación.

El magistero ordinario del Romano Pontífice

Pues bien, junto al Magisterio solemne o extraordinario del Romano Pontífice, en el que está garantizada la infalibilidad, existe un cúmulo de doctrina pontificia riquísima, actual y secular, en lo que se llama Magisterio ordinario del Romano Pontífice, contenido en las formas ordinarias que tiene el Papa de ejercer su magisterio -una encíclica, una exhortación apostólica, una homilía, etc.-, que no siempre incluyen la garantía de infalibilidad, y, por tanto, exige asentimientos y obediencia de los fieles en grados diversos. Pero es un lamentable error pensar que tan sólo es vinculante -es decir, que tan sólo obliga a la conciencia de los católicos- lo que el Papa dice ex cathedra, como si lo que enseña de ordinario tuviera menor importancia. No hay que olvidar que, en términos absolutos, el pecado más grave y radical es la soberbia. Y soberbia sería preferir la propia estimación a las proposiciones del Magisterio auténtico.

El Concilio Vaticano II señala cuáles son las manifestaciones por las que puede entenderse cuál sea la voluntad del Pontífice, el grado de adhesión, asentimiento y obediencia que exige en su declaración. Y señala dos. 1. La índole del documento. 2. La insistencia con que repite una misma doctrina.

  1. Atendiendo a la índole del documento, la máxima fuerza vinculante habrá que concederla a los decretos de las Congregaciones Romanas aprobados por el Papa referentes a cuestiones doctrinales, y a las encíclicas pontificias. Las encíclicas pueden ir dirigidas a un grupo de obispos de una determinada región, o bien a todo el episcopado en unión con Roma, o también a todos los fieles e incluso a todos los hombres de buena voluntad.
  2. La insistencia con que exponen una misma doctrina. No vincula u obliga de igual manera una enseñanza aislada que una cadena constante de enseñanzas iguales acerca de un mismo tema -como ha sucedido, por ejemplo, en el tema de los contraceptivos, ya suficientemente reiterado, rotundo y zanjado en la Humanae vitae.

Recordemos que Pío IX condenó solemnemente a los que niegan que sólo vincula a los maestros y escritores católicos lo que ha sido propuesto como juicio infalible de la Iglesia, como dogmas de fe que todos han de creer. Y León XIII proclamó que «tratándose de determinar los límites de la obediencia nadie crea que se ha de obedecer a la autoridad de los prelados y principalmente de los Romanos Pontífices solamente en lo que toca a los dogmas cuando no se pueden rechazar con pertinencia sin cometer crimen de herejía. Ni tampoco basta admitir con sincera firmeza las enseñanzas que la Iglesia, aunque no estén definidas con solemne declaración, propone con su ordinario y universal magisterio como reveladas por Dios… sino además uno de los deberes de los cristianos es dejarse regir y gobernar por la autoridad y dirección de los obispos; ante todo, por la Sede Apostólica».

«MARÍA ES ABISMO DE MILAGROS», dice San Juan Damasceno. Y muchos milagros de María se conquistan con las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche.