Papa Francisco

La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14, 6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.

Cardenal John Olorumfemi Onaiyekan

Cardenal John OnaiyekanEn el Congreso Eucarístico Nacional de Ghana, el cardenal nigeriano John Olorunferni Onaiyekan se lamentó de la presión de algunos sectores de la Iglesia para relajar las condiciones de la recepción de la Santa Comunión. Tal presión, aseveró el cardenal, se puede ver en los esfuerzos para permitir que los católicos divorciados y vueltos a casar puedan comulgar sin que se haya producido una nulidad matrimonial o hayan decidido abstenerse de mantener relaciones sexuales con su nueva pareja. Los antiguos principios de la unidad y la indisolubilidad del matrimonio no pueden ser comprometidos para acomodarse a “las tendencias modernas”.

Cardenal Robert Sarah

Ahora bien, basta retomar la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y leerla honestamente, sin traicionar su sentido, para ver que el verdadero objetivo del Concilio Vaticano II no era poner en marcha una reforma que se convirtiera en ocasión de ruptura con la Tradición, sino más bien lo contrario: reencontrar y confirmar la Tradición en su significado más profundo. De hecho, lo que llamamos la “reforma de la reforma” y que tal vez deberíamos llamar, más apropiadamente, “el enriquecimiento mutuo de los ritos”, por utilizar una expresión del magisterio de Benedicto XVI, es una necesidad ante todo espiritual. Y atañe, es evidente, a las dos formas del rito romano.

Cardenal Carlo Caffarra

Dado que el hombre está situado entre dos fuerzas opuestas, la condición en que se encuentra debe necesariamente dar lugar a dos culturas: la cultura de la verdad y la cultura de la mentira. Hay un libro en la Sagrada Escritura, el último, el Apocalipsis, que describe la confrontación final entre los dos reinos. En este libro, la atracción de Cristo toma la forma de triunfo sobre los poderes enemigos comandados por Satanás. Es un triunfo que viene después de un largo combate. Los primeros frutos de la victoria son los mártires.

Cardenal Antonio Cañizares

Cristo Jesús nos ha salvado, pues, por lo que ha hecho y dicho, por lo que es. Todo Él es nuestra salvación, todo en Él es salvífica: Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo en rescate por todos, es el único mediador entre Dios y los hombres, el único Mediador de la salvación universal y del conocimiento de la verdad que Dios quiere alcance a todos los hombres (1ª Tm 2, 4-5). El misterio del hombre y el logro del hombre sólo se esclarecen y alcanzan, por tanto, en el misterio del Verbo encarnado, nuestro Señor y Redentor (Cfr. Gaudium et Spes 22). Él, cumpliendo en obediencia la voluntad de Dios, ha entrado una vez para siempre en el santuario ofreciendo el sacrificio de su vida por nosotros, “consiguiéndonos así una redención eterna” (Heb 9, 12).

Monseñor Demetrio Fernández

“Mi cáliz lo beberéis”, les asegura Jesús. Aquí tenemos una certeza: Jesús está anunciándoles la muerte que un día padecerán por su nombre. Tanto uno como otro serán mártires de Cristo, derramarán su sangre por amor a Cristo, serán capacitados para beber el cáliz de la pasión de Cristo, muy unidos a su Maestro. Y Jesús continúa: “…pero esos primeros puestos que pedís, corresponde a mi Padre concederlo”. En el Reino de Jesús no hay escalafones, ni ascensos, ni trienios. En el Reino de Jesús, lo único que puntúa es dar la propia vida, perderla por Él y por los demás.

San PÍO X

11  Pascendi Dominici Gregis

Porque el Concilio Vaticano I decretó lo que sigue: Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadero Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado. Igualmente: Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado. Y por último: Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado.