Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días 1

Hispanoamérica - EvagelizaciónHemos citado adrede autores de diferentes épocas para realzar la continuidad de la trama histórica. Desde Las Casas hasta nuestros días -en serie ininterrumpida de textos-, la Leyenda Negra se ha esparcido por el mundo llamado intelectual. ¿Se puede decir que en la época presente haya desaparecido? Nada más falso. Ya hemos citado a E. David, Hauser, Le Ster, historiadores todos ellos contemporáneos. Unos cuantos textos más aparecidos todos ellos después de la última guerra mundial, confirmarán nuestra afirmación de que la Leyenda Negra no ha muerto.

No, no ha muerto. Más o menos desvergonzada, más o menos cruda, más o menos matizada, está a la orden del día en la enseñanza y en la literatura.

“La conquista de América del Sur no honra a los europeos. Fue realizada a base de terror, astucia y rapacidad espantosas. Recibidos pacíficamente y como amigos por el emperador inca, Pizarro y Almagro, para poderse apoderar de sus riquezas, le hicieron perecer en una hoguera después de haberle bautizado. Los habitantes de ciudades enteras fueron degollados y quemados vivos. Las ruinas de sesenta ciudades, que subsisten en el Yucatán, quedan como mudos testigos de la barbarie de que dieron prueba los conquistadores del Nuevo Mundo”.


“En la obra de civilización, la Iglesia fue la principal colaboradora del Rey. Es verdad, sin embargo, que la evangelización no hizo penetrar el cristianismo entre los indios más que superficialmente. Es verdad también, que a menudo la evangelización sirvió de medio de dominación”.

(Santiago Pirenne, profesor de la Universidad de Bruselas. El mismo se proclama liberal: Les grands courants de l’Histoire Universelle, Bruselas, 1950).

“La actividad belicosa de los españoles, que había encontrado su fin en 1492 con la reconquista, se emplea ahora en esta tarea inédita: la conquista del Nuevo Mundo. Es una nueva cruzada, porque se trata de ganar para Cristo a nuevas almas, y también de exterminar a los que no quieren convertirse a la verdadera fe. Es igualmente un medio de ganar, al mismo tiempo que su parte de paraíso, una porción de los prodigiosos tesoros que esconden los países del Oeste. Así, Don Quijote decía al divisar los gigantes: “Pienso hacer batalla con ellos y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra”. El oro, como se ha dicho, fue el maravilloso imán que hizo pasar el Atlántico a tantos aventureros”.

(Enrique Hauser: Débuts de l`àge moderne, en “Peuples et civilisations”, Sorbona, 1946).